Julio 2, 2009
Queridas caris:
Con permiso de Aristóteles, Kant y otros filósofos que en el mundo han sido y serán, creo que todos los seres –incluidos los inanimados e irracionales- tiene sustancia o alma. Quizá es que soy muy prosopopéyica; o sea, que otorgo a las cosas cualidades humanas.
Por ello hablo constantemente con mi perro, mis plantas, los bichos del jardín y las cochinas palomas, mi coche y mi ordenador (al que, mayormente, me dirijo con insultos. Un día de estos me va a plantar cara).
Pudiera ser que las sustancias de las cosas se impregnen unas de otras cuando conviven. Como esos diagramas de Euler Venn donde dos círculos comparten una zona común. (Si hasta aquí no habéis entendido nada, no os preocupéis: yo tampoco.)
Toda esta palabrería pseudo-intelectualoide es para explicaros mi pasión recién descubierta por rehabilitar casas. Mi santo y yo nos hemos embarcado en la aventura de darle una segunda oportunidad a lo que era una ruina en un rinconcillo gallego.
Nos enamoramos del lugar. Imaginad un pequeño valle, surcado por un río en cuyo recodo se alza una casa de piedra y pizarra custodiada en lo alto por los restos de una torre del siglo XII. Como muchos lugares en Galicia, la casa se construyó con las piedras que se iban desmoronando del castillo. Y el nombre no puede ser más sugerente: Narahío.

Creo que, como sucede con las personas, hay dos formas de acometer una restauración. Una es el lifting, el botox y las inyecciones de colágeno que desfiguran, esconden el alma y se ocupan sólo de lo superficial, sin preocuparse de lo que ocurre en el interior. Otra, la que restaña heridas pero deja a la vista las cicatrices porque cada una de ellas cuenta su historia; la que sabe ver sus puntos fuertes y los resalta; la que apuntala sus debilidades con vigas de hierro sin pretender que se conviertan en columnas dóricas.
Puede que sea la distancia entre un instituto de belleza y un centro de cirugía plástica. O voy incluso más lejos y me atrevo a afirmar que es la diferencia entre pasar por el quirófano para retocar el exterior y por la consulta de un buen psicólogo o psiquiatra para reajustar el interior.
En cualquier caso, es imprescindible ponerse en buenas manos. Nuestro “terapeuta” particular en esta aventura ha sido Suso, un hombre que conoce a la perfección las antiguas técnicas constructivas de la zona y que cuenta con una cuadrilla de artesanos de los que ya no quedan; canteros y ebanistas que se toman su tiempo para descubrir piedras como almenas ocultas tras el ladrillo, para escuchar lo que las robustas vigas de castaño demandan. La prisa nunca es buena consejera para devolver algo a la vida, mal que nos pese a los urbanitas consumidores del todo y ya.
Ha sido un año largo cargado de ilusión y kilómetros. Pero ha merecido la pena. A partir de agosto, os espera a tod@s los que tengáis interés en disfrutarla una vista maravillosa; un jardín de manzanos y limoneros; una planta baja diáfana con cocina, comedor y salón; y otra donde las vigas de roble y castaño dibujan los techos de tres habitaciones dobles con sus tres baños.
Hannah Malauva
P.D.: Para más información y reservas, podéis contactar a través de joseluis.valdehita@objetivo10.com
Enviado por: Hannah Malauva
Junio 23, 2009
Queridas caris:
Cuando tomo una decisión, sigo dudando de si ha sido la más acertada. Soy un ser de naturaleza dubitativa, como la mayoría de las personas inseguras. Os cuento.
Tengo una amiga, una amiga íntima, una de esas “mejores amigas”, si no la mejor, con la que he compartido secretos, risas, lágrimas, alegrías y penas. O la tenía.
Hace unos meses, comenzó a tener problemas serios: con su pareja, con sus hijos, con su situación económica. Cada vez que intentaba hablar con ella, se deshacía en un mar de lágrimas. En varias ocasiones, le ofrecí –como tantas otras veces- una tarde de café y confidencias para que, al menos, pudiera desahogarse. No quiso o no fue posible. Sólo conseguí que me dijera que, como siempre, yo tenía razón y que su vida y ella misma eran un completo desastre.
