Archivo de Julio, 2009

Julio 24, 2009

Insomnio

insomio.jpg00,30 horas: termino de leer las últimas páginas de La hermandad de la Sábana Santa, de Julia Navarro. Las pesquisas del detective Marco Valoni y su equipo para investigar los extraños incendios de la catedral de Turín me han entretenido, que es lo mínimo que suelo pedirle a una novela. Apago la luz de la mesilla.
01,30 horas: me dejo arrastrar por el sueño envuelta en un capítulo repetido de CSI Miami y en los efectos de mi fiel soñodor.
02,30 horas: la incursión en los brazos de Morfeo resulta en un incómodo duermevela. La nena acaba ojiplática en la oscuridad.
03,00 horas: nueva incursión, esta vez a la cocina. Abro la nevera, me zampo un trozo de queso, ataco la despensa, sucumbo ante varios filipinos de chocolate blanco, mi Pepito Grillo particular me grita desgañitado “¡No lo hagas, no lo hagas!”, “Déjame en paz y véte a dormir tu, si puedes”, le gruño, me vuelvo a la cama.
03,46 horas (lo sé porque miro el reloj): después de varias vueltas en mi parcela de colchón, me siento en el borde durante diez minutos. Mi santo me pregunta “¿Qué haces?” y le respondo que dudo entre quedarme o tirar definitivamente la toalla e irme al salón para no despertarle. Su mirada delata también otra duda: ¿resignación o asesinato? Cojo mi petate de almohadas y escapo antes de que tome una decisión.
04,15 horas: nada nuevo en las teletiendas, así que me engancho a una película británica de los años sesenta. Una madre sola con siete hijos enferma de cáncer y muere en su habitación. Para evitar que les envíen a un orfelinato y les separen, los niños deciden enterrarla en el jardín y no contar a nadie lo sucedido. No sé si tirarme por la ventana o arrojarme de nuevo en brazos del frigorífico para superar la depresión.
05,45 horas: comienza a amanecer. Yo comienzo las primeras páginas de una novela nueva, El cuento número trece.
08,00 horas: mi santo se acerca a desearme buenos días (debe haberse decidido, finalmente, por la resignación) y a sugerirne que me acueste de nuevo en la cama. Por fin, consigo dormir una hora.
Paso el resto del día como un reptil hibernado, con movimientos y pensamientos ralentizados. No me atrevo a responder al teléfono. Me escucho mi propia voz como con resaca cazallera. Tampoco acierto a contestar los correos electrónicos que se acumulan en mi bandeja de entrada; mayormente, porque a duras penas consigo discernir lo que leo. El cansancio supera, incluso, a mi legendaria mala uva.
Tengo insomnio crónico desde hace años, con épocas mejores y peores. Debo de estar en racha de estas últimas, porque dicen que es uno de los síntomas de la menopausia. Afortunadamente, esta noche pasada me he ahorrado los sofocos y sudores.
En fin, sólo quería compartir con vosotras una de mis noches terroríficas.

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Julio 17, 2009

¡Pues anda que yo!

sordo.jpgQueridas caris:

