Archivo de Mayo, 2008
Mayo 26, 2008
Queridas caris:
Me encontraba yo rodeada por montañas de kleenex usados, pergeñando febril una estupenda teoría sobre la segunda adolescencia, cuando unas voces de la radio consiguieron atravesar mis oídos taponados por los mocos. (Os pido disculpas por el escaso glamour de la imagen, pero es que con los ojos pitiñosos, la nariz como una porreta, la voz de Espinete y la neurona arrastrada no puede ni Angelina Jolie.)
Pues eso, que la semana pasada se celebró en Madrid un Congreso Mundial de Menopausia. Nada más y nada menos que 3.000 expertos hablando de nosotras y nuestro síntomas tres días seguidos.
Mi instinto periodístico casi animal me llevó, primero, a restaurarme la fachada con varias capas de polvos traslúcidos a prueba de cincel y unas manos de rímel a lo máscara de carnaval veneciano. Luego, a calzarme unos stiletto de 15 centímetros a juego con mi bolso acharolado amarillo de rabiosa actualidad. Después, a desandar el camino (del baño a la habitación) al darme cuenta de que mi pijama de franela con pelotillas desentonaba en el conjunto. Más tarde, enfundada ya en unos vaqueros (¡aaah!, el arte de combinar con elegancia para un look casual), enfilé con confianza el pasillo y la puerta.
Agotada por el resfriado y el esfuerzo de andar sobre semejantes andamios (estoy pensando seriamente en un cursillo particular en la academia de Supermodelo), conseguí arrastrarme hasta la silla del despacho, segunda puerta a la izquierda desde el salón de mi casa. (¿Alguien se acuerda de cómo trabajábamos cuando no existía Internet?)
En fin, que aquí os traigo fresquitas algunas de las conclusiones de estas jornadas científicas sobre el tema, aderezadas por mis reflexiones sobre las mismas.
De los 3.200 millones de mujeres que hay en el mundo, el 20% son mujeres mayores de 50 años afectadas por la menopausia. (¿Y si fundamos un partido político global? ¡”Menos” del mundo, uníos!)
El concepto sobre su salud, síntomas y percepción del cambio varía según las regiones geográficas donde vivan y el nivel cultural, entre otros factores. (Se habrán partido el cráneo para llegar a esta conclusión.)
Las mujeres anglosajonas se sienten más deprimidas en esta etapa. (Nos ha fastidiado: es que, encima, no deja de llover.)
Las latinoamericanas tienen menos sofocos. (¿Y no será que ellas están más acostumbradas al “calorsito” y lo soportan mejor?)
Las asiáticas se preocupan más por la osteoporosis. (Claro, ellas son delgaditas por naturaleza y no tienen que obsesionarse con esos kilillos de más.)
La edad en la que hay menos trastornos de disfunción sexual está entre los 18 y los 39 años. (Me niego a cualquier comentario por motivos de obviedad.)
Johannes Bitzer asegura que «la menopausia no debe relacionarse con la pérdida de apetito sexual” y que “las disfunciones sexuales de las mujeres pueden, en ocasiones, estar ocasionadas por las que padecen sus maridos”. (Me estoy planteando una colecta a escala mundial para hacerle un monumento al tal Bitzer.)
Discúlpenme por mi ignorancia los sabios, a los que agradezco sus investigaciones por mejorar nuestra calidad de vida. En cuanto a mis exabruptos, háganse cargo… es que, además del resfriado, estoy en plena menopausia.
Mayo 19, 2008
Queridas caris:
Por casualidad, ha caído entre mis afiladas garras el llamado “cuestionario de San Luis” (la universidad, no el santo). Atentas, nenas:
¿Ha disminuido su apetencia sexual?
¿Siente falta de energía?
¿Ha disminuido su fortaleza y fuerza físicas?
¿Ha perdido estatura?
¿Ha notado una disminución de las ganas de vivir?
¿Se siente triste e irritable?
¿Ha notado una disminución en su habilidad por los deportes?
¿Le entra sueño después de la cena?
¿Ha notado una disminución de su capacidad para el trabajo?
