Domingo en el centro comercial

Aunque cueste creerlo, llevaba más de cuatro años sin pisar un centro comercial. Y por mí habría seguido otros tantos. Pero, asuntos que no vienen al caso, me obligaron este fin de semana a pisar uno de estos “templos del ocio contemporáneo”. Lo bueno de tan desagradable experiencia es que me ha hecho recapacitar sobre dos asuntos.

Uno. La gran decepción que supuso para mí hace unos años leer La caverna de Saramago, novela que giraba en torno a este asunto, que cogí con enorme ilusión y que terminé con profundo desinterés.

Y dos. Que en el tema de los centros comerciales, ni Saramago ni nadie podrá superar nunca la labor de George A. Romero en su película Zombie (1978). Quien haya visto el filme sabrá lo que quiero decir, y quien no lo haya hecho ya puede ir corriendo a pillarse el DVD y disfrutar de una de las películas de terror más intelignetes que jamás se han realizado.

Sin destripar nada sustancial resumiré su argumento: los muertos han regresado a la vida devorando a los vivos. El caos se apodera por doquier en una gran ciudad, y un grupo de supervivientes (dos francotiradores de la policía, una periodista, un pandillero latino, una pareja en crisis…) se refugian en el interior de un centro comercial, con vertido en una especie de Álamo contemporáneo asediado por las hordas de zombis que pretenden entrar para comerse sus entrañas. Así, el centro comercial se transofrma en el último reducto de nuestra humana civilización. Un legado que quizás en el fondo no merezca la pena conservar.

Sobre todo esto pensé durante mi visita del domingo pasado, y me vino a la memoria una de las frases de la película (que pude releer hac eunos días en el magnífico El blog ausente), en la que uno de los polis protagonistas se refería a los zombis: “Cuando estaban vivos venían al centro comercial para divertirse. Ahora estan muertos pero siguen viniendo… aunque no sepan para qué”. Lo dicho. Romero era un visionario.

Deja tu comentario Septiembre 1, 2008

Relaciones hispanochinas I: John Liu

Tras las olimpiadas de 2008, China ya está un poco más cerca de nuestro imaginario popular. Por eso creo que es el momento apropiado para iniciar una nueva serie sobre aspectos desconocidos de dicho pais. Pero tranquilos, que no voy a hablar de la represión, ni del Tibet… Voy a centrarme en aquellos acontecimientos y personajes que han servido para estrechar lazos entre España y China.

Y voy a comenzar la serie glosando la figura de John Liu, un personaje que en un pais como el nuestro (que sido capaz de elevar a los altares de la fama a seres como Pozi, Arlequín o Paco Porras), debería ser reverenciado en todos los altares catódicos.

John Liu fue uno de los numerosos clones de Bruce Lee que surgieron a finales de los años 70, tratando de rentabilizar sus habilidades apra las artes marciales en títulos en los que imitaba a la estrella de Hong Kong. Pero cuando la fiebre de la bruceexploitation comenzó a amainar en Asia, el amigo Liu se dijo: ¿donde puedo encontrar un lugar con un público poco exigente y una industria inexistente en la que yo pueda seguir rentabilizando mis habilidades para dar patadas? Pues está claro, en España.

Así que a principios d elos 80 John Liu se instaló en la costa catalana. Si le hubiera dado por abrir un todo a cien hoy le consideraríamos un visionario y había ganado algún premio al empresario emprendedor. Pero le dio por otros asuntos y acabó como acabó. Pero no adelantemos acontecimientos.

En 1984, Liu facturó en nuestro pais la “obra maestra ” de su carrera, una cosa titulada Made in China que está considerada una de las peores películas de todos los tiempos. Dirigida y protagonizada por él mismo, acompañado por Mirta Miller, Blanca Estrada y Victor Israel (el star system patrio de la época), cuenta la historia de un experto karateca reclutado por la CIA y enviado a una base secreta en Zaire para seguir un entrenamiento especial. Resulta gracioso que siendo una película ambientada en África no salga ni un solo negro, por no decir que en una escena callejera se ve una tienda con un rótulo que dice clarisimamente “Carnissería María”. ¿En Zaire hablan catalá?

Semejante truño cinematográfico fue un fracaso de tomo y lomo, pero como mezclaba descaradamente las artes marciales con el erotismo light, se volvió a estrenar conel título cambiado y rebautizada como Kung Fu contra Emmanuel. Y, vaya por Dios, esta vez si que tuvo cierto éxito.

Por semejante despropósito, John Liu ya debería figurar en el parnaso de nuestras glorias nacionales adoptivas pero es que hubo más, mucho más. Al parecer fue novio de la guapa y simpática Mónica Pont. Antes, claro está, de acabar en prisión por un delito relacionado con la trata de blancas. Parece ser que el amigo Liu, al que por algo en Barcelona le llamaban Juanito Lios, contrataba chicas menores de edad para hacer presentaciones artísticas en ciudades asiaticas, tras las que se escondían asuntos más turbios.

Si mis informaciones no me fallan, Liu ya cumplió su condena. Pero, disgustado con el trato que le dimos (oh, ingratos) dejó nuestro país y creo que anda por Hong Kong. Liu, machote, vuelve. Te necesitamos para rodar Made in China 2 o almenos para que Santiago Segura te de un papelito en Torrente 4.

2 comentarios Deja tu comentario Agosto 26, 2008

Charlot matador y asesino en serie

¡Pero que ven mis ojos! ¡Charlie Chaplin matando toros! Bueno, que nadie se asuste, porque basta con fijarse bien en el cartel para descubrir que se trata de una falsa pelí­cula de de Chaplin.

Charlot torero español fue rodada en 1926 por José Calvache, un director al que sus conocidos apodaban Walken, y fue interpretada por El Chispa, un joven aspirante a matador. La cinta es una muestra de la fama que Chaplin había alcanzado en todo el mundo, hasta el punto de que le salieron clones por doquier (algo que varias décadas después también sucederí­a con Bruce Lee), que rodaron falsas películas como esta, en un intento de engañar al público más ingenuo.

Pero lo peor no es la estafa en sí­, sino la espeluznante imagen del cartel, que convierte a un personaje tan entrañable como Charlot en un matador que no se conforma con darles el descabello a los toros, sino que hasta les corta la cabeza.

Con todo, esto no es nada comparado con lo que años después hizo el desaparecido Juan Antonio Bardem en una pelí­cula de terror seudoerótico titulada La corrupción de Chris Miller (1972). En esta delirante birria protagonizada por una decadente Jean Seberg y una sexy Pepa Flores, a Bardem no se le ocurrió mejor idea que meter a un asesino en serie que apiola a sus ví­ctimas disfrazado con una máscara de Charlot.

Pobre Chaplin. Sinceramente creo que no se merecía que el cine español le tratara tan mal.

1 comentario Deja tu comentario Agosto 22, 2008

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