Vivir en un mundo Matrix (o elogio de la envidia)
Confieso que tener talento es algo que escapa a mi comprensión (nunca he tenido talento) o a mi memoria (tampoco recuerdo haberlo tenido). Y, para desmedro y escarnio de mi madre, tampoco tengo la inteligencia para reconocerlo cuando lo veo (y eso que ella insiste en que ponerme las lentillas con resaca es algo que destaca mi perspicacia y clarividencia).
Lo que sí reconozco es que me gustaría vivir en un mundo Matrix. Un universo en el que mi falta de dones naturales se viera compensada con un cordón umbilical a mi cortex que supliera cualquier desconocimiento personal: “Quieres pilotar un helicoptero?” “Toma clases de pilotaje en megabytes.” “Te gustaría despertarte con la sensibilidad musical de Miles Davis?” “Aquí tienes arpegios y melodías en fibra óptica”. “Matarías por ser como Nacho Vidal…? Pues ahí te quedas chaval, que hablo de recibir dotes, no de estar dotado.”
Pero claro, si el talento se vendiese por onzas, sólo los ricos serían genios. Y puede que sea un cafre y un obtuso, pero admito también que hay momentos en que la sutileza de Ronaldinho, la ética de mi abuelo, la generosidad de la lluvia o la calma de mi hija, vistas como talentos, me emocionan. Me despiertan una sonrisa.
Es verdad que es parte de envidia (”quisiera yo ser así”), pero también son ansias de superación: “quizás algún día lo logré”. Pero hasta que eso ocurra no puedo dejar de envidiar (sanamente, claro está) el maldito talento que tiene el desgraciado de David Abades, un maqueta rácano y superficial que francamente no sé qué hace en esta revista… Cuando debería estar recibiendo algún premio por su arte el muy canalla.
Nada, meteros en su web y después lo envidiaís… que dicen que es sano.
Juan Scaliter

BLOGOBATES
¡Buen articulo!
Comentario por Para-Chute — Octubre 10, 2007 @ 11:53 pm