Los niños de agosto
Se acabaron nuestras merecidas vacaciones. Hemos vuelto a Madrid después de días de playa, cine de verano y heladitos en el paseo marítimo. Prefiero no entrar en detalles para no deprimirme más. La vuelta al trabajo está cada vez más cercana y hay que ir mentalizándose.
Aunque para ser sinceros el regreso a la gran ciudad no es tan traumático si se hace en agosto. Por eso soy de los que siempre se pide el mes de julio en el trabajo. Mis compañeros me preguntan por qué lo hago, pero prefiero no decirles el verdadero motivo.
Y es que para mí, Madrid, en pleno estío, es una gozada: se puede circular con el coche sin problemas ni atascos, comprar con tranquilidad y visitar lugares que durante el resto del año están imposibles porque están atestados de gente. Bueno, históricamente se podía, porque los excelentísimos alcaldes de Madrid nos lo llevan poniendo difícil desde la época de Álvarez del Manzano que puso de moda hacer agujeros y obras en casi todas las calles de la ciudad, y este año no es una excepción.
A lo que iba… que Madrid en agosto es una gozada para los padres, pero desde que Pichín está con nosotros, estoy descubriendo que los niños no lo pasan tan bien ni disfrutan de esta situación.
Al calor que te obliga a ir buscando cada esquina con una sombra, hay que unirle que los niños de la ciudad se han marchado de vacaciones. El parque normalemente atestado de pequeñas fieras en el que casi hay que pedir la vez para tirarse del tobogán, ahora parece un solar. Ante esta situación es una pena ver cómo Pichín se acerca cada día oteando y con cierta expectación a ver si hay niños conocidos jugando esa tarde. En épocas de cole, sale disparada toda contenta cien metros antes de llegar a los columpios y ahora se acerca hasta allí cabizbaja y con cierto aire de resignación.
Pichín se tiene que conformar con lo que hay debido a la escasa y “movida” afluencia infantil. Es decir, cada día hay, como quien dice, un nuevo compañero de juegos porque o los que quedan se marchan de vacaciones, o los que llegan están tan desubicados como ella.
Así que los pocos padres que quedamos en la ciudad deambulamos de parque en parque buscando compañía para sus aburridos hijos y una buena sombra donde soportar los ratos que pasamos intentando hacer más llevadera esta soledad.
Estos días me están sirviendo para confirmar la capacidad de socialización que tienen los enanos y en cómo el niño al que acaban de conocer, parece que ha sido su compañero de juegos de toda la vida.





1 comentario
1. Silvia | August 11, 2009 at 8:31
pobre Pichin! venga que ya queda menos para septiembre
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