Parte de nuestra relación se ha basado en ese juego: ella definiéndose como una persona que nunca estaba a mi altura; yo, intentando convencerla de que eso era una sandez a la que no encontraba justificación alguna. Veía en mi amiga cualidades (y aún las veo) que, según ella, eran puro espejismo por mi parte.
Es cierto que, a lo largo de los años, he hablado con ella mil veces sobre actitudes hacia sus seres queridos que me parecían erradas o injustas. Como en cualquier amistad, en ese camino de ida y vuelta ella también ha comentado mis decisiones, mis vivencias o mis errores. Ambas nos hemos aconsejado siempre con respeto y cariño, conscientes de que –por encima de nuestras diferencias- estaba nuestra amistad, nuestra sintonía vital.
Pero algo cambió de repente. Comenzó a esquivarme, a evitar por cualquier medio la posibilidad de un encuentro a solas para que pudiéramos hablar tranquilas. Al principio, pensé que necesitaba un margen de tiempo para charlar sin que un nudo le atenazase la garganta. Pero ese tiempo se alargaba cada vez más.
Los únicos testigos de que nuestra amistad seguía en pie eran los mensajes por el móvil (“Estoy aquí siempre que me necesites” o “Lo sé”), que cada vez escaseaban más. Cuando nos reencontrábamos en reuniones familiares o de amigos, nuestros besos de bienvenida y despedida tenían (y espero que aún tengan) idéntico significado.
No hubo un momento preciso en el que decidiera que no podía perseguirla más; que ambas somos lo suficientemente “mayores” como para recurrir a la otra motu proprio. Fue, más bien, una certeza que fue creciendo y asentándose poco a poco.
Pero bailo continuamente en la cuerda floja de la duda. ¿Habré hecho todo lo posible para acercarme a ella? ¿Seré yo la que se aleja y no al revés? Conozco de sobra mi acentuado hábito de encerrarme en mi misma cuando me acosan los problemas y siento que no puedo enfrentarme a ellos. Y no estoy hablando de mi amiga.
Siempre me había parecido observar en alguna gente mayor (sé que es un término muy elástico) cierta tendencia al egoísmo. Estoy empezando a justificarlo porque, cuando la vida te atiza garrotazos que te dejan seca, es natural huir de la tragedia como de la peste y refugiarse en la tranquilidad del “ojos que no ven…”. El problema es que el corazón siente incluso con los ojos vendados.
¿Envejezco? ¿Me estoy volviendo egoísta? ¿No puedo o no quiero hacer más? Ni idea. Sólo sé que no quisiera perder a una buena amiga.
Hannah Malauva
P.D.: Hablando de amigas, Nora ha superado con éxito su primer “chute” de quimio. ¡Sé fue de compras con su hijo mayor tras la sesión! Está contenta, feliz y “de subidón” porque esperaba efectos secundarios que –afortunadamente- no se han presentado apenas.
Como a ella, y para todas las que estáis viviendo de cerca la enfermedad, os recomiendo la web de AEERI (Asociación Española de Estética Reparadora Integral), www.aeeri.org. Verse bien es parte de sentirse bien.
Enviado por: Hannah Malauva
Junio 15, 2009
Queridas caris: Quizá por deformación profesional (me dediqué durante muchos años a la edición en revistas), corrijo automáticamente al mismo tiempo que leo. Desde los prospectos de las medicinas a las instrucciones de cualquier aparato, pasando por los subtítulos de la tele, voy a la caza y captura de la errata.
Claro que, a veces, me sale el tiro por la culata y la errada soy yo. Me pasó el otro día al ver escrito, en una caja de cereales, para una dieta balanceada. “Equilibrada”, pensé al instante. Pero después me fui al diccionario y comprobé que balancear significa también “igualar o poner en equilibrio, contrapesar”. Cosas de mi autosuficiencia castellana, tan maltrecha por otra parte en algunas geografías.
La convivencia con los inmigrantes hispanohablantes enriquece –además de otras cosas- nuestro idioma. Siempre he admirado la abundancia léxica de gentes que, con niveles culturales en apariencia inferiores, se expresan con mucha más claridad, elegancia y exactitud que algunos de nuestros políticos (véase la ministra Aído y su “ponerse tetas”).
