Archivo de Diciembre, 2008
Diciembre 22, 2008
2 rollos de manteles de Navidad
4 paquetes de servilletas a juego
Vasos y platos de papel suficientes para 21
(No sé si es un sofoco o el agobio por la cena de Nochebuena, pero me sirvo -y me bebo- un vasito de vino)
1 botella de Möet Chandon (para mi cuñada y para mí, que nos ponemos así de fisnas esa noche)
(¡Qué rico¡ ¡Qué sed! Me sirvo otro vasito)
4 darros de boletus para hacer grema de boletus
1 pafita gorda (que gocinará mi santo, pordque lo que es yo…)
Drelleno para la pafita (¿Y qué lleva el drelleno? Ni idea, se lo dendré gue preguntar. ¡Otro shupito!)
Durrones, polforones y odros postres de Nafidad, Nafidad, dulce Nafidad!!!
Fino tindto, fino blanco… ¿fino?
Bandejas de cardtón para lo gue draigan los demás, porque dyo no piensdo cocinar ná de ná. ¡Fastante tengo con poner la gasa! (¿Hay alguien hedido?)
1 par de grilletes para dsujetar al plashta de mi cuñao, que se empeñará en debstrozar el gamón sedano gomo todos los años.
1 ezparadrapo bara la boca de bi madre, gue guerrá gomérselo todo y luego se bondrá malísima
Tila bara bis higos, gue embezarán a breguntar guando cenamos a las seis y media de la darde.
Busho café bara mi santo, gue gomenzará a beber shupitos después de gomer.
1 gartel bara bi padre gue bonga: “¡Brohibido hablar de bolítica esssta noshe!”
Odro bara bi suegra: “¡Dodo essstá berfecto!”
Odro bara bi guñada: “Fale, has fuesto uda mesa breciosa, fero yo llevo todo el día gurrando… ¡y lo gue me gueda!”
Odro bara todos los demás, gue ahora bisbo no be aguerdo de guiénes son: “Aguí gurramos todos”
1 afanico para bis sofocos y agobios de Noshefuena
¡Belis Nafidad, caris gueridas!
Diciembre 15, 2008
Queridas caris:
He descubierto este fin de semana la dura vida de los transportistas y feriantes a los que, desde ahora, admiro sin ambages (esta es otra de esas palabras que me gustan por su sonoridad y que intento colar, sea pertinente o no).
Hacía un mes que mi santo y yo teníamos la mudanza prevista a nuestra casita en tierras gallegas. Y entonces, ningún parte meteorológico presagiaba lo que ha sucedido. Así que, con una inmensa fragoneta cargada de muebles, mi santo, mi hijo mayor y servidora nos fuimos el viernes hacia las Galicias. Mi entusiasmo por el hecho de restaurar y montar una casa iba cediendo, poco a poco, a la realidad de unos asientos duros como la piedra y en ángulo inamovible de 90º. Mientras, mi vástago se acomodaba contra la ventana derecha de la cabina y, hecho un burruño (palabra no admitida por la RAE que, empero, llevo usando toda la vida) se dormía. Creo que su sueño venía arrullado por monumental resaca de fiesta de universitarios, que habían celebrado la noche anterior su bautismo como estudiantes en la facultad (y ya se entiende que tipo de agua bendita usaron para el sacramento).
Yo, sin embargo, no pegué ojo. Y cada vez que hacíamos una parada, al bajarme tenía la sensación de que mi cuerpo no abandonaba la forma del asiento y aún tenía la forma de una alcayata.
Vaciado el camión (acabo de ascender al vehículo de categoría para añadir intensidad dramática), recuperé mi optimismo con la inestimable ayuda de un pulpo a feira y unos callos con garbanzos que sabían a gloria bendita.
Y el domingo… la madre de todos los granizos, las nevadas, las lluvias, los vientos y el frío por la carretera, de vuelta a los Madriles. En la cabina, reflexioné sobre este otro síntoma de la menopausia: una especie de disociación entre mi mente, que se empeña en planificar mi vida con todos los viajes posibles, mudanzas, salidas con amigos, trabajos varios, tareas domésticas… y mi cuerpo, que le dice a la otra tararí que te vi y protesta cada dos por tres.
