Archivo de Octubre, 2008

Octubre 27, 2008

La prueba

prueba_hannah.jpgQueridas caris:

Da gusto tener lectoras como vosotras. En esta ocasión, me estoy refiriendo especialmente a Valle, a quien debemos su impagable explicación sobre los palos del sombrajo y el carrito del helado. Me he reído tanto que no me hubiera importado seguir con las ofertas de la inmobiliaria de Vigo. ¡Con esos horarios interminables, querida Valle, no me extraña que los dedos se queden atascados en el “copiar y pegar”!

Porque a mí, últimamente, no me llega ni con las ocho horas de sueño. Tras meses de insomnio agudo, llevo dos semanitas que –además- necesito una cabezada a media mañana y otra a media tarde. Para disimular en la oficina, hago como que estudio el periódico de cabo a rabo (hacia las doce y media) o me escondo tras unos informes abultadísimos que se sujetan de pie (a eso de las cinco). Caris, no es que me duerma, ¡es que me desmayo! ¿Será una astenia otoñal, con mi cuerpo preparándose para el largo invierno?

Pero, al mismo tiempo, comencé a percatarme de otros síntomas que acompañaban a éste de dormirme en el palo de una escoba. Por ejemplo, una distensión abdominal más allá de la típica molestia aerofágica. Tanto, que el cinturón se me quedó pequeño en un plis plas, de un día para otro.

A estos hechos verídicos se sumaron algunos más: dolor de riñones, ganas de ir al baño cada diez minutos (con contenido; nada de cistitis), una ligera tensión mamaria, el camino de la risa al llanto o a la ira en un plis plas más rápido que el del cinturón…

Estaba dándole vueltas a todo esto mientras compraba aspirinas en la farmacia cuando tuve mi inspiración de año bisiesto.

-Ah, y déme también un test de embarazo, dije como quien no quiere la cosa.

La farmacéutica no dijo nada, pero me miró con cara de “Será para la novia de tu hijo porque tú ya estás un poco talludita, ¿no?”.

Por supuesto, yo tampoco abrí la boca, pero mis ojos dijeron algo así como “De mayorcita nada, guapa, ¿o es que no has visto en los periódicos que se puede ser madre con más edad que la mía? Y además, para que te enteres –bonita-, tengo dos buenas amigas que han parido por primera vez a los 48.

-Son 56,85 euros, me despachó con ganas de finalizar aquella conversación tensa.

Llegué a casa entre cabizbunda y meditabaja: ¿sería posible? Otra vez los nueve meses de espera, el momento mágico del nacimiento, el aroma y los gorjeos, ¡un bebé en casa! Y el cansancio de las noches sin dormir, el cuerpo hecho un trapo (y con escasas posibilidades de recuperación dada mi edad), pañales y papillas, el bolsón de los porsiacasos, mi vejez en su juventud…

Se lo comenté a mi santo que, como es muy santo, no dijo nada, aunque creí adivinar una sombra de inquietud en su mirada que decía mejor no adelantemos acontecimientos al tiempo que un escalofrío recorría su espalda (creo).

Por fin, a la mañana siguiente, me hice la prueba. Y no os tengo más sobre ascuas: resultado negativo.

Aún le estoy dando vueltas al asunto porque no puedo decidir si siento nostalgia o alegría por haber perdido este último tren (desde la estación ni idea con destino a no sé dónde). Quizá es una mezcla de ambas.

Llamo a mi personal gyn, quien me explica que lo que me sucede también es una cuestión de hormonas que suben y bajan, pero de forma algo distinta a cómo lo hicieron por última vez hace catorce años.

Definitivamente, el tren siempre ha sido mi medio de transporte favorito.

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Octubre 21, 2008

Montaña rusa

paul_newman.jpgQueridas caris:

He estado unos días un poco mustia porque se nos ha ido Paul Newman, uno de los mitos no sólo de mi generación, sino también de las anteriores (y quiero pensar que de algunas posteriores).

Dándole vueltas a esto de los mitos de Hollywood, me he quedado de una pieza y aún más mustia (si cabe) al descubrir la edad de Brad Pitt (45) y Keanu Reeves (44). Para mí, eran aún “jóvenes promesas”, yogurines del celuloide de los que siempre había pensado que –al madurar- se convertirían en caballeros estupendos. ¡Qué queréis que os diga! Se me han caído los palos del sombrajo (agradecería pistas sobre el origen de esta expresión tan gráfica que me encanta) al descubrir que ya son cuarentañeros. De Kevin Costner (53), mejor ni hablamos.

¿Y ellas? Ya he mencionado en este blog a Demi Moore, Sharon Stone, Kim Basinger y otras. Y no voy a hacerlo otra vez porque hacen trampas con su físico (y yo no he decidido aún si –con su pasta- haría las mismas o más). Prefiero quedarme con Meryl Streep. No sé, la veo como más de este mundo.