Volviendo a los manuales de uso de aparatos varios, me gusta jugar a adivinar la nacionalidad del traductor, a imaginarle sudando tinta para adaptar expresiones a un idioma que sólo balbucea (aunque esto les sucede también a muchos de los nativos que los escriben).
Además de erratas, la literatura de las instrucciones contiene pura retórica de pleonasmos, hipérboles, reiteraciones, metáforas, redundancias y otras figuras cuyos nombres no recuerdo. Os traigo aquí una mínima muestra de mi colección particular.
• Para obtener información más detallada sobre el reciclaje de este producto, póngase en contacto con su servicio de deshechos del hogar. Algunos días, yo misma me metería gustosa en una bolsa para que me retiraran de la circulación.
• Por lo tanto, por lo tanto, limpie regularmente sus discos y la aguja del tornadiscos con cualquier juego de limpieza de discos, disponible donde su proveedor estéreo. Me gustan su insistencia, la denominación de tocadiscos… y, por supuesto, quiero un proveedor de esos.
• El accionamiento de puesta en marcha no se enclava cuando el aparato está enchufado: verifique la conexión. (sic)
• Si el cortacésped empieza a vibrar de modo anómalo, buscar inmediatamente la causa de las vibraciones y ponerle remedio. ¡Yaaaa loooo inteeeentoooo!
• Para cualquier operación de desplazamiento o transporte, servirse de la relativa empuñadura. A ver si nos aclaramos: ¿es o no es una empuñadura?
• Antes teníamos a las abuelas que daban buenos consejos y no existían los tejidos sintéticos; así era fácil lavar. Hoy tu lavadora te ofrece muy buenos consejos y te permite incluso lavar lana tal como podría hacerlo una experta lavandera a mano. Estoy por ir a la tienda con mi madre y cambiarla por este útil electrodoméstico.
• Tu lavadora es una amiga: bastan unos pocos y pequeños cuidados para recompensarte con tanta fidelidad y dedicación. Trátala cuidadosamente y lavará para ti durante años y años. Dudo entre irnos de copas o llevármela al cine.
• En caso de suciedad obstinada, utilice un producto específico para limpiar el horno. Las amas de casa sabemos que hay suciedades que no dan su brazo a torcer así como así.
• Para minimizar el cambio de rodamiento, subversión u oscilación, hay que evitar acostarse en los bordes de la cama de aire. Hay artilugios realmente revolucionarios.
• Arrempugen la cintura para arriba si lo quieren gordo, al medio si lo quieren medium y bajo si desean ser muy finos. A medio camino entre lo sexual y la parapsicología, se trata de un aparato para hacer rollitos griegos con envoltura de hoja de parra y rellenos de arroz y carne. Pero lo de la parra está muy bien traído.
Dejo fuera de esta pequeña muestra todas las advertencias para no sumergir en agua los aparatos eléctricos (especialmente si están enchufados); no introducir los dedos (de manos o pies) entre cuchillas en funcionamiento; mantener a niños y animales domésticos fuera de su alcance; y verificar si lo hemos conectado a la corriente o pulsado la tecla On cuando no se pone en marcha. Y, por supuesto, llamar al servicio técnico en caso de que no funcione ni por esas.
¡Feliz lectura!
Enviado por: Hannah Malauva
Junio 9, 2009
Queridas caris:
Llevo varios días intentando buscar un tema bucólico-festivo para este post. Pero no puedo. El tiempo, al menos en la sierra madrileña desde donde escribo, tampoco acompaña: hace un día gris de viento y lluvia.
La semana pasada recibí una mala noticia. Mi amiga me llamó para decirme que la biopsia de ese pequeño bulto que se había notado en el pecho había confirmado su malignidad. También quería saber qué se sentía con la quimio, cómo se afrontaba una noticia de ese calibre, qué recursos tenía que buscar dentro de ella.
Apenas pude balbucear unas cuantas tonterías. Sé que lee este blog y, por eso, quisiera decirle muchas cosas que en aquel momento de bloqueo se me quedaron en la garganta.
Quisiera decirle que no se asuste ante la palabra maldita; que el cáncer, y especialmente el de mama, es hoy en día una enfermedad con un altísimo porcentaje de curación.
