Archivo de Enero, 2009

Enero 26, 2009

Expectativas, dudas, decepciones y aspirina

bloc_obama.jpgQueridas caris:

Entre mis capacidades innatas, está la de divagar. Busco en el diccionario, que me ofrece –entre otros- el siguiente significado: Separarse del asunto del que se trata. No, no es lo que quiero decir. Bueno, también divago como nadie (la prueba son estas líneas). Pero la primera acepción me remite a vagar: Andar por varias partes sin determinación a sitio o lugar, o sin especial detención en ninguno.

Mi mente vaga divinamente y, cuando se pone a ello, no puedo hacer nada por controlarla. Y así me sucedió durante la ceremonia de toma de posesión del 44º presidente de EE.UU, que me chupé enterita.

Ella (mi mente) comenzó primero a imaginar qué estarían sintiendo y pensando Obama y Michelle, con los ojos y orejas de casi todo el planeta Tierra escudriñando cada uno de sus gestos y palabras.

  • Hemos generado tantas expectativas… ¡Ojalá podamos cumplir algunas!
  • El camino no ha sido fácil, pero aquí estamos. ¡Y nos queda lo más duro por recorrer!
  • ¡Oh, my God! Hace un frío que pela. Espero no coger una pulmonía en mi primer día como inquilino de la Casa Blanca.
  • ¿Y cómo demonios voy a decorar nada menos que 16 habitaciones?

Caris, insisto en que esto eran divagaciones de mi mente, porque yo estaba tan tranquila e interesada observando la ceremonia. Pero ella (mi mente) no cesaba ni un momento. Acto seguido, comenzó a preguntarse (sin mi permiso) si habría situaciones similares en las que Hannah se hubiera podido sentir igual.

  • Por ejemplo, al invitarla a dar la charla inaugural en el salón de actos ante un centenar de masters del universo.
  • Después de aceptar un trabajo por un precio irrisorio.
  • Al darle un sofoco en plena presentación a un cliente.
  • Cada noche, cuando no sabe si poner carne o pescado para cenar.

Pensaba que, por fin, iba a dejarme en paz con sus estupideces cuando, de pronto, la cámara enfocó al ya ex presidente Bush. Y como es mucho más rápida que yo en esto de establecer comparaciones entre el de Texas y servidora, se dijo:

  • Cuando Hannah se cree divina de la muerte y se encuentra con alguien mucho más inteligente-organizada- guapa-reconocida profesionalmente-con más pasta- que ella. Y le sucede bastante a menudo, cada vez más diría yo.
  • Cuando se cree que ha cocinado la receta de su vida y observa las caras impávidas de su santo y sus hijos.
  • Cuando estrena ropa maravillosa y no se percata ni el Potito.
  • Cuando lee a los demás y se da cuenta de que no es Oriana Fallaci… y nunca lo será.

A veces no puedo con esta tía. Así que voy a ver si me tomo una aspirina y me acuesto.

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Enero 19, 2009

Síndrome del mercadillo

mercadillos.jpgQueridas caris:

Durante los últimos meses, hemos hablado en este rincón de los síntomas varios que nos afectan en este trance de la menopausia: irritabilidad, cambios de humor, redistribución de la grasa corporal, aumento de peso, insomnio, sequedad vaginal, muchas o pocas ganas de relaciones sexuales, regreso a la adolescencia…

Pero, fiel a mi instinto nato de investigación, unido a mis deseos de pasar a la posteridad, ayer mismo descubrí un nuevo síntoma. Lo he bautizado como el “síndrome del mercadillo”.

Cuando era joven, paseaba por estos puestos callejeros con la idea de ahorrarme unos duros (soy tan antigua que aún no existían los euros). Pensaba que, al llegar a la madurez, podría invertir más en la calidad de mi vestuario. ¡Caris, que equivocada estaba! No sólo es que no pueda gastarme doscientos leiros en una camisa de haute couture (¿cotorras altas?), por mucho que sea una inversión para mi fondo de armario. Es que, además, el precio me parece inmoral y no me da la gana pagarlo.

Sin embargo, el síndrome del mercadillo no obedece únicamente a cuestiones éticas o económicas. No, caris, va mucho más allá y creo que los científicos encontrarán, en un futuro no muy lejano, el gen del mercadillo, ausente por supuesto del genoma humano masculino.