Para confirmar esta mi teoría de la disociación, Nora me envía uno de esos chascarrillos por Internet, Madre con recursos, cuyo último párrafo reza así:
“Bañas a los niños, haces los deberes del mayor, le das la medicina al pequeño, les preparas la cena, se la das y les acuestas y te tiras en el sofá. Y para rematar el día, al cabo de un rato, llega tu marido a casa con cara de agotamiento y te dice que no ha parado en todo el día de reunión en reunión en la oficina (ha tenido tres) y que ha tenido que comer con los compañeros en un restaurante de aúpa y te pregunta ‘que qué hay de cena’ y que si no te importa preparar a ti la mesa porque él está muy cansado. Y ni siquiera te pregunta por el niño, tu trabajo, la suegra, la chica, el jefe, la enfermera, el médico, la farmacéutica y la súper-organizada, y remata diciendo que ‘vaya pinta de gremlin churruscada que tienes con el maquillaje descolocado’; que ‘a ver si te cuidas un poco, con la cantidad de tiempo libre que tienes’. Y al encender la tele aparece otra súper-organizada que te dice: ‘Auxonia, me gusta ser mujer’.”
Diciembre 9, 2008
Querida caris:
Me hallo (aunque más bien lo contrario) recién llegada de Melilla. He pasado el Puente de la Constitución en esta ciudad de culturas, hospitalaria y preciosa. Siempre me sorprende su trazado urbano, repleta de bellos edificios modernistas debidos a Enrique Nieto, discípulo de Gaudí. Iría más a menudo si no fuera porque –salvo ofertas cazadas con muchísima antelación- a los no residentes nos sale más barato viajar a Londres que a la ciudad autónoma.
Tras esta sesuda reflexión, me he descargado en el ordenador las fotos del viaje. Y me he quedado de una pieza: aunque me encuentro estupenda, las imágenes revelan tremendas caderas, brazos y barriguilla (el diminutivo siempre es más simpático y benévolo). No le pregunto a mi santo porque ya conozco las opciones: si miente, me enfadaré (ahí están las pruebas gráficas); si no, también (por no advertirme del desastre que se avecinaba).
Así que me ha entrado un ataque de pánico al ver que las comilonas de Navidades estaban a la vuelta de la esquina. Barajo mis posibilidades: la dieta de la alcachofa (que odio); la de la sopa de tomate (que acabo aborreciendo); la del bocadillo (me han dicho que tiene efecto rebote), la de las barritas proteínicas (todo me sabe a corcho)… Además, sólo con mencionar la palabra “dieta” me entra un hambre espantosa.
¿Qué tal el baile? Es una actividad que me apasiona, así que –siguiendo las indicaciones de un folleto publicitario- me llego hasta una escuela cercana. Pues no, no tengo pareja de baile, les comento. La última vez que bailé con mi santo fue el día de la boda y porque no tuvo más remedio.
Sin desanimarme lo más mínimo, encamino mis pasos hacia el gimnasio más cercano. Sólo me interesa la piscina cubierta, pero la señorita se empeña en mostrarme las salas de spinning, la de cardio y la de pesas. E intenta convencerme de las bondades del aerobic. No tengo fuerzas para explicarle que, las pocas veces que lo he intentado, me siento como la canción de Chenoa: “Cuando tu vas / yo vengo de allí / cuando yo voy / tu todavía estás aquí” (yo soy el tu).
-Verá usted, es que sólo quiero nadar, le explico a mi escultural guía. Imposible, tengo que pagar una cuota mensual por todo (lo que no voy a
usar).
Mi determinación no decae y regreso a casa, me enfundo el chándal y el mp3 y me digo: “Hannah, hija, caminar a buen ritmo es un ejercicio excelente y muchísimo más barato que todo lo que has visto esta mañana”.
A los diez minutos de salir me cae una chupa de agua que aún estoychorreando sobre el teclado.
Decididamente, algo o alguien no quiere que yo pierda esos kilillos de más antes de las fiestas navideñas. Pero no se saldrán con la suya: me voy ahora mismo a recorrerme dos o tres centros comerciales para ver si me inspiro con los regalos. ¿Quién ha dicho que el “escaparatismo” no quema calorías?