Y cuando he respondido afirmativamente a todas las preguntas, ¡zas!, llego a la última:
¿Son sus erecciones poco potentes? (Dudo por un momento y me miro entre las piernas hasta que, rauda como el rayo y con la rapidez mental que me caracteriza, comprendo que las preguntas van dirigidas a ELLOS y no a NOSOTRAS.)
Como siempre leo en diagonal (empiezo el periódico por la última página), me he saltado lo importante. Se trata de un test para detectar el síndrome de Adam, siglas de Androgen Deficiency Aging Male (algo así como Andrógeno deficiencia del envejecimiento masculino). O sea, la andropausia, vulgarmente conocida (al menos en mi casa) como pitopausia. Vamos, que ellos también pasan por esa etapa (más dilatada en el tiempo, según todas mis fuentes consultadas, y a partir de los 55 años, más o menos) de “difíciles cambios tanto fisiológicos como psicológicas”. Lo que pasa es que de “eso” no se habla.
Entre las muchas sandeces que he leído sobre el asunto en estos días, os traigo esta perlita:
“A menudo la autoestima del hombre maduro se ve resentida cuando se da cuenta de que necesita descansar más, se cansa más físicamente o no puede realizar ya según qué trabajos, las personas que lo rodean le tratan como a una persona mayor… Esto, unido a la imagen que ve reflejada en el espejo, pues actualmente nuestra sociedad da verdadera importancia al aspecto físico, propiciará en muchas ocasiones que el varón se rebele contra su propio destino. Si además el hombre tiene la sensación de no haber logrado los objetivos que se propuso en su juventud, es fácil que llegue a sufrir cierto grado de crisis depresiva, por considerar que ya no podrá realizar lo que hasta ahora no ha logrado. Crisis, que las más de las veces, superará mediante un capricho pasajero, ya sea un hobby o algún idilio amoroso. Por eso, no nos ha de extrañar ver al varón, llegado este punto de su vida, hacer cosas que a ojos de los demás pueden parecer ridículas, pues mediante esos comportamientos, considerados por la sociedad impropios de su edad, intenta desesperadamente demostrarse a sí mismo que aún sigue siendo joven.” (La negrita es mía).
Lo dicho. Estas y otras tonterías se han comentado de nosotras y nuestra menopausia durante siglos generando todo tipo de prejuicios. Así que, por favor, un poquito más de ternura y comprensión cuando a ellos les duela la cabeza.
Mayo 12, 2008
Queridas caris:
A estas alturas de la película, no seré yo quien ponga en duda los beneficios de la revisión anual. Todo lo contrario. Hijas mías, no dejéis de pasar una vez al año por esta ITV de bajos que puede salvarnos la vida.
Pero de esa certeza a que tengamos que ir al ginecólogo con una sonrisa de oreja a oreja, bolso y melena al viento, tarareando el “Don’t worry, be happy” va un abismo.
Mi amiga Mayte, una de mis proveedoras oficiales de chascarrillos varios a través de la red, me envía esta semana uno sobre sencillos ejercicios para realizar en casa la semana previa a la mamografía. Os transcribo dos de ellos, pelín aderezados por mi imaginación perversa.
Primer ejercicio: Abre la nevera y coloca una teta en el marco de la puerta. Cierra con fuerza, apoyando tu cuerpo para aumentar la presión. Contén la respiración durante un minuto, aproximadamente. Si quieres que tu pareja participe, ofrécele un pequeño papel en la representación para que diga, justo en el momento culminante de tu gesto de dolor, las siguientes palabras:
-“Nada, nada, esto se acaba en un momentito”.
O la alternativa:
-“Vamos, señora, que no es para tanto”.
O la versión más borde de:
-“Si es que se quejan ustedes de vicio”.
(Consejo importante: pídele que se sitúe fuera del alcance de tus manos o, en su defecto, que se ponga una careta. Así ensayarás mejor el control de tus impulsos por arrearle un mandoble o soltar unos cuantos improperios impropios de tu edad y condición.)
Segundo ejercicio: Antes de acostarte, introduce dos sujetalibros de metal en el congelador. A la mañana siguiente, sal a la calle con ellos en una bolsa térmica con mucho hielo e invita a un extraño corpulento a entrar en un portal; a ser posible, de una calle muy transitada. Una vez en el interior, desnúdate de cintura para arriba y pídele que te oprima cada seno con fuerza entre los dos sujetalibros. Después, agradéceselo con educación y una sonrisa amable. No te olvides de concertar con él una cita para repetir la operación un año después.
