Archivo de Abril, 2009
Abril 28, 2009
Queridas caris:
Hay palabras cuya fonética y significado toman caminos divergentes. A veces, la primera es mucho más hermosa que el segundo, y viceversa. Incluso puede darse uno u otro caso en función de quien hable. Porque la apreciación de lo bello -sea en los sonidos, en la forma de designar la realidad o de representarla a través de cualquier arte- no deja de ser un acto subjetivo.
Por poneros un ejemplo: aunque a mí la palabra “primavera” me suena espantosa, muy por debajo de lo que se supone que representa como estación del año en la que la naturaleza estalla de vida, hay gente a la que se le pone cara de adolescente embobado con sólo pronunciarla.
A mi santo (estoy segura), le importará un cuerno esa fonética, que siempre será más amable que un contenido real donde -para él- reinan el estornudo, el picor de ojo y la rinitis. Esa cursilada del párrafo anterior queda sepultada por un montón de kleenex y la necesidad de encerrarse en casa a cal y canto.
Todo este rollo cultureta que me acabo de marcar no es sino para deciros que hay palabras horrendas (creo que la fonética y el significado de este término están a la misma altura; fijaos bien: h-o-r-r-e-n-d-a-s. ¿No es h-o-r-r-o-r-o-s-o?).
Pero si hay un grupo de palabras especialmente feas, son aquellas relacionadas con la ropa interior y la higiene femenina. La revista AR lucha por desterrar del vocabulario términos como “cuarentona” y “cincuentona” para sustituirlas por “cuarentañera” y “cincuentañera”. Propongo suprimir las que a continuación os detallo, intentando buscar alternativas para que se extienda su uso:
-Braga (una amiga llama a esta prenda braulia; no me parece una mala idea)
-Tanga (aunque el diccionario dice que este vocablo tupí es masculino, hay gente que lo empeora aún más: “la tanga“)
-Sostén (sujetador es igual de espantoso)
-Faja (la publicidad conoce nuestra aversión por el nombre y, ahora, se inventa palabras en inglés -tipo slim you- que, al menos, suenan mejor)
-Enagua (no se porqué, pero siempre me ha parecido nombre de bollo: ¿con crema o con nata?)
-Compresa (a falta de una idea original, me decanto también por una adaptación del inglés al estilo “toallita íntima”)
-Tampón (hoy sólo se me ocurren barbaridades)
Esta semana, os reto a todas a inventar palabros nuevos para estas prendas y objetos o a buscar sinónimos que suavicen la fonética de su significado. ¿O es al revés?
Abril 20, 2009
Queridas caris:
Os escribo hoy desde Barcelona. Estoy en la Ciudad Condal por motivos de trabajo. No sé si seré una mala esposa y madre, pero estas escapadas de una o dos noches fuera de casa, con toda una habitación para mi solita, me parecen un lujazo que recarga mi escacharrada batería vital. Eso sí, a partir del segundo día me pongo mustia porque empiezo a echar de menos a mi santo, a mis vástagos, a mis padres, a mi perro y hasta a mi suegra.
En algunas ocasiones, por mi actividad laboral, aterrizo en un mundo que me es ajeno. Es éste un entorno de restaurantes de lujo, cochazos con chófer, aviones privados, propiedades en el extranjero, entrenadores personales, ropa de marca y vacaciones en lugares exóticos. Por aquí transitan como pez en el agua rostros más o menos conocidos del mundo de la televisión.
La mayoría es gente normal, con sus aficiones, preocupaciones (entre las que no está pagar la hipoteca), curiosidades… Algunos me escuchan cuando tengo oportunidad de hablar. Otros no se dignan ni mirarme, como si supieran que no pertenezco a esa tribu tan especial. Y casi todos se preguntan qué hace una chica (es un decir) como yo en un sitio como ése.
A mi, a veces, me falta el aire.