Al borde estaba de la depresión profunda cuando, de repente, caí en la cuenta de que mi santo y yo teníamos entradas para el concierto del 30º aniversario de Los Secretos, en la madrileña plaza de Las Ventas. Siempre he creído que la música es un bálsamo que consigue, si no curar, al menos suavizar los estados de ánimo menos convenientes.

Con la plaza abarrotada hasta la bandera, las 15.000 personas que allí estábamos cantamos (es un decir: algunas berreamos) y bailamos todo el repertorio de la banda sonora de nuestras vidas: La chica de ayer, Déjame, Ojos de gata, Cambio de planes, Agárrate a mi María… Y como en el grupo Enrique Urquijo, en nuestras vidas también faltan ya personas muy importantes a las que seguimos amando en su ausencia.

Pero mire a mi alrededor y observé al personal con cariño: canas, calvicies, tripillas, flotadores y celulitis nos movíamos con alegría y coreábamos cada canción con el mismo entusiasmo de hace treinta años. Ya tendríamos tiempo de tararear, al día siguiente, Hoy no me puedo levantar.

Últimamente, parece que vivo en una montaña rusa. ¿Serán las hormonas?

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Octubre 13, 2008

Sofocón financiero

hipteca_hahan.jpgQueridas caris:

Nunca he sido un lince para las finanzas. Ahí está mi cuenta corriente para demostrarlo. Puedo afirmar, incluso, que no tengo ni idea de Economía, ni de la “micro”, ni de la “macro”. Tengo mis esperanzas puestas en un hijo que se estrena este año en la universidad estudiando Administración y Dirección de Empresas. Aunque no sé… hay tanta gente matriculada en lo mismo que dudo de si, en el futuro, el mercado tendrá empresas suficientes para ofrecer trabajo a tanto jefe y tan poco indio tal y como está el patio.

Un buen amigo y colega me dijo una vez que, si era capaz de ajustarme a los presupuestos de mi economía doméstica, podría entender los problemas de la economía nacional. Le respondí que hacía muchos años que había renunciado a elaborar presupuesto alguno: la partida de “imprevistos” superaba siempre y con creces la de “previstos”, dando al traste con la más pesimista de las previsiones.

Cuento todo esto porque, como mujer de letras en la edad menopáusica -y, por tanto, con la neurona negativamente afectada por la cuestión hormonal- me declaro incapaz de entender la crisis financiera que nos azota. Ahí van algunas preguntas a las que no encuentro respuesta por más que busco en los medios de comunicación:

-En el plano internacional, ¿por qué los directivos de grandes empresas cuya gestión ha resultado desastrosa (miles de trabajadores al paro y el dinero de pequeños ahorradores al traste) se marchan cobrando indemnizaciones megamillonarias?

-Dentro de nuestras fronteras, ¿por qué hay que inyectar liquidez a bancos cuyo beneficio declarado a mediados de este año iba de los 2.342 millones de euros de las cajas de ahorros, pasando por los 3.108 millones del BBVA o los 4.708 millones del Santander?

Reconozco que me ha costado reconocer la diferencia entre solvencia y liquidez. Entiendo que servidora es solvente porque tiene una casa (cuya hipoteca pago religiosamente) con la que responder a una hipotética falta de liquidez: o sea, que si dejo de pagar la hipoteca, el banco se queda con mi casa.

Por otra parte, si los bancos no han calculado bien los riesgos a la hora de conceder hipotecas y otro tipo de créditos, ¿quién padece ahora las consecuencias? ¿Por qué el Estado –que también soy yo y mis impuestos- tiene que hacer frente a esa falta de previsión?

Y si la tasa de morosidad –los que no pagan los créditos- suponen el 2,15% de los que sí los pagamos, entiendo que los bancos tienen aún el dinero de 97.85 personas de cada 100 para cubrirse las espaldas, ¿o no?

Lo de los avales cruzados a emigrantes (conceder créditos hipotecarios avalando con la casa que compra otro emigrante, sin conocerse entre ellos) está produciendo situaciones dramáticas: familias con sueldos de 1.200 € al mes que, de repente, se enfrentan a pagos de 2.600 € porque uno de los avalistas ha dejado de pagar su mensualidad.

No quiero ni mencionar el morro (no se me ocurre palabra más suave) de las inmobiliarias y promotores: ahora pretenden que –también con la recaudación de mis impuestos- les compremos los pisos que no han podido vender a precio de oro, como han estado haciendo durante años; por cierto, comprando suelo y edificando con el dinero que les han prestado los bancos hasta que los curritos hemos empezado a pagar la hipoteca.

