Archivo de Junio, 2008
Junio 30, 2008
Queridas caris:
Os planteo esta semana un juego. A ver si sois capaces de adivinar cuáles de las siguientes situaciones son reales y cuáles falsas.
Escenario nº 1:
En una gran biblioteca de una gran ciudad trabaja medio centenar de funcionarios, 40 de ellos mujeres. Casi la mitad de éstas están en plena menopausia. A escondidas, han creado el “club de los sofocos”, cuyo centro de reunión es la sala de refrigeración de los ordenadores. Un buen día, deciden salir del armario y cuelgan en la puerta un cartel con ese nombre. El director de la biblioteca se muestra indignado.
-No tenía ni idea de lo que hacían allí hasta que pusieron el cartel –dice- pero no me parece nada bien. ¿Qué pensarían ellas si los hombres nos viéramos en un despacho cuya puerta rezara “disfunción eréctil”?
Escenario nº 2:
La habitual rueda de prensa de los viernes ha comenzado hace diez minutos. Ante la pregunta sobre la crisis económica, la vicepresidenta responde a la redactora con un “aguarda un momento, por favor” y hace una seña a uno de sus asistentes. Él se acerca con discreción por detrás para entregarle un objeto que resulta ser un abanico.
-Disculpadme, pero estoy en pleno sofoco menopausico.
Tras un momento de estupor, los periodistas estallan en carcajadas. Y las profesionales congregadas se levantan para dedicarle un aplauso a la vicepresidenta.
Escenario nº 3:
La gala de “Voces femeninas para el cambio” (VFC), una asociación que promueve las actitudes positivas hacia las mujeres mayores de 40 años en general, y hacia la menopausia en particular, fue uno de los eventos del año. Gente del cine, la televisión, las artes, la judicatura y la política acudieron al acto para apoyar la iniciativa. Uno de lo momentos más divertidos fue cuando la presidenta de VFC se dirigió a los invitados masculinos para advertirles de que, por primera vez, iban a escuchar “la palabra maldita que empieza por eme”.
Escenario nº 4:
La gran dama de la pantalla y los escenarios subió a recoger su premio. Enfundada en un elegante smoking negro y con el pelo recogido en un moño alto que mostraba sin disimulo su rostro, se acercó al micrófono… y allí se quedó en blanco durante un largo minuto. Cuando el público se mostraba ya inquieto en sus butacas, mostró su legendaria sonrisa para decir:
-Discúlpenme ustedes, pero ya saben que a la menopausia le gusta jugar con la memoria.
Una apretada ovación la impidió continuar con su discurso durante otros tres minutos.
NOTA: Entre todas las respuestas razonadas y acertadas -que deberán haberse publicado en la sección de comentarios de este post antes de las 24 horas del 31 de agosto de 2008- se sortearán tres meriendas (el mismo día y a la misma hora) con la autora de este blog (lo siento, chicas, la crisis no da pá más) a disfrutar en septiembre de este mismo año. Bases del concurso depositadas en el cajón de mi mesa.
Junio 23, 2008
Queridas caris:
El título de este post no tiene nada que ver con la peli de Amenábar. Pero el tema que os propongo esta semana es igual de pavoroso, incluso más si me apuráis. Es uno de esos casos donde la realidad supera a la ficción.
Como al verano no le da la real gana de llegar (está bien que llueva, pero ¿no podría ser de noche, porfa?), he estado pensando (temblad, nenas). Total, con este tiempo no hay quien se anime a una excursión por los escaparates o se siente en una terracita a tomar una horchata (si es que consigo hacerme visible para el camarero)…
Os decía que, tras esa intensa actividad cerebral, he llegado a unas conclusiones tremendas. Aún no he conseguido discernir si el susto se debe a mis pensamientos o porque he visto mi reflejo en el cristal. Me gustaría describirme con una mirada ausente perdida en el horizonte. Pero el brinco fue porque descubrí una jeta de estulticia perdiendo el tiempo en horario laboral.
En este blog, he compartido con vosotras sofocos, redistribución de la grasa corporal, inapetencia sexual, insomnio… Pero me he puesto bajo el microscopio (metáfora; si no, tendría que ser gigante) y me he detectado otros síntomas que no aparecen en los manuales de menopausia (¡lástima de Nobel!, ¿qué haría yo estudiando periodismo?, si ya me lo decía mi padre…)
Caris, atentas a estas pistas:
Alergia extraña: la sola mención de la palabra “dieta” me provoca un hambre irreprimible (y una escapada a la nevera o a la pastelería).
¿Te acuerdas de cuando hablábamos de corrido? Mi cuñada Carmen me lo repite últimamente con frecuencia.
