Archivo de Septiembre, 2008
Septiembre 30, 2008
Queridas caris:
Con este cuerpo serrano dolorido hasta las pestañas, os cuento mi sucedido de la semana pasada. Tenía yo una cita de trabajo importante, para lo cual me dispuse a arreglarme con primor. Es decir, hora y media de reloj para actividades varias.
Destaco la restauración de fachada, caminar pasillo arriba y abajo con los stilettos para hacerme con ellos y no partirme la crisma; y la más dolorosa –física y psicológicamente-: intentar ponerme los pantalones tumbada en la cama y conteniendo la respiración. Dejo aparte la actividad intelectual de memorizar todo lo que iba a decir en la reunión, porque para eso necesité la jornada completa del día anterior (y un repaso previo en la sala de espera).
Gracias a estos quehaceres de aquella mañana, llegué a tres conclusiones importantes:
1.- Definitivamente, necesito con urgencia un espejo de aumento y varios focos más en mi cuarto de baño.
2.- Mis pies son, además de feos, unos seres con vida propia que –desde que hice el Camino de Santiago este verano pasado- se niegan a calzarse nada que no sean unas chanclas, sin importarles un comino la temperatura exterior.
3.- Voy a tener que pensar seriamente en comprarme una faja reductora, de esas que anuncian en la teletienda, hasta que adelgace o –en su defecto- comience a comprarme ropa algo más holgada poco a poco (opción ésta mucho más plausible que la anterior).
Por fin, conseguí salir de casa, conducir y aparcar, hechos aparentemente irrelevantes e insustanciales hasta que se tienen en cuenta tanto mis pies como la respiración entrecortada por la presión de los pantalones.
Cuando me hallaba en medio un paso de cebra, escuché un silbido y un “¡guapaaaaaaaaaaa!”. Y, naturalmente, miré alrededor para ver qué chica estupenda estaba cruzando la calle conmigo. ¡Cielos, no había nadie, estaba sola en aquel océano tranquilo de rayas blancas! (Hannah, por favor, sujeta tu vena poética)
Aquello no podía estar pasándome a mí. Busqué al autor de aquella música celestial y mis ojos se encontraron con el conductor de una furgoneta de reparto que me sonrió (aquí, música de violines).
Le correspondí con una expresión a medio camino entre la estulticia y el agradecimiento… y un tropezón que me hizo caer cuán larga soy (1,67 cm.) en mitad del dichoso paso de cebra.
Aquel sueño se transformó en una pesadilla de bocinas pitando y carcajadas varias. Pero me importó un higo: llenita de arañazos, moratones y un roto en el pantalón, pasé el resto del día –cita de trabajo incluida- en una especie de nube tóxica para mi ego.
No es que de jovencita escuchara muchos piropos: muy de vez en cuando, y únicamente cuando caminaba cerca de una obra (algo es algo). Pero hacía tanto, tantísimo tiempo, que aún tengo el subidón en el cuerpo. No recuerdo su cara, pero desde aquí le doy humildemente las gracias: gracias.
Septiembre 22, 2008
Queridas caris:
Os escribo este post con la maleta aún sin deshacer. Acabo de regresar de viaje, pero no acabo de volver de mi asombro. Os cuento.
La semana pasada me llamó por teléfono mi amiga Cristina para invitarme a un fin de semana “especial”.
-¿Se me ha vuelto a olvidar tu cumpleaños?, inquirí mientras meditaba que no podía achacar el olvido a la menopausia porque es algo que me sucede desde que la conozco, hace ya veinticinco años.
-Que no, tonta. Pero no te puedo decir nada más. Sólo que metas en la maleta la ropa más sexy que tengas. Vamos a estar todas. Y colgó.
¿Ropa sexy?, me pregunté. Lo más sensual que tengo es un sujetador (raidito) de encaje con aros, que además no me pongo desde hace años porque es lo más incómodo de mi guardarropa.
Así que el viernes, después de comentarle a mi santo que me iba de fin de semana (una amiga se había vuelto loca y me necesitaba con urgencia) y ocultarle lo de la ropa, me subí en el coche y conduje durante 400 kilómetros hasta la casa de Cristina. Paré antes en el híper para hacerme con lo más parecido que pude encontrar a “ropa sexy” para cincuentañeras.
La intriga corría todo mi ser, pero mi amiga es dura de pelar y, al llegar, sólo me dijo:
-Lo siento, pero tendrás que esperar hasta mañana por la noche.
La muy perversa me tuvo devanándome los sesos durante 24 horas: ¿habría convocado a unos boys en casa, aprovechando que su marido estaba en viaje de trabajo (había echado a sus hijos a casa de amigos)?, ¿nos anunciaría de sopetón su divorcio porque había conocido un guayabo veinte años más joven?, ¿dejaría de trabajar en el banco para montar un negocio de turismo rural? ¿habría abrazado el budismo o la cienciología? ¿querría nuestra aprobación para pasar por el quirófano y recauchutarse de pies a cabeza?