A mí se me ocurre alguno más. Por ejemplo, para enfrentarnos a la citología.
Tercer ejercicio: Vete al híper por la noche y deja el coche aparcado en la plaza más cercana a la puerta. Tras ducharte y lavarte tus zonas íntimas con obsesión, regresa al día siguiente en hora punta (un sábado por la tarde, a ser posible) y armada con los siguientes utensilios: funda de cojín y espátula metálica (ya sabes, refrigerada durante doce horas y en la misma bolsa térmica del ejercicio anterior). Desnuda de cintura para abajo, túmbate en el capó del coche espatarrada, con el trasero lo más al borde que puedas y los pies apoyados en la barra del carro que, previamente, habrás situado delante del vehículo. Y hazme el favor de cubrirte con la funda de cojín.
Dejo el resto a vuestra iniciativa e imaginación.
Mayo 6, 2008
Queridas caris:
A riesgo de ponerme pesadita con el tema (siempre pensando en lo único, que diría mi santo), no me resisto a contaros mi cabreo supino del otro día. Andaba yo entre sorbo y sorbo de café, deambulando mi vista por las páginas del periódico como cada mañana. A esa hora temprana, es para lo único que me da la neurona. Mi familia sabe que cualquier “mandao” (citas médicas, recogidas del tinte, material escolar o compras varias) no queda registrado en el disco duro hasta pasada una hora larga. A veces, incluso, esta inopia se prolonga hasta después del almuerzo (los que me quieren bien –yo, mismamente- dicen que es por la tensión baja).
Como quien no quiere la cosa, mi vista astigmática e hipermétrope se posó sobre un reportaje. Hablaba de esos locales de copas donde algunas parejas entran para retozar a la vista de otros, mirar como retozan los demás, intercambiarse compañer@s de retozo e incluso invitar a un tercer retozón.
No es que tenga un particular interés en este tipo de sitios: tanto mi educación sentimental como el hecho de estar felizmente casada e hipotecada me lo impiden. (Querido santo, por si estas leyendo esto: en caso de que algún día se te ocurra hacerme semejante propuesta, hazte a la idea de que pasarás a la beatitud de los castrati).
Tampoco vayáis a pensar que soy una mojigata que se escandaliza por estas cosas: mientras el asunto sea consentido y disfrutado por la partes/personas implicadas, allá cada cuál con su disfrute.
Avanzando a duras penas línea tras línea, y casi al final del reportaje, mi neurona solitaria dio un respingo: SE PROHÍBE LA ENTRADA A LOS MAYORES DE 45 AÑOS. Así, como os lo cuento. Me asaltaron entonces las dudas.
Duda nº 1: ¿Pedirían el carné de identidad para entrar?
Reflexión: Cada vez entiendo menos el mundo que me rodea. O sea, me hago mayor. En mis tiempos, se pedía el DNI para comprobar la mayoría de edad.
Duda nº 2: ¿Prohibirían la entrada a Sharon Stone, Kim Bassinger o Demi Moore?
Reflexión: Probablemente, no. Estoy segura de que al personal les harían los ojos chiribitas y tendrían algo que contar a sus nietos.
Reflexión sobre la reflexión: Claro que todas las actrices mencionadas están recauchutadas, estiradas, liposuccionadas y/o photoshopeadas. Vamos que una –con sus lorzas, celulitis, patillas de gallo en ciernes, pescuezo y trasero en lucha perdida contra la gravedad, piernas varicosas y marcado surco nasogeniano- no tendría la más mínima oportunidad.
Reflexión final: ¿Alguien tiene por ahí un manual sobre cómo envejecer con dignidad (y soltura) sin pasar por el quirófano?
Apuro el último sorbo de café mientras llego a las páginas de las ofertas de empleo. Todas solicitan gente “entre 25 y 35 años”. Y esta zombi amostazada duda entre meterse de nuevo en la cama o refugiarse bajo la ducha. Total, dentro de diez minutos no me acordaré de nada…