Porque el mercadillo es territorio cien por cien femenino. El domingo, paseando por el de mi pueblo, observaba las caras de los transeúntes: niñas, adolescentes, jóvenes y menos jóvenes recorríamos los puestos con una especie de excitación contenida y mirada ávida del encuentro con ese chollo de blusa, bota, paño de cocina, bandeja, farol, bufanda o pijama que sería la envidia de las compañeras el resto de la semana.

Por supuesto, los escasísimos hombres que paseaban junto a ellas llevaban escrito en la frente un cártel que rezaba: “¡Vaya rollo de mañana de domingo que me ha endilgado la parienta!”.

Me encanta ese ambiente de barullo y eslóganes a grito “pelao”: ¡Ya están aquí las rebajas de enero! ¡Con estos precios no hay crisis! ¡Nena, llévate las bragas más bonitas del vecindario por cinco euros el par!

A estas alturas, os preguntaréis (con razón) que tiene que ver ese gusto tan femenino por los mercadillos con la menopausia. Os lo explico: ayer –por primera vez en mi vida- fue capaz de pasear durante una hora SIN COMPRAR ABSOLUTAMENTE NADA y sólo por el placer de cotillear entre los puestos. Vale que a esto también se le puede llamar “madurez”, “control de impulsos” o, ya puestas, “superación de la shopadiction”. ¿Pero no es todo parte de la misma historia?

Y como en mi casa (excepto servidora) sólo hay hombres, fue una excusa estupenda y barata de escaquearme durante un rato.

Besos a todas.

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Enero 12, 2009

La nieve

nieve.jpgQueridas caris:

Os escribo desde la cama con mi juguete nuevo. Malpensadas. Me refiero al portátil que me han traído los Reyes, tan pequeño que parece el de la Nancy. Los dedos se me hacen huéspedes y tengo que aumentar el zoom al 200 por cien para leer lo que escribo. Pero no me quejo, porque mi espalda y mis bolsos sobrecargados lo agradecerán.

Me asomo a la ventana del mundo que es el periódico y pienso que hay días en los que sólo apetece quedarse bajo el edredón: Gaza, las cifras de paro, la crisis… ¿Con que ánimo escribo algo simpático que arranque una sonrisa por estas líneas insustanciales?

Me asomo luego a la ventana de mi habitación y veo caer los primeros copos de una nevada que dura varias horas y colapsa Madrid. Soy afortunada (puedo trabajar en casa) y no tengo que soportar ninguno de esos 400 kilómetros de atascos. Tráfico recomienda no coger el coche. Y el único transporte público que tenemos cerca, el autobús interurbano, no llegará al menos en varias horas. No hay universidad ni colegio.

La nieve comienza a cuajar en el jardín y, de repente, algo extraño me invade como un ectoplasma: mi ánimo se eleva, se inquieta, tengo cosquillas en el estómago y una risilla nerviosa se apodera de mi ser. Ante la mirada atónita de mi santo -que regresa de rescatar a varios chic@s depositados por un conductor de ruta ante un cercano colegio cerrado y vacío-, grito descontrolada:

- ¡Todos a la nieveeeeeeeeee!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Dos horas después, cuando hace ya tiempo que los niños se han marchado, consigo embutirme -triunfal- en mi pantalón de esquiar de hace quince años (con la ayuda de unos pantys de compresión total, la respiración contenida y la horizontal en la cama).

Mi santo y yo lo intentamos varias veces hace años (me refiero a lo de esquiar). Pronto descubrimos que él se debió perder algunas clases de equilibrio durante la infancia y que me vértigo crónico convertía algo tan básico como el telesilla en un instrumento de tortura. También coincidimos en que, para nosotros, lo mejor de este deporte era el momento de quitarse las botas. ¿Y por qué todo el mundo seguía hablando de “bajadas y bañeras” seis horas después de terminar?

Por fin, consigo salir a la calle con mi perro, un santísimo San Bernardo (mi vida está llena de ellos; de santos, quiero decir). Me arrastra varios metros por la nieve imbuido por una excitación similar a la mía, aunque intuyo que la suya no es ectoplásmica sino genética.

Ayudo a los chavales con el muñeco de nieve, me tiro por la cuesta en el trineo, entro a saco en la guerra de bolas, salto por la nieve virgen como una colegiala. Me consta que, mañana, me van a doler hasta las pestañas. Pero no me importa: una vez más, he vuelto a comprobar que tras estas ojeras, patas de gallo, kilos de más y cicatrices del alma y del quirófano, sigue agazapada aquella niña traviesa. Y que, por más que el espejo siga negando su existencia, sólo necesita una oportunidad para salir de vez en cuando.

