Las chapuzas
No sé qué es peor, renovar un baño por completo, o tener que avisar al fontanero para que repare la cisterna del indoro. La elección que, a priori, debía ser sencilla, se complica cuando sabes que para hacer determinadas cosas nadie va a tu casa. Y muchos te dirán “bueno, mujer, pero esas chapucillas las hace cualquiera”. Pues no y no, y que levante la mano el que sepa reparar la caldera, arreglar una puerta, cambiar de sitio un enchufe… Por supuesto, claro que hay priviliegia@s que se atreven con todo, y que lo hacen bien. Pero, para desgracia de much@s, también l@s hay que dicen saber hacerlo, y que la arman. Yo ahora, por ejemplo, no hago más que perseguir a mi carpintero, porque un módulo de cajones de mi armario se ha negado en rotundo a abrirse. Ya he probado con distintas estrategias, empecé siendo agresiva, luego indiferente, ahora le ruego con voz lastimera que venga, que no puedo vivir sin él…
Y el buen hombre me dice que sí, que va a venir mañana seguro, si no es por la mañana —que por la mañana está complicado…– será por la tarde, o pasado mañana… Y, mientras tanto, ahí estoy, sin poder recuperar mis jerséis ni mis camisetas, secuestradas por el voraz gradén que se niega en rotundo a abrir sus fauces y soltar su presa. Por favor, contadme que a vosotr@as os pasa lo mismo, que lleváis meses con un grifo que gotea, con una persiana desvencijada o con una ventana clausurada porque ningún PROFESIONAL, con mayúsculas, se ha dignado a visitaros. ¿Cuándo vendrá mi carpintero? ¡Hagan sus apuestas!