Quisiera decirle que el amor de sus hijos, su marido, su familia y sus amigos la harán fuerte durante el combate. Pero que no intente llevar esa fortaleza al límite porque los momentos de bajón llegarán. Quisiera decirle que no luche contra ellos a toda costa, porque tendrá todo el derecho del mundo a sentirse débil y a manifestarlo.
Quisiera decirle que se tome esto como una carrera de obstáculos cuyas vallas irá saltando de una en una: primero la quimio, luego la operación, después la radio… Quizá, la terapia anti-hormonal, que pone de mala leche y es una excusa perfecta para justificar arrebatos varios.
Quisiera decirle que busque apoyo psicológico si lo necesita, que no es ninguna deshonra en momentos como éste (ni en ningún otro) y que hay excelentes profesionales especializados en terapias para pacientes oncológicos.
Quisiera decirle que confíe en sus médicos (me consta que ya lo hace). Pero que pregunte absolutamente todo, cualquier duda que se le venga a la cabeza sin importar si a ellos les parece o no ridícula, porque parte de la tranquilidad deriva de la certeza sobre lo que va o no a llegar.
Quisiera decirle que consulte también con un nutricionista, porque suele ser un tema al que los oncólogos, centrados como es lógico en lo esencial, no dan la importancia que merece.
Quisiera decirle que, aunque le insistan en que lo importante es curarse y no el aspecto físico –que lo es-, el mirarse al espejo impactará su ánimo. Pero que también hay profesionales de la estética como Ángela Navarro que han investigado sobre recursos para verse mejor durante los tratamientos.
Quisiera decirle que, en cada nueva revisión (yo las llamo ITV), volverá a sentir el nudo en el estómago y el miedo en la garganta, aunque aprenderá a convivir con esas sensaciones.
Quisiera decirle que el buen humor es la mejor de las terapias, que libera endorfinas, las mismas que generamos cuando comemos chocolate o hacemos el amor y que refuerzan el sistema inmunológico, especialmente si está debilitado en casos de enfermedad.
Quisiera decirle que, aun sin explicaciones científicas, los médicos comprueban cada día cómo una actitud positiva acelera los procesos de curación.
Quisiera decirle que, dentro de un año, estaremos las dos riéndonos, comparando talla de sujetador y compitiendo por ver quien la tiene más grande (la cicatriz) o ha padecido los mejores chutes.
Quisiera decirle que, después, no volverá a ser la misma, sino mejor; que verá la vida con otros ojos, valorará más las cosas sencillas y lo que de verdad importa (aunque ella es una mujer inteligente que lo hace desde hace tiempo), como le habrán demostrado con la máxima entrega de amor sus hijos y su marido.
Pero lo que en realidad quisiera es abrazarla ahora mismo, compartiendo en silencio todo lo que no pueden expresar estas palabras torpes, todo lo que ese contacto de la piel significaría. Entre otras cosas, un te quiero enorme, un estoy allí contigo a pesar de la distancia.
Enviado por: Hannah Malauva
Mayo 29, 2009
Queridas caris:
Voy a confesaros una adicción: soy una drogadicta de los libros de autoayuda (¿self-help-book-adict, diría un snob?) Los devoro con fruición y, lo que es peor, me los compro; nada de ir a la biblioteca o pedirlos prestados. La nena necesita droga de primera mano.
He probado de todo. Desde equilibrar mis yines, mis yanes y mis chakras, descubrir los secretos ocultos de mi mente y corregir mis zonas erróneas, hasta estimular mi autoestima, mi creatividad o mi productividad; pasando por perfeccionar mi gestión del tiempo, mis dotes de comunicación, las relaciones con los demás o mi apreciación de la felicidad en los gestos cotidianos; sin olvidar las guías para sanar mis emociones, controlar mi ira, desarrollar mi inconsciente consciente, escuchar mi voz interna, aprender a relajarme, elaborar mis duelos, potenciar mis puntos bionergéticos o librarme de mis miedos.
Intento llevar a la práctica la teoría que aprendo. Al menos, durante las dos horas posteriores al término de la lectura.