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Enero 7, 2009

Nuevo Año

cansancio.jpg Queridas caris:

En mi horóscopo para los primeros días del año (ya sabéis: ninguna creemos, pero lo leemos porque nos divierte), se afirma lo siguiente: “Comienza el año con la sensación de sentirse cansado, de que la energía vital está en reserva. Se deja llevar por la inercia, sin que nada le incentive”. Clavadito, caris. Es más, añado que me encuentro fané y descangallá, descoyuntada, desmadejada, rota y disipada.

Tras el palizón de Nochebuena y Navidad, me marché a orearme tres días a Galicia con la esperanza de que la magia de estas fechas obrara un milagro tipo Nochevieja con cotillón (y mi santo) en un hotel de las Bahamas, habitación a pie de playa.

Pero nada. A la carrera la tarde del 30 y del 31 con el fin de tenerlo todo preparado para 18 personas, amigos y familiares (que también son personas). Durante el viaje de vuelta en coche, organicé la intendencia vía móvil (¿alguien se acuerda de cómo éramos capaces de vivir sin él?): unos, las uvas y el dulce; otros, los aperitivos; aquellos, la elegante vajilla, cristalería y mantelería de papel (sólo faltaría); mi santo, corriendo a comprar varios juegos de borriquetas y tableros supletorios para tamaña mesa.

Dice mi madre que está convencida de que mi santo y yo seríamos capaces de regentar un hotel de doscientas habitaciones con la gorra. Y que cada año le asombra nuestra maquinaria de relojería para que, al marcharse el personal a las cinco de la mañana, todo esté recogido. Añade mi padre que, claro, veintidós años de experiencia son la clave.

Después de las uvas, van llegando a casa los amigos-padres-chóferes que ha ido colocando a los hijos adolescentes en sus fiestas respectivas. Este año, incluso, mi casa sirvió como punto de partida para la pandilla de mi hijo mayor. Brindamos, bailamos, nos reímos. Sobre las cuatro de la madrugada, quedábamos ya los ocho o diez de siempre. Y no hablamos de política.

El “cómo arreglar el mundo” fue sustituido por las pastillas que tomábamos cada uno, la tensión, el colesterol y el ácido úrico (entre copa y turrón de chocolate). Los chicos contaron sus primeras experiencias en el urólogo. Nosotras, las últimas en el ginecólogo aprendiendo a convivir con la menopausia. Eso sí, todo con risas y la esperanza de reencontrarnos en estas fechas por muchos años más, aunque fuera con la cachava o en la silla de ruedas (mi amiga Elena, que es muy lista, se la pidió motorizada).

Al día siguiente, vuelta a empezar a la hora de comer (los restos de la noche anterior, como en todas las casas). Por la tarde, tarta de cumpleaños y regalos para mi hijo pequeño, que se empeñó en venir al mundo el primer día del año, hace ya catorce. Ni os cuento los caretos que tenemos siempre en sus fotos de cumple.

Aún no hemos terminado: queda el día de Reyes. Ya es tradición irnos a cenar con los amigos esa noche, que pasaremos en vela envolviendo regalos. Para colmo, mi santo está colaborando este año en la organización de la Cabalgata la víspera para los más pequeños de nuestra comunidad. ¿Adivináis quien será el rey Baltasar?

No nos duelen prendas porque así, con este trajín, queremos y nos sentimos queridos. Pero, caris, nos duele el cuerpo. Insisto: me encuentro fané y descangallá, descoyuntada, desmadejada, rota y disipada. Y necesito unas vacaciones para recuperarme de las vacaciones (ya sé que lo vengo repitiendo desde hace años, pero ESTA VEZ ES MÁS CIERTO QUE NUNCA).

¡Feliz Año a todas!

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Hannah es Amparo Mendo, una periodista de raza, con un currículum que así lo avala: fue redactora jefe de la revista GEO, corresponsal en Washington para la agencia EFE, profesora de Comunicación en la Escuela de negocios ESERP, directora de contenidos de canales digitales, jefe de prensa de una productora audiovisual y actual blogger de excepción para AR. Todo un lujo... ¡a vuestro servicio!
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