Abril 20, 2009

Arriba y abajo

barcelona.jpgQueridas caris:
Os escribo hoy desde Barcelona. Estoy en la Ciudad Condal por motivos de trabajo. No sé si seré una mala esposa y madre, pero estas escapadas de una o dos noches fuera de casa, con toda una habitación para mi solita, me parecen un lujazo que recarga mi escacharrada batería vital. Eso sí, a partir del segundo día me pongo mustia porque empiezo a echar de menos a mi santo, a mis vástagos, a mis padres, a mi perro y hasta a mi suegra.
En algunas ocasiones, por mi actividad laboral, aterrizo en un mundo que me es ajeno. Es éste un entorno de restaurantes de lujo, cochazos con chófer, aviones privados, propiedades en el extranjero, entrenadores personales, ropa de marca y vacaciones en lugares exóticos. Por aquí transitan como pez en el agua rostros más o menos conocidos del mundo de la televisión.
La mayoría es gente normal, con sus aficiones, preocupaciones (entre las que no está pagar la hipoteca), curiosidades… Algunos me escuchan cuando tengo oportunidad de hablar. Otros no se dignan ni mirarme, como si supieran que no pertenezco a esa tribu tan especial. Y casi todos se preguntan qué hace una chica (es un decir) como yo en un sitio como ése.
A mi, a veces, me falta el aire.
No hace ni un mes estaba en Ibi, una villa alicantina que fue capital española del juguete antes de que se la llevara por delante el tsunami de los precios chinos. Me tocaba moderar allí una mesa redonda sobre enfermedades raras organizada por Fide Mirón, presidenta de la asociación ADIBI.
Fide es una mujer de 35 años que padece porfiria de Gunther, un extraño mal que se ha llevado por delante sus manos, su nariz y sus labios. Pero que no ha podido con una inmensa fuerza interior que la empuja a luchar por todos los que padecen enfermedades como la suya y/o alguna discapacidad.
Allí también conocí a Javier, padre de una niña con síndrome de Rhett. Javier es una de esas personas en las que se adivina el amor como motor vital de una lucha interminable.
Y cada mes de julio, desde hace unos años, vuelvo a la albaceteña Hellín, donde la gente de ASPRONA siempre me recibe con los brazos abiertos. Escucho los problemas de una familia con seis hijos, dos de los cuáles tienen síndrome de Down; o de una madre preocupada porque su chaval, con veinte años, se ha quedado sin plaza en el centro de día; o de una chica con discapacidad intelectual que se quedó embarazada por la ignorancia de unos padres preocupados tan sólo de su asignación mensual.
De lugares como Ibi o Hellín, siempre me marcho con la sensación de que recibo muchísimo más de lo que puedo ofrecer.
Puede que mi mundo esté a caballo entre esos dos. Pero cada vez me cuesta más subir las escaleras y mucho menos bajarlas. Sólo espero que no sea, exclusivamente, una cuestión de ego.

5 Comentarios

  • 1. Esther  |  Abril 21, 2009 at 10:43

    Decía un poeta (creo que era Eliot) que “el camino que sube es el camino que baja”, así que ya ves, querida Hannah, que los clásicos modernos te dan la razón a lo que dices. Tú lo sabes bien, y sabes también subir y bajar (dios mío, parezco tu abuela…), y sacar lo bueno de esos vaivenes. No creo que seas una mala madre por descansar de la rutina mientras trabajas, y, por otra parte, aunque sólo sea por introducir un elemento de humor… ¿¿¿no crees que, cuando tú te vas, ellos también descansan???
    Besos

  • 2. Esther  |  Abril 21, 2009 at 10:44

    ¡Ah! Se me olvidaba: gracias a Laia por su explicación del tranvía. No te acostarás…

  • 3. Hannah  |  Abril 21, 2009 at 12:48

    Querida “lala” Esther: no sabes cuánto te agradezco tus palabras. No se me había ocurrido que ellos pudieran descansar de mí! Les preguntaré, no sea que lo necesiten más a menudo de lo que me creo…:.)
    Bsts.

  • 4. Valle  |  Abril 21, 2009 at 16:56

    Querida Hanna:
    Dice un proverbio árabe: “Quien no comprende una mirada, tampoco comprenderá una larga explicación”. Así que no merecen la pena los que no se dignan a mirar a alguien sólo por soberbia.
    Besos.
    Nuria.

  • 5. Valle  |  Abril 22, 2009 at 14:04

    Bueno chicas:
    Y después de lo profundo de nuestros comentarios para reflexionar, solamente pedirte Hanna que espero por tu bien y reputación, no te pasen cosas como éstas cuando salgas de viaje (con un punto de humor, por supuesto y sin quitarle la seriedad que corresponde al tema de esta semana):

    Dos amigas se fueron de fiesta solas, sin sus maridos. Cuando de madrugada regresaban a casa, dobladas por el alcohol, les entraron deseos de ir al baño, pero lo único que había cerca era un cementerio.
    Decidieron entrar y hacer sus necesidades. La primera no encontró con que limpiarse, así que lo hizo con el tanga y lo tiró. La segunda, como tampoco encontró con que limpiarse agarró la cinta de una corona de flores y se limpió con ella.
    A la mañana siguiente los maridos se llaman y uno le dice al otro:
    “Juan…al loro, parece que nuestras mujeres lo pasaron
    demasiado bien anoche porque la mía llegó sin el tanga”. A lo que el otro le contesta: “Tienes suerte, por lo menos la tuya llegó sin bragas, pero es que la mía llegó con una tarjeta en el culo que decía:
    “Tus amigos de Logroño no te olvidan”.

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Hannah es Amparo Mendo, una periodista de raza, con un currículum que así lo avala: fue redactora jefe de la revista GEO, corresponsal en Washington para la agencia EFE, profesora de Comunicación en la Escuela de negocios ESERP, directora de contenidos de canales digitales, jefe de prensa de una productora audiovisual y actual blogger de excepción para AR. Todo un lujo... ¡a vuestro servicio!
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