Al agua patos (II)
Comentaba en un post ya muy lejano que habíamos intentado llevar a Pichín a la piscina para que aprendiera a nadar y que había sido imposible. El shock fue tan fuerte que la ‘piscina azul’, como ella la llamaba, estaba entre los peores recuerdos de la pasada primavera de nuestra pequeña.
Pues bien, tras el fogueo en el agua con manguitos del verano, la playa con los primos, queríamos volver a intentarlo porque estaba claro que a ella el agua le encantaba y miedo no tenía ninguno. La idea era ir con ella otra vez al mismo sitio, un día del fin de semana para que se sintiera arropa por los suyos ( su madre y yo), pero aún así llevaba dos meses resistiéndose.
Cuál ha sido mi sorpresa cuando me entero de que los jueves el colegio organiza una actividad de natación, y que Pichín se queda llorando como una magdalena porque quiere ir con sus compañeros a la piscina. Ni cortos ni perezosos, pero con mucho miedo por si la cosa volvía a salir mal, la hemos apuntado y la verdad es que la experiencia va muy bien de momento.
Parece que el hecho de sentirse arropada por sus compañeros la ha dado fuerzas para afrontar la natación, que, todo sea dicho, no es que sea picar en una mina. No obstante mi mujer y yo todavía nos quedamos un poco sobrecogidos los jueves porque la niña vaya ’sola’ a la piscina. Lo de sola lo entrecomillo porque realmente la llevan en autobús para el desplazamiento de 300 metros que hay entre la piscina y el colegio, la acompañan cuatro profesoras, 11 niños y cuatro monitores de natación que la enseñan y vigilan durante la hora de clase. En fin, neuras de padres.