Si hay algo que todos esos libros tienen en común es la insistencia de sus autores en que hagamos listas: de nuestros defectos y virtudes; de cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo lo hacen los demás; de nuestros éxitos y fracasos; de nuestros objetivos realistas y de los inalcanzables… ¡Pero qué manía!
Sin embargo, me ha sucedido algo esta noche pasada. He tenido un sueño y he logrado interpretarlo.
Os cuento: iba como pasajera en la tercera fila de un extraño avión con un interior diáfano, sin separación entre la cabina de la tripulación y los asientos. El comandante de la aeronave es un tipo atlético y moreno al que, de repente, le da una especie de brote iracundo que nos pone a todos en peligro mortal de estrellarnos. Mientras tanto, el copiloto se asusta de tal manera que es incapaz de reaccionar y se queda paralizado, encogido, mirando al otro con ojos aterrorizados, como platos. El piloto intenta un aterrizaje de emergencia tras cortar –como si fuera mantequilla- la parte delantera de la aeronave con un cutter (a mi no preguntéis, los sueños son así).
Con el boquete abierto en el morro, el descenso es –sin embargo- suave. Es de noche y se vislumbra un camino de tierra con árboles a los lados. Por el sendero se intuyen las sombras de dos jóvenes, uno más alto que otro, tocados con sendos sombreros vaqueros. Caminan hacia una mansión iluminada al fondo. Tiene una gran escalinata central de mármol, perfilada por una balaustrada clásica. La fachada está pintada en ese tono burdeos de algunas villas toscanas (las he visto en las revistas de decoración, otra de mis drogas favoritas), que contrasta con el blanco de puertas y ventanas.
Los dos muchachos se agachan de repente, sobresaltados por el rugido de los motores. Milagrosamente, salvan sus vidas mientras el avión se dirige hacia un choque inexorable con la mansión. Desde mi tercera fila, me parece mucho más sólida que el aparato.
Sin embargo, y a pesar de las circunstancias, mantengo en todo momento una actitud de tranquilidad y sosiego. La casa se acerca. Diez metros, cinco, cuatro, tres… Lentísimo fundido a blanco.
Me despierto empapada en sudar y, tras reflexionar sobre el sueño, cojo la libreta y el lápiz que tengo en la mesilla de noche. Por primera vez pongo en práctica las recomendaciones de los autores. Esta es la transcripción de mis notas:
• Yo soy el piloto, en mi versión más temida (por mi misma) de descontrol absoluto.
• Yo soy el copiloto, atenazada por el miedo y la inseguridad.
• Yo soy la pasajera tranquila de la tercera fila.
• El avión es un símbolo del viaje de mi vida.
• La mansión es a donde quiero llegar, un lugar seguro y sólido, que resistirá el choque con todos mis otros “yo”. También puede ser mi santo, con idéntico resultado.
• Los dos jóvenes pudieran ser mis hijos.
Juro que no me tomé nada antes de dormir. Ni tampoco lo he hecho para escribir esto.
¿Queréis contarme vuestros sueños y cómo los habéis interpretado?
Enviado por: Hannah Malauva
Mayo 22, 2009
Queridas caris:
Enfrentándome al tema de esta semana y repasando los últimos posts, creo que podríais acusarme con razón de parecerme, cada vez más, al Capitán Tan. (¿Os acordáis de él, de Valentina, Locomotoro y los Hermanos Malasombra, malos de verdad y más malos que la quina? A la memoria audiovisual se une la del paladar, que me trae sabores de bocata con mantequilla y azúcar.)
Pero no puedo evitarlo. Nunca he sido buena inventando historias. Todo lo más, disfrazando –habitualmente mediante la exageración- la realidad que me rodea. Intuiréis ya, hábiles e intuitivas blogueras, que quería hablaros de mi viaje a La Rioja. Prometo no castigaros con los detalles.
Cuatro días en compañía de ocho parejas dan para mucha observación y reflexión; descartando naturalmente las obtenidas en los momentos más, digamos, “enológicos” del viaje.
