Archivo de Mayo, 2009

Mayo 29, 2009

El sueño

amaparo.jpgQueridas caris:

Voy a confesaros una adicción: soy una drogadicta de los libros de autoayuda (¿self-help-book-adict, diría un snob?) Los devoro con fruición y, lo que es peor, me los compro; nada de ir a la biblioteca o pedirlos prestados. La nena necesita droga de primera mano.
He probado de todo. Desde equilibrar mis yines, mis yanes y mis chakras, descubrir los secretos ocultos de mi mente y corregir mis zonas erróneas, hasta estimular mi autoestima, mi creatividad o mi productividad; pasando por perfeccionar mi gestión del tiempo, mis dotes de comunicación, las relaciones con los demás o mi apreciación de la felicidad en los gestos cotidianos; sin olvidar las guías para sanar mis emociones, controlar mi ira, desarrollar mi inconsciente consciente, escuchar mi voz interna, aprender a relajarme, elaborar mis duelos, potenciar mis puntos bionergéticos o librarme de mis miedos.
Intento llevar a la práctica la teoría que aprendo. Al menos, durante las dos horas posteriores al término de la lectura.
Si hay algo que todos esos libros tienen en común es la insistencia de sus autores en que hagamos listas: de nuestros defectos y virtudes; de cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo lo hacen los demás; de nuestros éxitos y fracasos; de nuestros objetivos realistas y de los inalcanzables… ¡Pero qué manía!
Sin embargo, me ha sucedido algo esta noche pasada. He tenido un sueño y he logrado interpretarlo.
Os cuento: iba como pasajera en la tercera fila de un extraño avión con un interior diáfano, sin separación entre la cabina de la tripulación y los asientos. El comandante de la aeronave es un tipo atlético y moreno al que, de repente, le da una especie de brote iracundo que nos pone a todos en peligro mortal de estrellarnos. Mientras tanto, el copiloto se asusta de tal manera que es incapaz de reaccionar y se queda paralizado, encogido, mirando al otro con ojos aterrorizados, como platos. El piloto intenta un aterrizaje de emergencia tras cortar –como si fuera mantequilla- la parte delantera de la aeronave con un cutter (a mi no preguntéis, los sueños son así).
Con el boquete abierto en el morro, el descenso es –sin embargo- suave. Es de noche y se vislumbra un camino de tierra con árboles a los lados. Por el sendero se intuyen las sombras de dos jóvenes, uno más alto que otro, tocados con sendos sombreros vaqueros. Caminan hacia una mansión iluminada al fondo. Tiene una gran escalinata central de mármol, perfilada por una balaustrada clásica. La fachada está pintada en ese tono burdeos de algunas villas toscanas (las he visto en las revistas de decoración, otra de mis drogas favoritas), que contrasta con el blanco de puertas y ventanas.
Los dos muchachos se agachan de repente, sobresaltados por el rugido de los motores. Milagrosamente, salvan sus vidas mientras el avión se dirige hacia un choque inexorable con la mansión. Desde mi tercera fila, me parece mucho más sólida que el aparato.
Sin embargo, y a pesar de las circunstancias, mantengo en todo momento una actitud de tranquilidad y sosiego. La casa se acerca. Diez metros, cinco, cuatro, tres… Lentísimo fundido a blanco.
Me despierto empapada en sudar y, tras reflexionar sobre el sueño, cojo la libreta y el lápiz que tengo en la mesilla de noche. Por primera vez pongo en práctica las recomendaciones de los autores. Esta es la transcripción de mis notas:
• Yo soy el piloto, en mi versión más temida (por mi misma) de descontrol absoluto.
• Yo soy el copiloto, atenazada por el miedo y la inseguridad.
• Yo soy la pasajera tranquila de la tercera fila.
• El avión es un símbolo del viaje de mi vida.
• La mansión es a donde quiero llegar, un lugar seguro y sólido, que resistirá el choque con todos mis otros “yo”. También puede ser mi santo, con idéntico resultado.
• Los dos jóvenes pudieran ser mis hijos.
Juro que no me tomé nada antes de dormir. Ni tampoco lo he hecho para escribir esto.
¿Queréis contarme vuestros sueños y cómo los habéis interpretado?