No hace ni un mes estaba en Ibi, una villa alicantina que fue capital española del juguete antes de que se la llevara por delante el tsunami de los precios chinos. Me tocaba moderar allí una mesa redonda sobre enfermedades raras organizada por Fide Mirón, presidenta de la asociación ADIBI.
Fide es una mujer de 35 años que padece porfiria de Gunther, un extraño mal que se ha llevado por delante sus manos, su nariz y sus labios. Pero que no ha podido con una inmensa fuerza interior que la empuja a luchar por todos los que padecen enfermedades como la suya y/o alguna discapacidad.
Allí también conocí a Javier, padre de una niña con síndrome de Rhett. Javier es una de esas personas en las que se adivina el amor como motor vital de una lucha interminable.
Y cada mes de julio, desde hace unos años, vuelvo a la albaceteña Hellín, donde la gente de ASPRONA siempre me recibe con los brazos abiertos. Escucho los problemas de una familia con seis hijos, dos de los cuáles tienen síndrome de Down; o de una madre preocupada porque su chaval, con veinte años, se ha quedado sin plaza en el centro de día; o de una chica con discapacidad intelectual que se quedó embarazada por la ignorancia de unos padres preocupados tan sólo de su asignación mensual.
De lugares como Ibi o Hellín, siempre me marcho con la sensación de que recibo muchísimo más de lo que puedo ofrecer.
Puede que mi mundo esté a caballo entre esos dos. Pero cada vez me cuesta más subir las escaleras y mucho menos bajarlas. Sólo espero que no sea, exclusivamente, una cuestión de ego.
Abril 8, 2009
Queridas caris:
Irremediablemente me pilla el toro. Cada año, allá por febrero o marzo, siempre me propongo unas sesiones de rayos UVA para superar ese momentazo probador, traje de baño en mano. Intento convencerme de que, con un tono dorado sobre mi invernal epidermis de alcachofa, los lindos hoyuelos de la celulitis se difuminarán.
¡Quia! Y meto aquí esta interjección coloquial que denota incredulidad o negación por dos razones: primero, porque la premisa es falsa (los agujeros no desaparecen); y segundo porque… irremediablemente me pilla el toro. O sea, que nunca me da tiempo a cumplir mi propósito.
Este año, además, se une al astado (¿se nota mi cultura tauromáquica?) otra bestia llamada crisis económica. Lo que significa que no está el horno para dispendios (¿se nota que estoy en mi semana de inseguridad léxica?).
También llegué tarde a las cremas autobronceadoras, algunas incluso más caras que un bono de moreno en diez sesiones. Así que me arrastré lloriqueando hasta mi farmacéutica de cabecera para preguntarle si tenía algún potingue mágico que pudiera salvarme el culo (literal) in extremis. Y ¡voilà! Como el mago de su chistera, sacó de un cajón un bote de spray donde podía leerse “Caña de Azúcar”.
-Sigue a rajatabla las instrucciones, me dijo.
Llegué a casa entusiasmada con mi nueva adquisición y me entregué con fruición a la lectura del prospecto. Ya sabéis: pulverizar de forma homogénea a una distancia de 25 centímetros, lavar las manos después de su aplicación, etc. etc., etc. (habitualmente abomino de esta abreviatura, pero creo que aquí está justificada).
Como en el pasado había tenido experiencias nefastas con la cremas autobronceadoras, más chula que un ocho (se ruega origen de esta expresión fantástica) extendí un plástico sobre el suelo del cuarto de baño para no manchar nada de nada. Y en pelota picada (ídem), me entregué desaforada y sin reparos a la caña de azúcar.
Una hora después, me miré al espejo. Os detallo el resultado por partes (corporales):
• La cara: luce un tono que podríamos calificar de caribbean look hepático.
• La parte delantera (del cuerpo): Los manchurrones en las rodillas y los empeines delatan, sin lugar a dudas, el moreno de bote.
• Plantas de los pies: como si hubiera estado pisando un charco de henna (las instrucciones no dicen nada de lavarse los pies). En fin, siempre puedo presumir de que he estado en Marruecos esta Semana Santa.
