January 25, 2009
Ayer me quedé asombrado cuando mi hija encendió mi Nintendo DS Lite y cargó el juego de Ratatouille, manejando el lápiz óptico como si de un tenedor se tratase. Me ha visto hacerlo muchas veces, pero no me esperaba esta habilidad tan precoz. Y es que no se puede decir que en casa estemos todo el día enganchados a las ‘maquinitas’.
Reconozco que tenemos una Play Station 2 y una Wii que me regaló mi mujer en mi último cumpleaños, además de la citada NDS. A pesar de toda esta aparatología le dedico poco tiempo a los juegos, principalmente porque no me sobra demasiado.
Esta habilidad de Pichín con casi tres años la achaco a que hoy en días los pequeños viven rodeados de las nuevas tecnologías. Lo que para nosotros era algo novedoso, por ejemplo internet, para ellos ya es algo cotidiano. Para niños un poco más mayores que mi hija el MP3, el móvil o hablar en el messenger están a la orden del día.
También me pone sobre alerta de lo que puede venir en el futuro. Estoy de acuerdo con que los videojuegos mejoran ciertas habilidades como la coordinación o los reflejos. Incluso han ayudado a deportistas a ser campeones del mundo, por ejemplo Lewis Hamilton en la Fórmula 1. Pero la dinámica alrededor de los videojuegos en bastantes chavales es la de estar horas y horas jugando delante de la pantalla, llenando horas de soledad en casa.
Echando la vista atrás, en nuestra época también nos ‘colgábamos’ con la tele y con el ordenador. Eran los tiempos del Donkey Kong y el Spectrum de 32k y esos juegos que se cargaban desde un casete que hacía un ruido infernal. Yo, para jugar al Spectrum me tenía que ir a jugar a casa de mi amigo Lolo porque nunca me compraron uno. En fín, traumas de la infancia.
El caso es que no debería extrañarnos que nuestros enanos sepan manejar todo tipo de gadgets tecnológicos. Es la Teoría de la Evolución llevada a las práctica. Hay que resignarse y asumir que dentro de años ellos tendrán que enseñarnos lo que sea que inventen y que será imprescindible para la vida diaria.
Los videojuegos están bien en su justa medida, pero a mi me gustaría ver alguna vez a niños jugando en el parque a las chapas, a las canicas o con una peonza. A ver si alguno lee el post y me da ‘un toque’ al móvil.
January 15, 2009
Feliz año chicos… y sí, digo para algunos porque la cosa parece que ha empezado peor de lo que acabó. La crisis nos ahoga cada día un poco más, tenemos la sensación de que nos quedan pocas esperanzas y desde los medios nos llegan las mismas malas noticias que nos llegaban en el final de 2008.
Una de las que me han llamado la atención ha sido el fallo de la Audiencia de Barcelona en el caso de la niña Alba, de cinco cuando ocurrieron los hechos en marzo del 2006, y que ha condenado a la madre y a su compañero a penas de 20 y 22 años de prisión por darle una paliza que dejó en coma a la pequeña y que ahora padece una invalidez irreversible.
Tengo que reconocer que en un primer momento no había identificado este caso, pero en seguida lo he ubicado y se me ha vuelto a helar la sangre, como lo hizo en su día cuando saltó la noticia a los medios. No sólo por su escasa duración -aunque parece ser que es incluso más de lo que pedía la fiscalía- sino porque no me entra en la cabeza que un adulto pueda agredir de una manera tan brutal a nadie, y menos aún a una niña pequeña, y que además su madre lo vea y lo consienta.
Desgraciadamente, el mundo está lleno de seres detestables y repugnantes, y lo que es peor, este tipo de hechos no son algo aislado. Si pones “bebé maltratado” en Google te salen 159.000 resultados… aproximadamente. Son cosas que realmente te hacen pensar.
Cambiando de tema…. El mono que le trajeron los Reyes a Pichín -el de la foto del anterior post- ha triunfado como la Coca-Cola. Lo que no nos contaron en la juguetería es que el condenado tiene más pelo que Chewaka, y que encima se le arranca con facilidad.
Seguramente este sea el secreto de su éxito con Pichín. Mi hija tienen la mala costumbre de meterse hilos, pelos, pelusas o todo lo que le haga cosquillas por las fosas nasales. Es una costumbre que cogió cuando era muy pequeña, con un pañuelo que todavía la acompaña por las noches.
Normal del todo no es, pero parece ser que es una costumbre más extendida entre los niños menores de cuatro años de lo que a uno puede parecerle en un primer momento. Además lo digo con conocimiento de causa porque esta pequeña manía nos ha llevado a visitar a un par de psicólogos infantiles.
El caso, que el otro día estamos en el salón relajándonos -léase intentando ver la televisión o leer el periódico sin que un pequeño terremoto esté poniendo la casa patas arriba a tu alrededor- cuando de repente miro a Pichín y le salían unos pelos negros de la nariz que parecían los bigotes de Pancho Villa. La pequeñaja se había tomado al pie de la letra lo de relajarse y había empezado a arrancarle pelos al mono como si de una depilación se tratara y a meterlos casi a puñados en las narices.
Sobra decir que salté de mi cómodo sofá, tiré el periódico a un lado y me avalancé sobre Pichín para sacarle el matojo negro de su pequeña nariz…. Ahora el mono está en libertad vigilada.
Y vuestros hijos ¿tienen alguna extrañá manía? Si es así, os invito a que leais el siguiente artículo de Crecer Feliz: ¡Qué manía!