Los brazos encogen: ya no puedo hacerme la pedicura como dios manda, ni pintarme las uñas de los pies, un anexo corporal que me queda lejísimos (si intento acercármelos a la cara, me siento como una contorsionista). No os cuento lo de leer el periódico.
Adiós a la multitarea: mi mundialmente famosa capacidad para hacer varias cosas al mismo tiempo se desvanece. Es más, muchas veces se me olvida lo ÚNICO que estoy haciendo en ese momento (aunque hacer el mismo recorrido 2.000 veces tiene la compensación del ejercicio físico).
El sofá parlante: sentarse o levantarse de un sillón se acompaña de quejidos varios.
Ampliación de plazos: cuando salgo a cenar y bebo media copa de vino, necesito tres días para recuperarme del exceso.
Vudú: Alguien o algo está empeñado en que me caiga cada dos por tres, preferiblemente en plena calle y en hora punta (sí, la del otro día en la estación de Atocha era yo).
Ustedismo: No recuerdo la última vez que alguien desconocido me tuteó. Ahora, todas las frases empiezan o acaban con “señora”.
Ya no quiero ser jefa de nada, ni de nadie: ni siquiera de mí misma.
Por eso, radiante y desbordada de ego ante mis hallazgos, troto cual cabritilla hacia mi santo para que lea estas líneas y me otorgue su aprobación. Cuando termina, levanta su mirada y me dice:
- En primer lugar, yo también tengo sofocos… sobre todo cuando llega el extracto de tu tarjeta de crédito.
- ¡Glups! – acierto a exclamar en un alarde de riqueza léxica.
- En segundo, llama urgentemente a una ambulancia.
- ¿Por qué?, ¿te encuentras mal?- inquiero sagaz mientras valoro la posibilidad de que el impacto tremendo de mis palabras le hayan provocado una subida de tensión o algo.
- Estoy bien, gracias. Es que, después de leerte, creo que me van a incluir en los anales de la medicina por ser el primer varón diagnosticado con menopausia.
P.D.: Cuando termino de escribir ya no llueve y hace un calor del demonio. Y querida Nora: yo que tú cuidaría con mucho mimo a ese vecinito tuyo si piensa que te mereces piropos, vengan de dónde vengan.
Junio 16, 2008
Queridas caris:
Os escribo las primeras líneas de este post desde el tren de cercanías. En la estación de la universidad, mi vagón se ha llenado de yogurines que finalizan su primera jornada de selectividad. (Aprovecho para homenajear desde aquí a todas las madres y padres que hemos padecido este año el trance. Creo que ni en mi propio examen de acceso estuve tan de los nervios.)
Mi mirada perspicaz advierte que, además de las ojeras, los vaqueros de ellos están llenos de agujeros y a ellas no les llega la camiseta al ombligo. ¡Ay, pobres! Debe de ser que, ahora, además de examinarles, les torturan…
Ni uno solo –ni siquiera una- ha reparado en mi presencia. Y eso que iba yo como un pincel a la presentación del libro de mi amigo Juan Caño, titulado Los lunes al golf. Pistas sabias para disfrutar de la jubilación (La Esfera de los libros) y que os recomiendo. Aunque el tono general es optimista y ameno, Juan escribe que -cuando uno se jubila o prejubila- “una enorme soledad se cierne sobre ti. Acabas de dejar de trabajar y ya todos parecen haberte olvidado”.
Mi cerebro tiene conexiones extrañas e, inmediatamente después de leer esto, me acordé de un comentario que Pepa Soprano había dejado en este blog: “Cuando me parecía que detectaba el más mínimo movimiento de unos ojazos, una micro-sonrisa en la comisura de desconocidos aunque jugosos labios o un mínimo coqueteo de un risueño mozuelo, resultaban ser tics nerviosos, muecas de dolor… o que la destinataria no era yo, sino la bollycao que estaba a mi vera (debido sobre todo a mis torpes dioptrías).”
¿Qué tienen en común ambas reflexiones? Pues ni más ni menos que un sentimiento de invisibilidad. Si a los señores esa sensación les llega con la jubilación, nosotras comenzamos a experimentarla con unos quince años de adelanto (hasta en eso somos más precoces).
Me estoy poniendo de un mustio inaguantable. Pero es que, a ver, ¿dónde estamos representadas –por ejemplo- en la moda de las revistas? No existimos salvo en las tipo hay-vida-más-allá-de-los-cincuenta, donde -por cierto- siempre salen Carolina Herrera, Isabel Preysler o Carmen Posadas.
