Archivo de Abril, 2008
Abril 28, 2008
Queridas caris:
Gracias por vuestros comentarios, que respondo rauda y veloz.
Mª Ángeles, siempre que no te conviertas en una “shopadict” en la red, no te preocupes mucho por estas rarezas de la edad. A mí me ha dado por zambullirme en los contenedores buscando algo para reciclar (y una variopinta colección de cosas inútiles se amontona ya en mi trastero).
Esther, confieso mi ignorancia y te agradezco mi enriquecimiento léxico con un nuevo vocablo: ahora sé que “palíndromo” no es un juguete sexual, sino una palabra o frase que se lee igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda.
Gloria, ¿seguro que se trata de un descenso de la libido? Yo creo que este es uno más entre los muchos mitos sobre la menopausia. Porque, vamos a ver (y retomo aquí dónde lo dejé en el post anterior), no tiene nada de extraño que una no tenga el cuerpo para juergas después de un día entero trabajando fuera (y/o dentro) de casa, haciendo la compra y demás “mandaos”, bregando con jef@s, compañer@s, pareja o ex, hijos… y acabar la jornada con una paliza de Pilates para mantener la figura dentro de unos cánones razonables (¿según quién?, me pregunto), aunque venga bien para prevenir la osteoporosis que nos acecha.
Y las rarezas, juguetes sexuales y descenso de ese apetito me vienen de perlas para contaros la última escapada con mis amigas. Algunas habían comentado ya la susodicha inapetencia por los retozos carnales. Además de razonar con ellas lo de las jornadas extenuantes, tuve una iluminación de esas que me suceden cada dos años bisiestos:
-Chicas, lo que tenemos que hacer es visitar una “sex-shop” para actualizar conocimientos-, les propuse.
Ni cortas ni perezosas, allí nos fuimos las cinco. Estos establecimientos ya no son sitios clandestinos de callejón oscuro, ocultos tras cortinones rojos y fluorescentes rosas (al menos, esa es la imagen que tenía). Ahora son como el súper de la esquina, con estanterías perfectamente ordenadas por categorías y una potente iluminación que impide pasar desapercibid@.
Cual adolescentes (pero sin enseñar ni ombligo ni tanga), el sábado por la tarde nos acercamos al centro comercial donde han abierto uno. Juntitas y entre risillas, nuestra pandi de cuarenta y cincuentañeras decidió por consenso cotillear más a fondo en el pasillo que rezaba ESPECIAL PAREJAS. Con mis penetrantes dotes de observación psicológica, puedo describiros y os describo algunos perfiles sexuales que deduje por comentarios y objetos que llamaban nuestra atención:
Mrs. Proper, que se decantó por las sábanas y cojines lavables, “ideales para no ensuciar nada y perfectas para divertirse con aceites, lubricantes, nata, frutas…”.
Mrs. Sanex, que sólo de pensar en el posible sarpullido provocado por el “material plástico” de aquellas sábanas y cojines se puso de color verde.
Mrs. Porque-yo-lo-valgo, que se entretuvo con un artilugio tipo afeitadora para “realizar todos los diseños y dibujos que se te ocurran en tus partes íntimas”.
Mrs. Madonna Danone, que optó por un juego completo de cubre-pezones hechos con caramelos “para que tú seas el postre”.
Mrs. Pinito del Oro, que quedó obnubilada por el columpio de juegos sexuales, dudando entre sacar la cama de la habitación (por las dimensiones del cacharro) o ver a los vecinos del quinto en mitad de su cuarto (porque el techo es de escayola).
Nuestro aplauso unánime fue para el “súper sexy disfraz de enfermera que deja todos (???!!!) tus pechos a la vista”. Ignoro si las compras han tenido el efecto deseado (nos reunimos el próximo sábado en torno a un té con pastas). Pero lo que sí puedo aseguraros es que fue una tarde estupenda de carcajadas. Y creo que la risa es uno de los mejores afrodisíacos. Vamos, que ya estoy planificando la siguiente visita… esta vez con mi santo.
Hannah Malauva
Abril 21, 2008
Queridas caris:
Aquí estoy otra vez, cariacontecida. Dice el RAE que este adjetivo coloquial significa “que muestra en el semblante pena, turbación o sobresalto”. Pues así me siento todavía: apenada, turbada y –sobre todo- sobresaltada. Y no, no fue otro sofoco en público. Intuyo que estáis ya sobre ascuas, pero es que me encanta marear la perdiz. Voy a ello.
En esta ocasión, me encontraba como mi madre me trajo al mundo. O sea, desnuda… frente al espejo de mi cuarto de baño (¿qué habíais pensado, mentes calenturientas?). Como cada mañana, me había duchado a la carrera, sin tiempo para el peeling corporal que recomiendan semanalmente las guías de belleza y que tengo pendiente desde hace varios meses, años incluso. Por cierto, ¿alguien sabe si las cremas exfoliantes caducan?
Hace lustros que sólo me miro al espejo del cuello para arriba. De esa parte del cuerpo hacia abajo, he tirado la toalla. O, mejor dicho, la he sustituido por un albornoz XXL. Por supuesto, la báscula está convenientemente desterrada detrás del cesto de la ropa sucia. Mi única referencia para saber si subo (porque nunca bajo) de la talla 42 son los pantalones, comprados of course fuera de esas tiendas fashion que, además de cobrarte una pasta gansa, te obligan a embutirte en una 46 (¡viva la moda de híper y mercadillo!). Eso sí, soy purita carne de vendedora de ungüentos anticelulíticos varios.