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Mayo 22, 2009

Chicas de cincuenta

vino.jpgQueridas caris:
Enfrentándome al tema de esta semana y repasando los últimos posts, creo que podríais acusarme con razón de parecerme, cada vez más, al Capitán Tan. (¿Os acordáis de él, de Valentina, Locomotoro y los Hermanos Malasombra, malos de verdad y más malos que la quina? A la memoria audiovisual se une la del paladar, que me trae sabores de bocata con mantequilla y azúcar.)
Pero no puedo evitarlo. Nunca he sido buena inventando historias. Todo lo más, disfrazando –habitualmente mediante la exageración- la realidad que me rodea. Intuiréis ya, hábiles e intuitivas blogueras, que quería hablaros de mi viaje a La Rioja. Prometo no castigaros con los detalles.
Cuatro días en compañía de ocho parejas dan para mucha observación y reflexión; descartando naturalmente las obtenidas en los momentos más, digamos, “enológicos” del viaje.
Pensando en los distintos momentos en los que chicas y chicos hemos estado tanto juntos como separados, he llegado a algunas conclusiones (seguramente insustanciales, subjetivas y generalizadoras):
.- Nosotras somos más independientes. Quiero decir que si, llegado el caso, a unas les apetecía leer, a otras irse de compras y a otro grupo enzarzarse en una charla sobre la crisis económica, pues se hacía y ya está, sin reproches ni miradas reprobatorias por parte de las demás.
- Ellos son más gregarios. Salvo episodios de retiradas forzosas (léase saturación de momento enológico), parecían sentir la necesidad de hacer lo mismo todos juntos, especialmente si nosotras no estábamos.
- La camaradería es masculina. Dice la RAE que se trata de la “relación cordial entre camaradas”. En el adjetivo está la clave: sus relaciones son cordiales, sin entrar en más profundidades. Sobre todo, al evitar la complejidad, nunca afloran problemas de calado.
- La amistad es femenina. Me remito de nuevo al diccionario para verificar que, entre nosotras, hay “más afecto personal compartido”. Es decir, más confidencias, confesiones, intimidad… Y también –como consecuencia de todo ello-, más disputas, desavenencias, discordias.
Las chicas pasamos algunas de las horas más divertidas del viaje en un SPA. Fue una tarde de confidencias y risas entre burbujas, masajes y vapor cual pandilla de adolescentes.
Nuestras edades abarcan un rango entre los 40 y los 60 años. Algunas ya son abuelas, otras están preparando bodas y las demás aún tenemos hijos en el cole o en la universidad. Pero pude comprobar que absolutamente todas sentíamos pasión por la vida y nos habíamos desprendido ya de preocupaciones absurdas y prejuicios estúpidos que suelen lastrar etapas anteriores.
¡Me encanta esta edad!
Hannah Malauva

P.D.: De los muchos lugares a visitar en La Rioja, no me resisto a recomendaros dos, uno para visitar y comer y otro para descansar y dormir: Las bodegas de Rioja Alta , en Haro. Y el hotel de turismo rural La casona del pastor, en Valgañón, regentado por Jon –autor tanto de la rehabilitación como de la cuidada y confortable decoración- y su madre, Gloria -cuyos desayunos os darán fuerza para todo el día-.