• Todita la parte posterior: mis carnes traseras muestran un delicado diseño con estampado felino en suaves tonos anaranjados. La clave debe de estar en lo de la pulverización “homogénea” y “a 25 centímetros”.
Afortunadamente, paso las fiestas en la urba (a la que llamo Valdel’eau cuando me pongo pija para aparentar, o sea). Y menos mal que el cielo de Madrid amenaza lluvia, hace viento y no hay quien se ponga todavía el bañador, ni siquiera en casa.
¡Feliz Semana Santa a todas!
Abril 1, 2009
Queridas caris:
Volví al San Patricio, mi cole desde los tres hasta los dieciséis años, para celebrar el 50º aniversario de su fundación. No sé vosotras, pero guardo recuerdos intensos y felices de mi etapa escolar. Pese a que el espejo se empeña en negarlo una y otra vez, muchas veces me siento aún muy cerca de aquella chiquilla de hombros encogidos a la que me cuesta reconocer en las fotos.
Allí me ruboricé miles de veces ante una nueva especie llamada “chicos”; conocí los sinsabores del primer amor, aprendí mi inutilidad para las asignaturas de Ciencias y las Matemáticas, me dolieron las primeras traiciones de amistad. Y deduje que las relaciones con los profesores -y, por extensión, con cualquier otro ser humano- se basan a veces en razones irracionales, como la química epidérmica (no incluida en las materias docentes).
Pero, en esas mismas aulas y pasillos, fue donde descubrí cosas como la droga de un beso; o que, con esa nueva especie, incluso podían mantenerse conversaciones interesantes. También, donde comenzó mi pasión por las palabras y los libros (gracias siempre, Don Ignacio y Don Julio); donde supe por vez primera de valores como la lealtad, el compañerismo, el esfuerzo y sus recompensas; o de la diferencia entre el docente vocacional y el que no lo es, independientemente de las capacidades de sus alumnos.
Reconozco que la cita me produjo una gran excitación, un cóctel a partes iguales de curiosidad, ilusión y una pizca de prevención. Al fin y al cabo, encontrarme con mis compañeros de la 12ª promoción era algo así como enfrentarse a un espejo después de treinta años.
Me vestí, me peiné y me maquillé a conciencia.
Y llegó la hora del reencuentro. Primero fue el impacto de los cambios físicos: la más guapa había dejado de serlo. Aquel gordito simpático y melenudo estaba delgadísimo y su cabeza relucía como una bola de billar. La rellenita lucía tipazo de corporación dermoestética. Aquella melena afro se había convertido en un alisado “porque tu lo vales”. Algunos –pocos- afortunados habían hecho realidad el sueño de Dorian Gray. En general, la media de las chicas era superior a la de los chicos en el aspecto físico, aunque mi memoria y la distancia temporal impedían apreciar detalles de liposucciones, estiramientos, botox o siliconas.
Luego llegó el shock de las historias vitales. Al que le costaba relacionarse con nosotras iba ya por su tercer matrimonio. El chulito comemundos se había convertido en un anodino funcionario. La pionera feminista era ama de casa por vocación. Los rojos de entonces jugaban ahora al golf en resorts exclusivos. La insegura patológica triunfaba como relaciones públicas de éxito internacional.
Nos reunimos a la hora señalada en nuestra clase de siempre. Fue como un viaje en el tiempo: volvimos a reír con las ocurrencias del más gamberro (al que, por supuesto, expulsamos del aula durante cinco minutos). Revivimos, al elegir compañero de pupitre para la foto, amistades y desencuentros. Retomamos, por unos instantes, nuestros papeles de tímid@s o líderes.
No estuvo mi primer amor, que volvió a dejarme (plantada) treinta y tantos años después. Pero he recuperado a Alicia, la primera amiga que tuve en el colegio a la tierna edad de tres años.
Me ha costado tres décadas, pero… ¡POR FIN HE CONSEGUIDO QUE ME NOMBREN DELEGADA DE CURSO!