Archivo de Marzo, 2009
Marzo 25, 2009
La primavera, por una vez respetuosa con el calendario humano, nos regalaba una mañana de rayos tibios y cielo despejado. Se sentaron junto a nuestra mesa en la terraza para disfrutar, como nosotros, del desayuno al aire libre.
Alto, delgado, él tenía el pelo blanco, abundante aún, y lucía un tenue bronceado que hacía resaltar sus ojos claros en un rostro surcado de vivencias. Ella era la confirmación de que “quien tuvo, retuvo”, con su pelo corto teñido de castaño y una figura todavía envidiable para la que debía ser su edad. Lucía con elegancia sus arrugas sin rastro de botox, estiramientos ni siliconas donde chisporroteaban unos vívidos ojos negros.
Ambos vestían atuendo deportivo y un par de raquetas de tenis asomaban por la bolsa que él llevaba.
Ella se levantó en primer lugar para servirse del buffet zumo, macedonia de frutas, queso fresco y cereales. Él regresó después con huevos revueltos, salchichas, tostadas, un plátano y café.
Discutieron durante todo el desayuno: por el partido de tenis que acaban de jugar, por los hijos –ya mayores y padres a su vez-, por la elección del lugar para pasar el puente, por las actividades del resto del día. Ella le señalaba, preocupada, su falta de cuidado en la elección de la comida, a tenor de los resultados de los últimos análisis. Él respondía que, a su edad, bien podía permitirse el lujo de saltarse las reglas de vez en cuando, al tiempo que la sugería taparse un poco el escote.
También comentaron –con las cabezas juntas sobre el periódico- las noticias de la actualidad política y social; cada uno desde un punto de vista opuesto, el de ella más flexible y liberal.
No parecían ser conscientes de la gente a su alrededor porque, en los momentos más candentes, él elevaba ligeramente el tono de voz mientras que ella gesticulaba con más énfasis.
Mi santo me despertó del ensimismamiento con un codazo para hacerme notar que mis observaciones rayaban ya en la mala educación… y que, si no me causaba un trastorno grave, le gustaría tener algo de conversación con la persona con la que había decidido compartir el puente. Sonreí y ataqué mis huevos fritos con panceta.
Se levantaron. Él pasó su brazo alrededor del hombro de ella, mientras que ella le enlazó por la cintura. Con el rabillo del ojo, pude ver cómo sellaban la paz matinal con un beso apasionado en los labios mientras doblaban la esquina en dirección a las habitaciones del hotel.
Marzo 12, 2009
Queridas caris:
Alguna vez os he comentado que, en esta etapa de mi vida, ♫ me siento (cada vez más) inseguraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa ♫, a diferencia del desafinado Iker Casillas. Ese sentimiento adolescente vuelve ahora con energía renovada. Miro hacia atrás preguntándome dónde estará ahora aquella jovenciglia arrogante y pelín soberbia que quería comerse el mundo y se zampó a la púber.
Esta profunda reflexión se la debo a Valle: no os perdáis su impagable comentario con los “momentos ordenador” tras el post anterior. Fue ella quien me hizo pensar en la cantidad de objetos que utilizamos a diario y de los que desconocemos su funcionamiento. De ahí a la inseguridad sólo hay un paso.
Quiero decir que, hace unos años, ni siquiera me planteaba estas cuestiones. No es que sirva de mucho hacerlo ahora, pero contribuye a reforzar ese sentimiento. Por eso comparto también con Amaya su terror a los ferreteros y, por ende, a la luz dicroica y los leds.
Creo que una de las diferencias fundamentales entre esta etapa de la Historia y las anteriores es que nuestros tatarabuelos comprendían mucho mejor cómo eran las tripas de las cosas que utilizaban cada día. (Estoy segura de que esta teoría no es mía y la he leído en alguna parte.)
En honor a Esther, aquí va mi lista reducida de las máquinas que no comprendo (reitero por enésima vez que soy de Letras puras desde Primero de BUP y que nunca comprendí ni los números, ni la Física, ni la Química. Y sí, es una excusa descarada para justificar mi ignorancia):
.-El microondas.
.-El ordenador.
.-Las cámaras de fotos y de vídeo.
.-Internet.
.-El ADSL.
.-El teléfono (ni móvil, ni fijo, ni fax).
.-Mi coche (algún día os contaré mi teoría sobre la personalidad de los objetos supuestamente inanimados).
.-La radio.