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Mayo 14, 2009

El viaje

maleta.jpgQueridas caris:

Como en muchos aspectos de la vida social, nosotras tenemos una gran desventaja a la hora de preparar un viaje. Esta honda reflexión me venía a la mente mientras me sacudía un sobresalto contemplando a Susan Sarandon en una escena de cama de Pasión sin barreras (1991), que relata los encuentros sexuales entre una mujer y un hombre de edades y clases sociales diferentes. La Sarandon luce en ella un cuerpo estupendo… y, además, una pelambrera en las axilas que casi me hizo caer del sofá.
No pude terminar de ver la peli. El motivo no fue el mencionado susto, sino mi santo que, como es habitual en él, me sacó de mi enmimismamiento al grito de “¡¿Todavía no has hecho la maleta?!” (escribo los signos de interrogación y exclamación porque aún no he dilucidado si fue una pregunta o una interjección).
Claro, ellos lo tienen fácil: meter la ropa (eso suponiendo que se hagan su propia maleta, que no es el caso de todos); y, como mucho, afeitarse antes de salir. Pero a nosotras la cosa se nos complica muchísimo más. Dejando aparte toda la intendencia que hay que dejar prevista cuando te marchas dos o tres días -tanto si los colocas como si dejas en casa hijos, suegros, padres, perros, gatos o plantas (incluso todo a la vez)-, mi estado previo de revista personal incluye las siguientes dudas:
• ¿Debería ir a la pelu? (pertinaces raíces blancas asomado descaradamente sobre el tinte castaño)
• ¿Y depilarme? (enhiestas y negrísimas cerdas en la “línea del biquini”, en las piernas, alguno en la barbilla –cosas de la edad- y un sombra sobre el “labio superior”)
• ¿Manicura y pedicura? (aún me muerdo los pellejos; para los pies necesito una lupa porque ya ni me los veo)
• ¿Algo de bronceado exprés? (no he estrenado todavía las toallitas bronceadoras que me recomendó Esther)
Como en muchas familias, procuro estrujarme el cinturón y sacudirme los gastos superfluos. Entre ellos, peluquería, depilación, pedicura, manicura y cabina de rayos UVA, aunque nunca he llegado a ejecutar esta última partida presupuestaria, como os contaba hace poco.
Pero hacerse una misma todo eso supone tiempo, mucho tiempo. Y al igual que hace ya décadas que mis equipajes son bastante livianos (el aprendizaje comienza cuando los niños son pequeños y tienes que reducir tus propios bultos ante sus porsiacasos), también he aprendido a relativizar mi equipaje de dudas.
¿Canas? Un poquito de maña con la laca y el cepillo. ¿Manicura y pedicura? Si hay tiempo, bien; si no, lo justito: cortar y limar. Sin embargo, no consigo pasar por alto la depilación: quizá porque he interiorizado tanto un determinado concepto estético que me veo sucia y deslucida cuando asoma el vello enemigo.
Siempre he sentido envidia de las guiris que visitan nuestras playas sin pudor alguno de mostrar sus pelambreras axilares o perniles. A Dios gracias, las cosas han evolucionado mucho y ya tenemos epiladies y ceras tibias o frías (¿os acordáis de los berenjenales con el cacharro y la peste a cera por toda la casa?). Y siempre nos quedará la cuchilla para salir del paso.
Lo dicho: pasa una eternidad hasta que puedo hacer la maleta. Me marcho con un grupo de amigos (somos 18: en nuestro entorno no existe la expresión “petit comité”) a La Rioja. Organizamos cada año unas jornadas gastronómicas que tocan ahora en ese rincón privilegiado de nuestra geografía. Y mientras ellos se van a catar lo que quede de vino, nosotras hemos decidido cortar la maratón de comercio y bebercio (también hay visitas culturales, no vayáis a pensar…) con una escapada a un spa durante una tarde entera. He aquí la clave de mi obsesión depilatoria.
¡Feliz puente de San Isidro a todas las que podáis disfrutarlo!