Me razono yo a mi misma (sobre todo cuando llega el extracto de Visa) que si, habiéndolos utilizado durante años, aún tengo esa “antiestética piel de naranja”, hoy mi muslamen sería como el de la Venus de Willendorf de no haber prosperado este vicio.
Todo esto viene a cuento de que me hallaba extendiendo, como mandan los prospectos, mi nueva adquisición con suaves pero firmes masajes circulares ascendentes desde los pies, incidiendo en las zonas problemáticas (o sea, todas), cuando cometí un error imperdonable: giré la cabeza hacia el espejo cuando estaba de perfil. ¿Qué demonios era esa curva, esas dos lorzas en la parte baja de la espalda? ¿Quién me había robado mi cintura de avispa, la que siempre ha compensado mis caderas de matrona, de mamma italiana?
Me sumerjo de nuevo en mi albornoz XXL para bucear en la documentación que me ha pasado mi “personal gyn” (ya sabéis, mi ginecólogo de cabecera) sobre la menopausia. Y ahí encuentro las palabras mágicas: REDISTRIBUCIÓN DE LA GRASA CORPORAL.
¿Redistribución? Esto debe de ser como la de la riqueza: la de siempre sigue en el mismo sitio y, además, se ha sumado (sin permiso) una nueva.
En un nanosegundo, paso del semblante cariacontecido a una mala uva que hace honor a mi apellido. ¡Pero qué gaitas de homonas! No, queridas. A pesar de lo que digan los científicos, los estrógenos y la progesterona no son los responsables únicos y directos de mis cambios de humor (de malo a peor), aunque lo sean de mi figura. ¿O es que alguna de vosotras conoce a algún tío que siga tan pancho e incluso se ría a carcajadas cuando el michelín le acorta el cinturón?
Temiendo estoy el paso de este “momento baño” al inevitable “momento probador” ahora que se acerca el buen tiempo y hay que renovar el biquini. No me voy a aguantar ni yo.
P.D.: Se me ocurren miles de razones más para estar de mal humor (hijos adolescentes, casa y trabajo, un jefe inaguantable…), pero los dejo para otros posts.
Hanna Malauva
Abril 8, 2008
Queridas caris:
Ya está aquí. Os lo cuento con lujito de detalles para que no os pille tan desprevenidas y en la inopia como a mí. Veréis, una o dos veces por semana imparto clases en una business school (que queda mucho más glamouroso que escuela de negocios). Mis masters del universo son chicos y chicas de entre veinte y treinta años. O sea, soy consciente de que esta cuarentañera se sumerge dentro de una coctelera de hormonas en plena actividad. Pero, ¿qué queréis que os diga? Entre la siete de la tarde y las diez de la noche, bastante tengo con el esfuerzo intelectual y no digamos con el físico de estar en pie tres horas seguidas.
Os pinto el escenario: noche cerrada de diciembre, un frío que pela en la calle, y que pela algo menos en el aula porque la calefacción está estropeada. Gorro, guantes, abrigos, bufandas… Apenas consigo distinguir los ojos durante mi charla sobre “Comunicación de crisis” (en la sociedad de los pingüinos).
De repente, un calorcito que comienza a subirme por el estómago estalla como un volcán (o eso creo) en mi cara y en mis orejas. El pingüino debe haber mutado en cangrejo y comento en voz alta:
- ¡Vaya, deben haber arreglado la calefacción de golpe, pero aún no controlan muy bien la temperatura!
Comienzo a quitarme gorro, guantes, abrigo y bufanda. Me quedo con mi monísima y finísima blusa naranja que resalta mi invernal tez alcachofa. Y, mentalmente, rezo porque el desodorante no me haya abandonado mientras detecto una sensación húmeda en el canalillo. ¡Qué digo húmeda, si aquello parece Iguazú!
Se acabó –pienso– voy a protestar inmediatamente a la dirección porque esto ya pasa de castaño oscuro. ¿Sudando yo? ¡Yo, que llevo toda la vida presumiendo ante mis amigas de que no sudo ni en una sesión de spinning!
Cuando alzo la vista, entro en estado de shock al comprobar que nadie –salvo servidora– ha notado la variación en la temperatura. Entre gorros, guantes, abrigos y bufandas intuyo miradas de sorpresa y alguna sonrisilla. A trancas y barrancas, consigo terminar mi exposición sobre “Comunicación de crisis” (mayoritariamente, en la sociedad de los pingüino, pero también en el Sáhara).
Al acabar la clase, telefoneo corriendo a mi personal gyn (que no está en el gimnasio de la esquina, sino que es mi ginecólogo de cabecera y sin embargo amigo, Carlos). Con este don de la oportunidad que tengo, le pillo cenando pero me tranquiliza y me dice que ya hablaremos. Me explica también que no estoy enferma, que no me preocupe y que me sucede algo que ya han vivido mi madre, mi abuela y la abuela de mi abuela. Probablemente, haya atravesado el umbral del climaterio (no son sus palabras, pero así suena como más trascendental).
Descartada cualquier connotación sexual de la palabreja (digo yo que se parece a clímax, ¿no?), cuelgo y llamo a mi santo para anunciarle con solemnidad:
- Querido, acabo de entrar en el climaterio.
- ¡Golfa! ¡De copas con los alumnos mientras yo brego con deberes, baños y cenas de los niños! –me espeta.
Hombres.