Pensando en los distintos momentos en los que chicas y chicos hemos estado tanto juntos como separados, he llegado a algunas conclusiones (seguramente insustanciales, subjetivas y generalizadoras):
.- Nosotras somos más independientes. Quiero decir que si, llegado el caso, a unas les apetecía leer, a otras irse de compras y a otro grupo enzarzarse en una charla sobre la crisis económica, pues se hacía y ya está, sin reproches ni miradas reprobatorias por parte de las demás.
- Ellos son más gregarios. Salvo episodios de retiradas forzosas (léase saturación de momento enológico), parecían sentir la necesidad de hacer lo mismo todos juntos, especialmente si nosotras no estábamos.
- La camaradería es masculina. Dice la RAE que se trata de la “relación cordial entre camaradas”. En el adjetivo está la clave: sus relaciones son cordiales, sin entrar en más profundidades. Sobre todo, al evitar la complejidad, nunca afloran problemas de calado.
- La amistad es femenina. Me remito de nuevo al diccionario para verificar que, entre nosotras, hay “más afecto personal compartido”. Es decir, más confidencias, confesiones, intimidad… Y también –como consecuencia de todo ello-, más disputas, desavenencias, discordias.
Las chicas pasamos algunas de las horas más divertidas del viaje en un SPA. Fue una tarde de confidencias y risas entre burbujas, masajes y vapor cual pandilla de adolescentes.
Nuestras edades abarcan un rango entre los 40 y los 60 años. Algunas ya son abuelas, otras están preparando bodas y las demás aún tenemos hijos en el cole o en la universidad. Pero pude comprobar que absolutamente todas sentíamos pasión por la vida y nos habíamos desprendido ya de preocupaciones absurdas y prejuicios estúpidos que suelen lastrar etapas anteriores.
¡Me encanta esta edad!
Hannah Malauva
P.D.: De los muchos lugares a visitar en La Rioja, no me resisto a recomendaros dos, uno para visitar y comer y otro para descansar y dormir: Las bodegas de Rioja Alta , en Haro. Y el hotel de turismo rural La casona del pastor, en Valgañón, regentado por Jon –autor tanto de la rehabilitación como de la cuidada y confortable decoración- y su madre, Gloria -cuyos desayunos os darán fuerza para todo el día-.
Enviado por: Hannah Malauva
Mayo 14, 2009
Queridas caris:
Como en muchos aspectos de la vida social, nosotras tenemos una gran desventaja a la hora de preparar un viaje. Esta honda reflexión me venía a la mente mientras me sacudía un sobresalto contemplando a Susan Sarandon en una escena de cama de Pasión sin barreras (1991), que relata los encuentros sexuales entre una mujer y un hombre de edades y clases sociales diferentes. La Sarandon luce en ella un cuerpo estupendo… y, además, una pelambrera en las axilas que casi me hizo caer del sofá.
No pude terminar de ver la peli. El motivo no fue el mencionado susto, sino mi santo que, como es habitual en él, me sacó de mi enmimismamiento al grito de “¡¿Todavía no has hecho la maleta?!” (escribo los signos de interrogación y exclamación porque aún no he dilucidado si fue una pregunta o una interjección).
Claro, ellos lo tienen fácil: meter la ropa (eso suponiendo que se hagan su propia maleta, que no es el caso de todos); y, como mucho, afeitarse antes de salir. Pero a nosotras la cosa se nos complica muchísimo más. Dejando aparte toda la intendencia que hay que dejar prevista cuando te marchas dos o tres días -tanto si los colocas como si dejas en casa hijos, suegros, padres, perros, gatos o plantas (incluso todo a la vez)-, mi estado previo de revista personal incluye las siguientes dudas:
• ¿Debería ir a la pelu? (pertinaces raíces blancas asomado descaradamente sobre el tinte castaño)
• ¿Y depilarme? (enhiestas y negrísimas cerdas en la “línea del biquini”, en las piernas, alguno en la barbilla –cosas de la edad- y un sombra sobre el “labio superior”)
• ¿Manicura y pedicura? (aún me muerdo los pellejos; para los pies necesito una lupa porque ya ni me los veo)
• ¿Algo de bronceado exprés? (no he estrenado todavía las toallitas bronceadoras que me recomendó Esther)
Como en muchas familias, procuro estrujarme el cinturón y sacudirme los gastos superfluos. Entre ellos, peluquería, depilación, pedicura, manicura y cabina de rayos UVA, aunque nunca he llegado a ejecutar esta última partida presupuestaria, como os contaba hace poco.
