Domingo en el centro comercial
Aunque cueste creerlo, llevaba más de cuatro años sin pisar un centro comercial. Y por mí habría seguido otros tantos. Pero, asuntos que no vienen al caso, me obligaron este fin de semana a pisar uno de estos “templos del ocio contemporáneo”. Lo bueno de tan desagradable experiencia es que me ha hecho recapacitar sobre dos asuntos.
Uno. La gran decepción que supuso para mí hace unos años leer La caverna de Saramago, novela que giraba en torno a este asunto, que cogí con enorme ilusión y que terminé con profundo desinterés.
Y dos. Que en el tema de los centros comerciales, ni Saramago ni nadie podrá superar nunca la labor de George A. Romero en su película Zombie (1978). Quien haya visto el filme sabrá lo que quiero decir, y quien no lo haya hecho ya puede ir corriendo a pillarse el DVD y disfrutar de una de las películas de terror más intelignetes que jamás se han realizado.
Sin destripar nada sustancial resumiré su argumento: los muertos han regresado a la vida devorando a los vivos. El caos se apodera por doquier en una gran ciudad, y un grupo de supervivientes (dos francotiradores de la policía, una periodista, un pandillero latino, una pareja en crisis…) se refugian en el interior de un centro comercial, con vertido en una especie de Álamo contemporáneo asediado por las hordas de zombis que pretenden entrar para comerse sus entrañas. Así, el centro comercial se transofrma en el último reducto de nuestra humana civilización. Un legado que quizás en el fondo no merezca la pena conservar.
Sobre todo esto pensé durante mi visita del domingo pasado, y me vino a la memoria una de las frases de la película (que pude releer hac eunos días en el magnífico El blog ausente), en la que uno de los polis protagonistas se refería a los zombis: “Cuando estaban vivos venían al centro comercial para divertirse. Ahora estan muertos pero siguen viniendo… aunque no sepan para qué”. Lo dicho. Romero era un visionario.
Deja tu comentario Septiembre 1, 2008