Desde aquí, pido humildemente ayuda para que algún alma caritativa le explique a esta zopenca financiera por qué demonios nos salpica la crisis y qué hemos hecho los currantes que ni siquiera especulamos en Bolsa (otro misterio inexpugnable) para merecerlo.

Si me declaro en crisis de liquidez –lo que me sucede mes sí, mes también- aceptaré emisión de deuda pública para ir tirando y contribuir a la economía nacional gastando un poquito más todos los meses (inyecciones de colágeno y/o botox, un retoque aquí y otro allá…).

P.D.: Querida jefa: soy consciente de que este tema no tiene nada que ver con la menopausia, pero entiéndelo como una especie de sofoco: o le doy aire, o reviento.

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Octubre 6, 2008

Pues no me acuerdo del título

obelix.jpgQueridas caris:

Tenía yo dos o tres interesantísimos temas que traeros esta semana, pero nada: no soy capaz de encontrarlos. He buscado en los miles de post-it que rodean la pantalla del cacharro este sobre el que escribo, en la agenda, en los bolsillos de los pantalones… No aparecen. Es más que probable que haya tirado el papel a la basura confundiéndolo con la lista de la compra.

Tengo amigas a las que el insomnio les provoca un malhumor insoportable. No es mi caso: yo ya venía con él de serie. Mi teoría es que, en ocasiones, tanto la irritabilidad como la pérdida de memoria -que los expertos consideran como síntomas de la menopausia- son consecuencia directa de otro síntoma: la dificultad para dormir.

No sé a vosotras, pero lo que me suele suceder tras una noche en blanco es una notable merma de capacidades varias. Y no será porque no hago ejercicios.

Por ejemplo, durante mis zapeos nocturnos por las teletiendas, miro la pantalla hipnotizada por un chisme que una modelo (a la que no le hace ninguna falta) se coloca ora en la cintura, ora en los glúteos, y me digo “Hannah, memoriza ese número o esa web que mañana mismito te lo compras”. Y sí, me acuerdo durante un rato… hasta que llega ese “mañana” en el que se borra de un plumazo me esfuerzo de retentiva. Lo mismo me sucede con los plumeros vibradores, las fregonas que compiten con el acelerador de partículas de Ginebra y las fajas reductoras que te adelgazan dos tallas en cuanto te las pones. Lo único positivo de todo esto es que me estoy ahorrando una pasta.

Las horas que siguen a una noche de insomnio soy un completo desastre. Leo en la agenda A las 11, club de gourmets. Y no me acuerdo de si me he apuntado a uno, si tengo que recoger un catálogo en vaya usted a saber qué sitio o si mi santo me ha puesto un “mandao” sobre algo relacionado con el tema. Como ya me voy conociendo un poquito, suelo poner los “pendientes” por triplicado para que no se me escapen: además del papel, también me recuerdan el misterio del gourmet sendos pitidos del ordenador y del móvil.

El problema al que ahora me enfrento es que voy a tener que dedicar varias horas al día a detallarme los pormenores de mis asuntos y renunciar a las claves telegráficas que tan útiles me han sido hasta ahora.

La pérdida de memoria no se limita sólo a los quehaceres. También se me pierden palabras. Términos multiuso como “cacharro”, “chisme”, “fulano” o “mengano” vienen a sustituir mi habitualmente tupido léxico durante los días en que he dormido mal. Me recuerdo cada vez más a mi tía Marita, que solía pronunciar frases tipo:

-Le di la cosa esa al fulano que por fin vino a arreglar el chisme ayer o antes de ayer, no me acuerdo muy bien.

Pero eso no es lo peor. Lo más escalofriante es que mi cerebro decide por su cuenta y riesgo sustituir unas palabras por otras, que mi boca pronuncia con total naturalidad. A saber, hace poco me encontré con una amiga y su hijo, al que hacía tiempo que no veía, y le espeté que parecía haberse caído en la termita de Obélix.

No obstante, siempre habrá por ahí almas caritativas que nos ayudarán en estos duros trances. El otro día, cuando el camarero de un restaurante me preguntó qué quería de postre, respondí con aplomo:

-Un corchete (juro que no había bebido).

-Ahora mismo se nos han agotado, pero le puedo ofrecer unos deliciosos cornetes de vainilla y chocolate, me dijo con mucha profesionalidad y sin inmutarse.

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Hannah es Amparo Mendo, una periodista de raza, con un currículum que así lo avala: fue redactora jefe de la revista GEO, corresponsal en Washington para la agencia EFE, profesora de Comunicación en la Escuela de negocios ESERP, directora de contenidos de canales digitales, jefe de prensa de una productora audiovisual y actual blogger de excepción para AR. Todo un lujo... ¡a vuestro servicio!
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