Supongo que, como casi todo el mundo, os habréis encontrado a lo largo de vuestras vidas con ese tipo de personas insufribles a las que podríamos denominar “pues-anda-que-yo”. Es la versión inversa del “ventilador” que ponen en marcha los políticos para decirse, unos a otros “y tu más”: si yo tengo un gürtel, tu tienes una matsa, o viceversa.
En el caso de es@s individu@s que os comento, funcionan más bien como un “aspirador”: su obsesión es acaparar todo el protagonismo de la conversación, sea cual sea el tema de la misma.
Por ejemplo, alguien comenta que a fulanita le han detectado un cáncer de mama. Pues lo de él/ella fue muchísimo peor: pasó unos días horribles ante la dudosa malignidad de un tumor que a punto estuvo de costarle un pie (aunque, poco tiempo después, descubres que fue un quiste sebáceo bajo la uña del dedo gordo).
Si tu viaje de bodas fue a Tailandia, el suyo incluyó, además, Bali y Java. No sólo eso, sino que tu apasionante cabalgada en elefante se queda en agua de borrajas ante su odisea encima de un paquidermo desbocado.
¿Que dominas el inglés y chapurreas el francés? Pues se acaba de matricular en una academia de chino, aunque dejó el japonés porque no le gustaba la profesora.
Cuando llegas a la reunión con tu fantástica chaqueta adquirida en las rebajas, falta tiempo para que pongan encima de la mesa su recién estrenados y estilosos zapatos cuyo precio –claro- hace parecer tu desembolso una estafa.
Si alguien del grupo acaba de publicar un libro, los derechos de su primera novela se los están disputando dos editoriales. Por supuesto, a este paso, entre una y otra, esa obra magistral acabará por no ver la luz.
Puede que alguna vez comentes, con orgullo, ese sobresaliente en Matemáticas de tu hijo. Sin dudarle un instante, el suyo habrá obtenido uno cum laude. Y seguramente estará becado el curso que viene porque su media ha superado el histórico del colegio/facultad/escuela/academia o lo que sea.
Claro que también puede darse el caso contrario: que estés preocupada por tu retoño porque está flojeando en varias asignaturas y no sabes si existe algún problema de fondo. Causalmente, él/ella van en ese mismo instante a la farmacia para comprar el test de sustancias psicotrópicas y el envase de la orina para realizarles el análisis “hoy mismo”.
No importa si lo que uno comenta es en positivo o en negativo: siempre tienen en los labios ese “¡pues anda que yo!”. Pero, ¿qué les pasa? Me debato entre varias opciones: necesidades afectivas insatisfechas mediante continuas llamadas de atención; o un narcisismo extremo que les lleva a querer ser el centro de todas las atenciones.
Quizá se trate, simplemente, de lo que una jefa mía llamaba sinsorg@s: gente insustancial.
Con los años, he aprendido a alejarme de este tipo de personas. El problema es que crece en mi la necesidad de soltarles algún exabrupto para cerrarles boca, si bien es difícil –en el momento de la conversación- comprobar sus inverosímiles historias. ¿Algún consejo?

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Julio 10, 2009

Imágenes

chgicas.jpgQueridas caris:

Jueves, 9 de julio. Mi habitual lentísimo despertar con café y periódico se ha visto hoy bruscamente acelerado por la página 24 del diario EL MUNDO. Reza el titular “Límite al calentamiento global”, subtitulado por “El G-8 acuerda que la temperatura media del planeta no suba en más de dos grados”.  He respingado (me acojo al siguiente significado del RAE: Dicho de una bestia: sacudirse y gruñir porque le lastima o molesta algo o le hace cosquillas). Pero, en contra de lo que podáis pensar, no ha sido por el contenido de la noticia (en el texto de la corresponsal Irene H. Velasco se lee que “no todo son buenas noticias: el límite de los dos grados no deja de ser un mero objetivo, para cuya realización no se ha fijado sin embargo ninguna medida específica”).
Mi malestar es resultado de la imagen de AP (que os describo porque, seguramente, reproducirla costará una pasta): los mandatarios de Japón. Canadá, EE.UU, Francia, Italia y Rusia están en pie y en fila, observando como una azafata, agachada, recoge del suelo los papeles donde se indica el lugar que deben ocupar para el posado. Berluscogni (¡uy, perdón, que se me escapa una errata por el subconsciente!), parece mirar el trasero de la chica con pinta de velina de esas que tanto le gustan. Angela Merkel no está en esa foto.
Un poco más abajo de la página, a menor tamaño, otra imagen apoya la crónica que cuenta que, mientras sus importantes maridos deciden cómo manipular el termómetro global (a todos los niveles), las primeras damas visitan a Benedicto XVI en el Vaticano. Con el Pontífice en el centro, sonríen ellas a la cámara, todas enveladas y de negro (salvo la de Sudáfrica, con un traje tradicional azul). No está –como es habitual- el primer caballero de Alemania, el marido de Angela Merkel.
Tampoco está Carla Bruni, que aún no había llegado a Italia. Recuerdo haber leído que algunas consortes se negaron, en algún momento, a acudir a la reunión de L’Aquila como medida de protesta por las noticias sobre las actividades extraoficiales de Berluscogni (¡uy, otra vez!).
La ausencia de la señora de Sarkozy me trae a la memoria su presencia en aquella foto donde su trasero y sus tacones rivalizaban con los nuestra Princesa de Asturias. Fue portada de EL PAÍS para ilustrar (¿!) la visita de nuestros primeros vecinos.
Definitivamente, vivimos en una sociedad audiovisual. Lo que me pone como una pantera enjaulada es que las imágenes, como el lenguaje, no hacen sino reflejar una realidad: en el mejor de los casos, la invisibilidad de las mujeres mayores de 40 años; en el peor, su papel como meros floreros.
Ahora que está tan de actualidad, ¿dónde estamos en la mesa del diálogo social entre patronales y sindicatos? ¿Y en las páginas de Economía, donde salen todos los días los banqueros? Y en las de Deportes, ¿cómo se refleja el papel de la mujer? (observad, especialmente, las imágenes de la Fórmula 1 o las que ilustran los diarios deportivos).
La otra tarde, en una reunión de mujeres invisibles, todas profesionales mayores de 45 años, una excelente periodista (ahora en el paro) reconoció que ella misma había rechazado en ocasiones fotos de mujeres “demasiado mayores” para ilustrar a algunos reportajes.
¿Quién elige las fotos en los medios de comunicación?
Besos desde la invisibilidad.