Por no aburriros con los detalles, por fin llegó la noche siguiente. Debo confesaros que fue una noche liberadora, a pesar del corsé –una talla por debajo de la mía- que me oprimía la respiración. Hablamos, hablamos… y bailamos (sin parar de hablar) alrededor de una hoguera.
Llegado el momento, mi amiga Cristina nos fue entregando una compresa a cada una (nuevecita y limpia, caris, no os vayáis a creer). Y muy serias, una a una las fuimos tirando al fuego para ver como se consumían.
Cristina, que es un genio, había incluso preparado una frase para cada una, apuntada en un papel que también debíamos arrojar al fuego una vez leída. La mía era:
-Mediante este ritual purificador, me despido de ti, señora de rojo.
Unos años mayor que yo, mi amiga había avanzado un escalón desde la fase premenopáusica. Y decidió que escenificar este paso con un ritual entre amigas era la mejor forma de asumir esta nueva etapa de su vida, que pensaba disfrutar al máximo en todos los sentidos (de ahí la ropa sexy).
Con su permiso, aquí os dejo esta experiencia vital y genial por si queréis adoptarla.
Hannah Malauva
Septiembre 15, 2008
Queridas caris:
¿Qué tal esa vuelta? Yo me he dado de bruces con septiembre y, francamente, tengo ya unos cuantos moratones que –creo- se deben a mi mala circulación… neuronal.
Para sobrellevar esta depre pre-otoñal (me refiero a la estación, no a la edad, que también), me pareció una magnífica idea aceptar la invitación de unos conocidos a los que no veía desde hace tiempo. Se trataba de despedir formalmente el verano en una terraza de ídem con una cena-barbacoa.
Pero el verano es un tipo bastante ingrato, porque decidió marcharse más o menos hacia el segundo plato: tuvimos que pedir unas mantas a los dueños del restaurante para poder terminar la cena sin que nos ingresaran a todos por hipotermia.
Y allí estábamos, las siete parejas. Sin saber cómo ni por qué, desde el principio me hallaba yo como embargada por una sensación de incomodidad. ¿Serían los pantalones, demasiado justos tras los excesos pantagruélicos de las vacaciones? ¿Sería la gélida temperatura, que ni un sofoco esporádico conseguía templar?
Ya conocéis mis mundialmente famosas dotes de observación y, hacia los postres, empecé a caer en la cuenta. Aunque hacía años que no veía a algunos de los comensales, no recordaba para nada a cuatro de las mujeres. Eran mucho más aaaaaaaaaaltas, mucho más guaaaaaaaaapas, mucho más delgaaaaaaaaadas y, sobre todo, parecían bastante más jóoooooovenes que yo. Y, pese al frío, todas lucían escotes de corporación dermoestética. Vamos, que el tiempo parecía haber sido bastante más inmisericorde conmigo. O eso, o ellas tenían mucho más presupuesto para potingues y retoques varios.
-Pues debe hacer más de diez años que no nos veíamos, comenté en tono casual tras pasarme la cena dirigiéndome a ellas de forma impersonal porque tampoco recordaba sus nombres.
Las cuatro pusieron cara de póker y, al fin, una de ellas se atrevió a decirme tímidamente:
-Es que creo que es la primera vez que coincides con nosotras cuatro.
En ese momento, mi amiga Concha me arreó una discreta patada en la espinilla por debajo de la mesa y me hizo una seña para que la acompañara al baño. En ese lugar de confidencias femeninas donde los halla (los tópicos lo son por algo), se me cayeron todos los palos del sombrajo (agradecería cualquier aclaración sobre el origen de este dicho) ante sus explicaciones: ¡las cuatro eran segundas parejas de ellos!; razón por la que, obviamente, no recordaba ni sus nombres, ni sus caras, ni sus cuerpos, ni nada de nada.
Al salir, observé nuestra mesa. De las siete parejas, sólo tres habíamos sobrevivido al primer matrimonio. Me fijé entonces en ellos: cincuentañeros (alguno rozando ya su sexta década), pelo encanecido, calvas, comenzando a amojamarse o a ajamonarse… La verdad, no me parecieron muy felices (o así quise consolarme).
Me pregunté entonces si, en ese club ausente de las primeras esposas, alguna de ellas estaría con un yogurín veinte años más joven. Luego, miré con ternura a mi santo y pensé que ambos estábamos estupendos para nuestra edad. Y declaré oficialmente inaugurado nuestro otoño, dijera lo que dijera el calendario.
P.D.: Agradecería al patrocinador de este blog un lote de productos “puesta a punto” de salud y belleza con el fin de superar el bache estacional que me atosiga.
Septiembre 10, 2008
Queridas caris:
Cuanto mayor me hago (reivindico el término “viej@”, tan devaluado), más deprisa se empeña el tiempo en pasar. Como este septiembre, que me ha pillado desprevenida y me está dando unas cornadas que –aviso- voy a necesitar unos días para reponerme (atentas, jefas).
Así que, como voy corriendo detrás de las horas, me he detenido unos instantes para reflexionar (es un decir) e intentar distinguir lo importante de lo urgente. Me lo contaron hace unos meses en un seminario para superar el stress familiar (sic) y, en aquellos momentos, me pareció una idea interesantísima.