¿Por qué los presentadores masculinos de los telediarios pueden peinar canas y sus compañeras no? ¿Por qué jubilaron a Rosa María Mateo? Y en las fotos donde se reúnen los miembros de las patronales, ¿dónde demonios están las mujeres (lo siento, pero no puedo con “miembras”)? Y si ya soy mayor, ¿por qué no me cede el asiento ni el Tato cuando entro en el bus cargada con las bolsas de la compra? ¿Y por qué narices los camareros me atraviesan literalmente con su mirada sin ver que hay alguien delante de ellos que agita desesperadamente los brazos? ¿Y por qué no le suelto un bufido a esa dependienta escuchimizada? Encima de que llevo esperando media hora, ¿no va y me pregunta –mirándome con desprecio de arriba abajo- que si es una talla 46 cuando está claro que uso la 42? A ver, ¿por qué, eh? (si este blog tuviera efectos especiales, aquí vendría un sonoro puñetazo sobre la mesa). Uf, ya me siento algo más desahogada.
A punto estaba de decirme a mí misma “Hannah, cari, desengáñate: eres invisible y no hay nada que hacer” cuando sucedió algo imprevisto. Quise solidarizarme con los transportistas en huelga y huelga decir que vivo cerca de la noticiosa A-1. Porque, vamos a ver, mi sueldo cunde cada vez menos, para mí también suben el gasoil, la electricidad, la leche (la de beber y la otra) y la hipoteca. Y para colmo, mis hijos se empeñan en comer todos los días.
Así que, ni corta ni perezosa, atravesé mi coche en plena calle dispuesta a montar un mono-piquete informativo y contarle mis penas a todo el que pasara por allí, lucero del alba incluido. Los municipales no tardaron ni cinco minutos en llegar. ¡Albricias, por fin era visible Y ALGUIEN ME HACÍA CASO!
La madurez hace al hombre más espectador que autor de vida social.
G. K. Chesterton (1874-1936), escritor británico (él sólo firma la cita y no todo el texto anterior, no os vayáis a pensar…).
Junio 9, 2008
Queridas caris:
Los pajaritos cantan, las nubes se levantan, vendedores de bañadores, helados y ventiladores suspiran aliviados. ¡Y es que parece que, por fin, el buen tiempo ha llegado!
Animada por tan fecunda vena poética y por los rayos de sol, decidí recompensar vuestra fidelidad -millones de lectoras que seguís mes a mes este blog- con un auténtico trabajo de campo.
Cual Oriana Fallaci, armada con un bolígrafo y una libreta, encaminé mis pasos hacia unos grandes almacenes. Me proponía relataros con rigor y minuciosidad las reacciones de cuarenta y cincuentañeras ante ese “momento probador” que supone la compra del traje de baño.
(En este punto, abro un paréntesis para regalar consejos varios. No obstante, se aceptará un modesto pago de royalties por parte de los que tengan a bien poner en marcha las siguientes sugerencias.
A los diseñadores:
Las bragas de cuello vuelto sujetan la tripa pero no sientan bien ni a las abuelas.
Un corte alto (y estrecho) de pierna soluciona el problema de mantener el abdomen en su sitio, aúpa el trasero y produce el efecto óptico de alargar la pierna.
El corte bajo de cintura –tipo pantaloncito- queda monísimo… en niñas de seis años y adolescentes escurridas de caderas.
Sería aconsejable incluir un manual de instrucciones con los trikinis para averiguar por qué agujero se mete cada parte del cuerpo. Así, no acabaríamos con la pieza por turbante o con las piernas liadas.
Tampoco vendría mal una sucinta explicación de por qué –en algunos casos- tan exiguos trozos de tela rondan los 200 euros.
A los grandes almacenes:
Los parques de atracciones descubrieron, hace mucho tiempo, los espejos trucados. ¡Uno de ellos adelgaza!
Las luces fluorescentes resaltan TODOS los defectos y producen unas sombras horribles. A mí sólo me dan ganas de llevarme allí la olla con garbanzos.
Por pura estrategia comercial, sugiero situar junto a los probadores unas cabinas de bronceado instantáneo. Pueden complementarse con otras de depilación.
Y cierro aquí el paréntesis.)
Como os contaba, me aposté en el pasillo de los probadores con varias prendas en la mano para disimular mi auténtica misión y me dispuse a escuchar los comentarios. Al acecho de posibles objetivos (es decir, mujeres de mi edad), hasta mí sólo llegaban exclamaciones tipo “¡Puaf!”, “¡Aggg!”, “¡Uf!” y similares. O las puertas eran a prueba de cotillas, o el resfriado de hace dos semanas me había dejado la secuela de una sordera irreparable.
Dispuesta a no cejar en mi empeño, me puse a gatas para ver si –por el espacio que quedaba entre las puertas y el suelo- conseguía expresiones más inteligibles que llevarme a mi libreta vacía. Y pude comprobar que la máxima de que ninguna dependienta aparece cuando la necesitas se cumple también en sentido inverso.
No quiero aburriros con los detalles. Acabé en un cuarto de seguridad, con el contenido del bolso desparramado en una mesa, balbuceando frases inconexas sobre “menopausia” y “artículo en profundidad” ante los rostros incrédulos de los presentes.