Diciembre 3, 2008
Queridas caris:
Desde mi retiro agustino (por el nombre del lugar donde vivo y escribo, no porque haya tomado los hábitos), leo mucho. Sobre todo revistas, que son mi gran fuente de información sobre tendencias, dada mi escasez de vida social. Y mayormente, de esas que los publicitarios engloban dentro del “sector femenino”: ya se sabe que nuestros escasos cerebros sólo dan para recetas de cocina, belleza y moda, relaciones de pareja o el cuidado de los niños, incapaces de alcanzar las altas cotas intelectuales de la actualidad política, la divulgación científica, la historia, la literatura o las artes deportivas y del motor, póster de maciza mediante.
Dejando al margen las del cuore u otras vísceras, es cierto que “nuestras” revistas llevan lustros haciendo un esfuerzo por ofrecernos algo más que punto de cruz y remedios caseros para limpiar la plata; que se han enriquecido con secciones de cultura, ocio y espectáculos, viajes y temas de actualidad; que incluso –como AR, la cabecera para que la que escribo- demuestran una sensibilidad novedosa basada en la filosofía del “hay vida más allá de los 40”.
Pero –queridas mías- la meditación y la observación, artes estas que practico últimamente con devoción (ya os avisaré cuando consiga levitar), me han hecho percatarme de un detalle importante: como el resto de los medios (y del primer mundo en el que vivimos), también padecen un trastorno bipolar. No es mi intención burlarme de este serio problema psicológico. El diccionario tiene adjetivos preciosos y precisos como “incongruente” o “incoherente”, pero –tras otro ratito de meditación- he decidido que no reflejaban con suficiente claridad la condición de “enfermedad”.
Porque creo yo que, por poner un ejemplo, los diarios de información general están un poquito trastornados cuando, tras alzar sus voces contra la prostitución y sus redes, insertan en sus mismas páginas cienes de anuncios con reclamos de prostitutas (y me apuesto un sofoco a que no controlan si los que pagan dichos anuncios se dedican al tráfico de mujeres o las hacen un seguro sanitario).
En nuestras revistas para mujeres adultas y modernas, tampoco entiendo muy bien por qué las modelos no aparentan más de quince años. O por qué junto a un artículo sobre lo importante que es -pasada la frontera de los cincuenta- la paz interior, la sabiduría y el equilibrio, hay otro sobre las ventajas del bótox y las últimas armas contra la celulitis. O cuando en una página me convencen de que debo aprender a vivir con mis arrugas, a la siguiente tengo que combatirlas con todo un arsenal de cremas requetecarísimas. Y si me explican la crisis económica y algunas recetas para sobrevivir a ella, después me sueltan una tanda de artículos de lujo, “a cuyas marcas no afecta la crisis”. Y si la edad no importa, ¿por qué las sugerencias para recibir el nuevo año a los 20, los 30 y los 40 no van más allá? ¿Será que después de los 50 ya no tenemos derecho a fiesta de Nochevieja y tenemos que celebrarla en casa con el pijama puesto????!!!
En el colmo del paroxismo, el siguiente anuncio: La belleza está en el interior. Crema anti-edad. Ítem más, encuentro un reportaje tremendo sobre sida infantil junto a abrigos que no bajan de mil euros el ejemplar.
Leo también que bastan 134 millones de dólares para salvar de la muerte por virus a seis millones de niños de países en vías de desarrollo (eufemismo para no llamarlos pobres). Mientras aquí, en los países desarrollados (o sea, muy ricos), esa cifra multiplicada por muchos ceros sirva para “salvar” de la crisis a los que nos han hundido en ella (vale, pero la utopía es lo que hace progresar a la Humanidad).
Definitivamente, el mundo está enfermo. En mi retiro agustino, vuelvo a la posición del loto para meditar sobre ello… y sobre lo que voy a pedirles a los Reyes Magos. Lo he visto en las revistas, sección sugerencias de “regalos para ella”: ¡la depiladora láser de uso doméstico!
Ommm…