Como ya va siendo habitual en mí, no recuerdo muy bien cómo se hace. O sea, que fracaso estrepitosamente en la tarea. Lo que me sale, “sin en cambio”, es una lista de propósitos que os copio a continuación:
- No pienso apuntarme a clases de ingles. Quizás a chino (¿), y eso si encuentro un profesor que acepte venir hasta casa.
- No pienso apuntarme al gimnasio: odio especialmente las clases de aeróbic con jovencitas marcando 90-60-90 en las mallas que se saben todos los pasos mientras yo parezco ir a la contra de todas ellas en las vueltas y los saltos (Hannah, hija, respira). Y, sobre todo, odio que me griten.
- Tampoco pienso dejar de hacer ejercicio, pero me sale mucho más barato caminar y amortizar los aparatos que decoran el cuarto de baño y el trastero desde hace años.
- Pero ni por un momento pienso dejar de darme el capricho del chocolate y la pasta de vez en cuando (que es un período temporal muy elástico).
- No pienso reprimir mis enfados con nadie, porque ya estoy harta de ser la amiga/madre/hija/esposa guay del Paraguay (ya, ya sé lo que mi santo va a decir al respecto). Lo cual no quiere decir que vaya ir por la vida a berrido limpio empuñando un cuchillo de cocina (aunque a veces me dan unas ganas…).
- No pienso decir SÍ cuando, realmente, lo que me gustaría es gritar “NOOOOOOOOOOOOOO!”.
Y todo esto porque me sale del boli. La verdad es que la menopausia es una excusa fantástica para echarle la culpa de TODO.
Septiembre 1, 2008
Queridas caris:
Mi más sentido pésame a las que, como yo, os reincorporáis hoy a la rutina. Si habitualmente estoy espesa como un puré de guisantes, lo de esta temporada no tiene nombre (¿crema de polvorones, quizá?). Mis aterrizajes de septiembre siempre han sido muy, pero que muy lentos, pero en este mi primer año perimenopaúsico me noto la neurona como más densa.
Al igual que todas, pago bien caro el haberme marchado quince días de casa y del trabajo. El pecado laboral son esos miles de correos-e que aguardan agazapados (los muy…) en la bandeja de entrada y la montaña de “pendientes” (es que no aprendo: por mucho que intente dejar adelantado antes de irme, siempre me pilla, arrasa y cornea el toro a la vuelta).
El pecado doméstico también tiene forma de montaña… de ropa sucia, ropa tendida, ropa para planchar. Así que, tras pasarme todo el fin de semana atada a ese electrodoméstico con ojo de buey (no pienso darle el gustazo de nombrarlo), decidí irme de marcha por las calles de mi pueblo.
No, no es que me fuera de botellón. Simplemente, decidí hacer un poco de ejercicio. Es cierto que, tras la experiencia ultraterrena del Camino de Santiago y el hecho de haber dejado de fumar, estoy más en forma que nunca. Pero también lo es que la ropa que dejé en el armario ha debido encoger durante estos quince días de ausencia.
En fin, que me eché a las calles para ejercitar mi trote cochinero, expresión que me ha descubierto este verano mi santo en una perspectiva de mi retaguardia (no quiero ni pensarlo). Como siempre, la mía fue una idea poco original: cada dos por tres me tropezaba con vecinas caminando, montando en bicicleta, haciendo footing… Supongo que a ellas también les ha encogido la ropa (¡cielos!, ¿será una especie de epidemia?).
Ejercicio, lo que se dice ejercicio, hice más bien poco. Entre saludo y saludo, creo que no caminé más de diez pasos seguidos. Pero lo que más me llamó la atención fueron nuestras conversaciones.
Ejemplo:
Mujer 1: ¿Qué tal las vacaciones?
Mujer 2: Pues muy bien, acabamos de llegar.
Mujer 1: Y qué, ¿haciendo ejercicio para bajar las tapitas de los aperitivos?
Mujer 2: Pues no, es que me han descubierto la tensión por las nubes. Yo, que siempre la había tenido en el sótano 2…
Mujer 3: Eso no es nada, mujer. Yo lo he pasado fatal con el calor y los sofocos.
Mujer 4: No tenéis ni idea de lo que es pasarlo realmente mal, que es cuando estás de vacaciones y no puedes dormir por el insomnio, como yo.
Recordé los tiempos en que estaba embarazada y veía preñadas por todas partes.
Bienvenidas.
Consultorio
Querida Esther: efectivamente, me temo lo peor. Ese sudorcillo que mencionas suele ser consecuencia directa de la distensión muscular. Te aconsejo que te apuntes a la piscina para nadar a braza. O, en su defecto, que a partir de ahora no estés (casi) nunca sin sujetador. Si lo superas, sigue siendo una liberación llegar a casa y quitárselo.
Resultado del sorteo
La respuesta correcta al acertijo del post “Adivina, adivinanza” era “1 y 3”, las escenas reales. Lamentablemente, nadie acertó, razón por la que me iré a merendar conmigo misma.