Lo peor de todo es que tengo que volver allí: por quedar bien y purgar mi culpa, me llevé un biquini precioso con un precio estratosférico… que debo cambiar por otro de una talla mayor.
P.D.: Dadas mis habilidades para los trabajos de campo, a partir de hoy inauguro un consultorio (gratuito) para responder a vuestras dudas sobre experiencias personales y temas concretos relacionados con la menopausia. Podéis dejar vuestras preguntas -a las que atenderé con el rigor que me caracteriza- en los comentarios.
Junio 2, 2008
Queridas caris:
Pasado ya mi delirio catarral (la única neurona que me queda ha recuperado todas sus funciones, gracias), he trabajado arduamente sobre la teoría de la segunda adolescencia. Mi abnegada dedicación al trabajo me ha llevado a
1.- Acumular una exhaustiva documentación sobre el tema (os juro que, entre la pantalla del ordenador y el bolso, he contado más de doce post-it).
2.- Pensar seriamente en la posibilidad de escribir un libro con enjundia (que no es mi vecina, sino una de esas palabras rotundas que me encantan porque suena a insulto).
3.- Presentarme con el susodicho al II Premio de Hoy de ensayo el año que viene (¡cielos!, ¿me dará tiempo a terminarlo?)
4.- Ganarlo, of course, por tanta enjundia (y tú más) y montar un pollo que ni Santi Santamaría y los cocineros cabreados.
Ahora me despierto y os cuento cuáles son los síntomas que me han conducido al desarrollo de tan original hipótesis.
REBELDÍA: Oigo voces. Cuando voy a quitarme las zapatillas de deporte, escucho la voz de mi madre que me dice: “Hija, deshaz el nudo de los cordones antes de quitarte el calzado”. Me entra entonces un arrebato y me las quito con la lazada hecha. Claro que luego, cuando vuelvo a ponérmelas, me maldigo a mi misma, momento en que vuelvo a escuchar la voz de mamá diciéndome: “Hija, si ya te lo decía yo…”.
EL MONOTEMA: En las reuniones con amigos, cada vez hablamos menos de política y de cómo arreglar el mundo. Las discusiones acaloradas están siendo sustituidas por chascarrillos, dobles sentidos y alusiones a lo sexual. Lo peor es que nos reímos cual adolescentes. Como entonces, “dime de lo que presumes y…”
NO QUIERO IR AL COLE: O, lo que es lo mismo, a trabajar. No llego a los extremos de poner el termómetro en el radiador como cuando era pequeña, pero confieso haberme puesto una pinza en la nariz y fingir una voz aguardentosa para llamar a la oficina.
NADA QUE PONERME: Todo me queda fatal. Igualito que cuando tenía 16 años.
EN LAS BATUECAS: Tengo agujeros negros espacio-temporales. Cuando conduzco por la carretera, de repente paso del kilómetro 19 al 24 sin saber cómo ni en qué estaba pensando.
ME DUERMO DE PIE: En la cola del híper, en la sala de espera del médico, después de comer. Y por la noche, de paseo por las teletiendas sin pegar ojo (vale, no es lo mismo que acabar en un after-hours, pero los efectos sí lo son).
FASE TENA LADY: ¿Os acordáis del horror que nos causaban “esos días” ante la posibilidad de que “calara” hasta el pantalón o la falda? Pues ahora me pasa lo mismo con otro fluido corporal que se me escapa cada vez que estornudo, toso o me entra un ataque de risa.
¡VAYA ROLLO!: A veces, pongo la misma cara que mis hijos cuando les suelto discursos tipo la-importancia-de-una-sexualidad-responsable o estudiar-para-labrarse-un-futuro. Últimamente, me sucede mucho con la crisis del PP.
Y para rematar, este párrafo -extraído de un texto para adolescentes- con el que me he sentido totalmente identificada: “Uno de los principales cambios que se viven tiene que ver con la aceptación y adaptación al nuevo cuerpo, ese cuerpo que es muy diferente al que tenías antes. Todos los cambios físicos, y la rapidez con que se viven, generan sentimientos de preocupación y ansiedad. ¿Será normal lo que me está pasando?, ¿por qué mi cuerpo se ve tan raro?, ¿por qué ahora me muevo con torpeza?, ¿les pasará lo mismo a otras/os?…”.
Cuando estoy a punto de enviar este post, decido darme un paseo virtual por algunas librerías on line y encuentro una obra titulada La segunda adolescencia: los cambios a partir de los cuarenta, de Deborah Legorreta (Ediciones Granica, 2005). Sumida en la frustración porque todo está ya inventado y escrito, me despido de la fama y de vosotras hasta la semana que viene.