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Mayo 6, 2009

Lujos

diamante.jpgQueridas caris:

Hablar de lujos con la que está cayendo parece, cuanto menos, superficial. Sin embargo, observo que en los medios de comunicación aparecen cada vez con más frecuencia reportajes sobre artículos y servicios que –desde siempre- han estado sólo al alcance de una minoría. Es como si las marcas destinadas a los ricos dijeran algo así como “Vale, pero a nosotros y a nuestros clientes esto nos importa un higo”. Todo escudado en un “No pensamos rebajar la calidad de nuestros productos aunque vendamos menos”. Y aún tiene una que leer soplagaiteces tipo “El lujo hace soñar a los que menos tienen”. Con su pan se lo coman (esas firmas y los que pueden comprarlas).
Nadie duda ya de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Estoy segura de que todas conocéis a algún vecino o amigo sobre el que os habéis preguntado en algún momento cómo podía comprarse ese cochazo con su sueldo o veranear con toda la familia en Cancún.
Sin generalizar, las que hemos trabajado para la empresa privada también sabemos algo de la avaricia por los beneficios a costa de sueldos indignos, trabajos temporales y desprecio absoluto por el capital humano. Expresiones tan de moda como “gestión del talento”, “responsabilidad social corporativa”, “transparencia” o “ética empresarial” no han sido sino meros floreros (sin agua ni flores) en algunas compañías. Y como siempre, los primeros que se van al traste son los más débiles del sistema: trabajadores y autónomos, que suponen el 80% del entramado empresarial español.
Esto no quiere decir que abomine del sistema de libre mercado, ni que piense que todos los empresarios estafan. Nada más lejos de mi opinión: quiero creer que la mayoría es gente emprendedora que se arriesga y crea empleo.
Luego están los políticos. Tampoco dudo de que muchos sean honrados, pero la ventaja de vivir en un pueblo pequeño es que puedes observar de cerca cómo algunos alcaldes entran con un Panda y salen en un Audi 8. O cómo la misma rotonda va por su enésima obra para colocar una escultura absurda. Pero no hay dinero para un simple censo de personas con discapacidad, un centro especial de empleo o más trabajadoras sociales.
Hace unos días también me llamaba la atención un curioso artículo. Explicaba que, en épocas de crisis, se dispara la venta de productos cosméticos. Si durante la Gran Depresión del 29 en Estados Unidos batieron récord los pintalabios, resulta que ahora, en España, las mujeres estamos arrasando con maquillajes, coloretes y sombras de ojos. Eso sí, de marca blanca: nada de chaneles, diores, ni lancômes, sino más bien de Kristian Dios, como diría nuestra impagable Valle.
Mi legendaria ignorancia inlcuye los temas económicos, lo que quiere decir que no tengo las recetas para salir de la crisis. Pero intuyo que algo tendrá que ver la vuelta a determinados valores. No estoy hablando de religión (aunque respeto a quienes la tienen o vuelven a ella), sino más bien de la diferencia entre el ser y el tener.
Ésta es una muestra de mis lujos:
• Cinco minutos de cosquillas en el sillón con mis hijos.
• A falta de presupuesto para el spa, que mi santo me haga las burbujas en la bañera de casa.
• Redescubrir al fondo del armario una blusa que, veinte años después, ha vuelto a ponerse de moda.
• Pasear por el campo con mi perro.
• Escuchar el silencio.
• Conseguir que mi cabeza deje de funcionar como una olla exprés durante tres minutos seguidos (la brocha gorda –versión paredes y muebles- ha sido mi salvación y vocación tardía).
• Dormir más de tres horas seguidas sin despertarme.
• Ver el mar desde mi cama en Galicia.
• Hacer las paces con mi cuerpo y mis achaques menopáusicos.
• Prescindir de la gente que no me interesa.
• Engancharme a un libro, aunque los críticos le resten valor al tacharlo de best-seller (me ha pasado con los de Stieg Larsson)
• Al igual que Nora, compartir con vosotras este blog como si fuéramos viejas amigas alrededor de un café y descubrir gente nueva. ¡Bienvenidas Cata y María Coimbra!

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Hannah es Amparo Mendo, una periodista de raza, con un currículum que así lo avala: fue redactora jefe de la revista GEO, corresponsal en Washington para la agencia EFE, profesora de Comunicación en la Escuela de negocios ESERP, directora de contenidos de canales digitales, jefe de prensa de una productora audiovisual y actual blogger de excepción para AR. Todo un lujo... ¡a vuestro servicio!
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