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Julio 2, 2009

Restauración

Queridas caris:

Con permiso de Aristóteles, Kant y otros filósofos que en el mundo han sido y serán, creo que todos los seres –incluidos los inanimados e irracionales- tiene sustancia o alma. Quizá es que soy muy prosopopéyica; o sea, que otorgo a las cosas cualidades humanas.
Por ello hablo constantemente con mi perro, mis plantas, los bichos del jardín y las cochinas palomas, mi coche y mi ordenador (al que, mayormente, me dirijo con insultos. Un día de estos me va a plantar cara).
Pudiera ser que las sustancias de las cosas se impregnen unas de otras cuando conviven. Como esos diagramas de Euler Venn donde dos círculos comparten una zona común. (Si hasta aquí no habéis entendido nada, no os preocupéis: yo tampoco.)
Toda esta palabrería pseudo-intelectualoide es para explicaros mi pasión recién descubierta por rehabilitar casas. Mi santo y yo nos hemos embarcado en la aventura de darle una segunda oportunidad a lo que era una ruina en un rinconcillo gallego.
Nos enamoramos del lugar. Imaginad un pequeño valle, surcado por un río en cuyo recodo se alza una casa de piedra y pizarra custodiada en lo alto por los restos de una torre del siglo XII. Como muchos lugares en Galicia, la casa se construyó con las piedras que se iban desmoronando del castillo. Y el nombre no puede ser más sugerente: Narahío.

fachada3.jpg
Creo que, como sucede con las personas, hay dos formas de acometer una restauración. Una es el lifting, el botox y las inyecciones de colágeno que desfiguran, esconden el alma y se ocupan sólo de lo superficial, sin preocuparse de lo que ocurre en el interior. Otra, la que restaña heridas pero deja a la vista las cicatrices porque cada una de ellas cuenta su historia; la que sabe ver sus puntos fuertes y los resalta; la que apuntala sus debilidades con vigas de hierro sin pretender que se conviertan en columnas dóricas.
Puede que sea la distancia entre un instituto de belleza y un centro de cirugía plástica. O voy incluso más lejos y me atrevo a afirmar que es la diferencia entre pasar por el quirófano para retocar el exterior y por la consulta de un buen psicólogo o psiquiatra para reajustar el interior.
En cualquier caso, es imprescindible ponerse en buenas manos. Nuestro “terapeuta” particular en esta aventura ha sido Suso, un hombre que conoce a la perfección las antiguas técnicas constructivas de la zona y que cuenta con una cuadrilla de artesanos de los que ya no quedan; canteros y ebanistas que se toman su tiempo para descubrir piedras como almenas ocultas tras el ladrillo, para escuchar lo que las robustas vigas de castaño demandan. La prisa nunca es buena consejera para devolver algo a la vida, mal que nos pese a los urbanitas consumidores del todo y ya.
Ha sido un año largo cargado de ilusión y kilómetros. Pero ha merecido la pena. A partir de agosto, os espera a tod@s los que tengáis interés en disfrutarla una vista maravillosa; un jardín de manzanos y limoneros; una planta baja diáfana con cocina, comedor y salón; y otra donde las vigas de roble y castaño dibujan los techos de tres habitaciones dobles con sus tres baños.
Hannah Malauva

P.D.: Para más información y reservas, podéis contactar a través de joseluis.valdehita@objetivo10.com o en http://lugardelcastillo.blogspot.com/

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Hannah es Amparo Mendo, una periodista de raza, con un currículum que así lo avala: fue redactora jefe de la revista GEO, corresponsal en Washington para la agencia EFE, profesora de Comunicación en la Escuela de negocios ESERP, directora de contenidos de canales digitales, jefe de prensa de una productora audiovisual y actual blogger de excepción para AR. Todo un lujo... ¡a vuestro servicio!
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