.-La tele (ni analógica, ni satélite digital, ni TDT, ni cable).
.-MP3 o 4, CD o DVD. Ni siquiera el tocadiscos de toda la vida.
.-La grabadora.
.-La termomix.
.-Los contestadores y buzones de voz.
.-La calculadora.
.-El despertador.
.-El cuadro de luz (con sus diferenciales y “automáticos”).
.-Los aviones.
.-Cualquier cosa que lleve de apellido “digital”.
Caris, me estoy deprimiendo por momentos. Así que prefiero pensar que, al reflexionar socráticamente ese “sólo sé que no sé nada”, soy un poco más sabia.
Marzo 5, 2009
Queridas caris:
No me vuelvo a subir en un telesilla ni aunque me paguen un millón de euros (aunque por esa cantidad quizá me lo piense). He tomado esta decisión después del aparatoso accidente del remonte en Sierra Nevada. No es que me haya costado mucho, porque lo cierto es que:
1º.- Tengo vértigo.
2º.- No sé esquiar. Mi último intento fue hace veinte años y acabó con una pierna rota (la de la chica contra la que me estampé).
3º.- Mi santo también desconoce los secretos de este deporte o de todos los que tengan que ver con el deslizamiento (por ejemplo, irremediablemente cae al agua cuando está sentado sobre una tabla de surf… en la piscina).
Cuando vuelvo la vista atrás, caigo en la cuenta de la cantidad de actividades que, a lo largo de los años, he ido tachando de la lista. ¡Caris, con lo que yo he sido de echá p’alante!
Aún recuerdo que, durante nuestro viaje de bodas a Tailandia, hicimos todo aquello que los carteles del hotel recomendaban evitar a los turistas. A saber, subirse en un tuc-tuc (triciclo motorizado cuyos conductores atajaban las curvas por la acera), acercarse a los espectáculos para adultos en Bangkok (donde descubrí de lo que es capaz un músculo vaginal bien entrenado) o surcar los cielos en un paracaídas arrastrado por una lancha motora (el que subió después de mi cayó al agua al averiarse la barca).
No me estoy refiriendo a esos miedos que, con la edad, se agudizan: la enfermedad, el dolor o la pérdida de los que amamos, el malenvejecer de uno mismo… Todos ellos, creo yo, son consecuencia lógica de una circunstancia vital concreta. Al observarlos alrededor, podemos intuir que nos rozarán antes o después porque es “ley de vida”, aunque esa ley sea casi siempre tremendamente injusta y absurda.
De lo que os hablo, caris, es de esos miedos irracionales que no tienen pies ni cabeza y que, con la edad, se van convirtiendo casi en fobias. Esta es una lista de los míos:
-Las montañas rusas (desafían la gravedad y nunca entendí la Física).
-Las vacas (de cerca son enormes y también tienen cuernos).
-Los gatos (desconfío de seres tan independientes).
-Viajar a los lugares donde la gente muere de enfermedad y hambre, por muy exótico que sea fotografiarse con un gorila (no me cabe aquí la explicación).
-Y a destinos donde el terrorismo campa a sus anchas (y ya sé que su efecto más venenoso es el miedo).
-Y aquellos donde la vida no vale un pimiento (de lo que se deduce, junto a los dos puntos anteriores, que mis conocimientos de la geografía patria son cada vez más notables).
-Cualquier bicho baboso y reptante (humanos incluidos, que los hay).
-La opulencia obscena del Vaticano (si Jesús resucitara de nuevo, estoy segura de que multiplicaría por mil la intensidad de la escena del Templo).
-Los precipicios, funiculares y edificios de más de tres plantas (¿he dicho mencionado ya que tengo vértigo?).
-El pescado crudo
-La gente que habla ex cátedra.
-La gente que no escucha.
-La gente que sólo cree en lo racional.
-Los jefes que utilizan el miedo para controlar (ahora se llama, en plan moderno, acoso laboral o bullying).
-Los políticos (salvo excepciones).
-Los pelotas y chupatintas.
-Los machistas (y, especialmente, si son jóvenes).
A medida que escribo, la lista se va haciendo cada vez más larga (más bien interminable). Así que concluyo: los años también me han enseñado a convivir, razonablemente bien, con mis miedos más irracionales (llevo los otros bastante peor). Ya son, digamos, como “de casa”.
¿Cuáles son los vuestros?
P.D.: Si hay alguna psicóloga entre vosotras, rogaría una explicación sobre lo de las vacas. Gracias.