Los genes de la infidelidad
Ahora resulta que los hombres estamos determinados genéticamente para ser infieles. Al menos, ese es el titular de un artículo de una revista masculina (otro reportaje reciente de Quohablaba de la infidelidad femenina) . Luego, en ningún momento del artículo de esa otra revista se cita a un gen específico, ya determinado e identificado, sino estudios antropológicos y con otras especies. Y, menos mal, un sexólogo y una sexóloga, se encargan de matizarlo todo.
La moda de identificar genes para todo irá creciendo, conforme avance la ingeniería genética. Pero estoy seguro que nuestras conductas y nuestras reacciones forman parte de un complejo entramado en el que están presentes, fuertemente entrelazadas, y difícilmente separables, claves filogenéticas, antropológicas, culturales, genéticas, hormonales, etc.
No es tan simple, como ponerlo todo en los genes, o en las hormonas, o en la cultura, o en la religión. Es cierto que hay especies monógamas, como los alcatraces, o las cigüeñas. Y que esta monogamia tiene razones que estén determinadas incluso genéticamente. O, como explica Edward O. Wilson, padre de la sociobiología, que hay especies con especiales dificultades para encontrar alimentos, o que han de hacer grandes migraciones, como las cigüeñas, que son monógamos, porque no pueden permitirse el lujo de perder el tiempo en continuos cortejos.
Si nos aplicamos esto, podríamos decir que los que optamos por la monogamia, lo hacemos porque somos “pobres”. La realidad, es que pocos ricos son monógamos. Pero no nos engañemos, somos potencialmente infieles tanto hombres como mujeres, porque el jamón de Jabugo puede ser un manjar, ¡pero todos los días! De vez en cuando un cocidito… Lo que ocurre es que el cocidito suele salir muy caro, en todos los sentidos.

Cuando miramos, se forma una reflexión múltiple en los espejos que nos permiten ver una imagen con sectores triangulares que, al mover el tubo y desplazar los objetos del final, conforman imágenes y patrones muy psicodélicos. Aunque lo conocieron los griegos, fue un físico inglés, David Brewster, quien lo “reinventó” a comienzos del siglo XIX. Por cierto, que gracias a los estudios sobre la reflexión de Brewster se pueden hacer láseres no muy grandes… aunque de eso hablaremos otro día.

Como se sabe, el cumplimiento en Europa