Pero hacerse una misma todo eso supone tiempo, mucho tiempo. Y al igual que hace ya décadas que mis equipajes son bastante livianos (el aprendizaje comienza cuando los niños son pequeños y tienes que reducir tus propios bultos ante sus porsiacasos), también he aprendido a relativizar mi equipaje de dudas.
¿Canas? Un poquito de maña con la laca y el cepillo. ¿Manicura y pedicura? Si hay tiempo, bien; si no, lo justito: cortar y limar. Sin embargo, no consigo pasar por alto la depilación: quizá porque he interiorizado tanto un determinado concepto estético que me veo sucia y deslucida cuando asoma el vello enemigo.
Siempre he sentido envidia de las guiris que visitan nuestras playas sin pudor alguno de mostrar sus pelambreras axilares o perniles. A Dios gracias, las cosas han evolucionado mucho y ya tenemos epiladies y ceras tibias o frías (¿os acordáis de los berenjenales con el cacharro y la peste a cera por toda la casa?). Y siempre nos quedará la cuchilla para salir del paso.
Lo dicho: pasa una eternidad hasta que puedo hacer la maleta. Me marcho con un grupo de amigos (somos 18: en nuestro entorno no existe la expresión “petit comité”) a La Rioja. Organizamos cada año unas jornadas gastronómicas que tocan ahora en ese rincón privilegiado de nuestra geografía. Y mientras ellos se van a catar lo que quede de vino, nosotras hemos decidido cortar la maratón de comercio y bebercio (también hay visitas culturales, no vayáis a pensar…) con una escapada a un spa durante una tarde entera. He aquí la clave de mi obsesión depilatoria.
¡Feliz puente de San Isidro a todas las que podáis disfrutarlo!
Enviado por: Hannah Malauva
Mayo 6, 2009
Queridas caris:
Hablar de lujos con la que está cayendo parece, cuanto menos, superficial. Sin embargo, observo que en los medios de comunicación aparecen cada vez con más frecuencia reportajes sobre artículos y servicios que –desde siempre- han estado sólo al alcance de una minoría. Es como si las marcas destinadas a los ricos dijeran algo así como “Vale, pero a nosotros y a nuestros clientes esto nos importa un higo”. Todo escudado en un “No pensamos rebajar la calidad de nuestros productos aunque vendamos menos”. Y aún tiene una que leer soplagaiteces tipo “El lujo hace soñar a los que menos tienen”. Con su pan se lo coman (esas firmas y los que pueden comprarlas).
Nadie duda ya de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Estoy segura de que todas conocéis a algún vecino o amigo sobre el que os habéis preguntado en algún momento cómo podía comprarse ese cochazo con su sueldo o veranear con toda la familia en Cancún.
Sin generalizar, las que hemos trabajado para la empresa privada también sabemos algo de la avaricia por los beneficios a costa de sueldos indignos, trabajos temporales y desprecio absoluto por el capital humano. Expresiones tan de moda como “gestión del talento”, “responsabilidad social corporativa”, “transparencia” o “ética empresarial” no han sido sino meros floreros (sin agua ni flores) en algunas compañías. Y como siempre, los primeros que se van al traste son los más débiles del sistema: trabajadores y autónomos, que suponen el 80% del entramado empresarial español.
Esto no quiere decir que abomine del sistema de libre mercado, ni que piense que todos los empresarios estafan. Nada más lejos de mi opinión: quiero creer que la mayoría es gente emprendedora que se arriesga y crea empleo.
Luego están los políticos. Tampoco dudo de que muchos sean honrados, pero la ventaja de vivir en un pueblo pequeño es que puedes observar de cerca cómo algunos alcaldes entran con un Panda y salen en un Audi 8. O cómo la misma rotonda va por su enésima obra para colocar una escultura absurda. Pero no hay dinero para un simple censo de personas con discapacidad, un centro especial de empleo o más trabajadoras sociales.
Hace unos días también me llamaba la atención un curioso artículo. Explicaba que, en épocas de crisis, se dispara la venta de productos cosméticos. Si durante la Gran Depresión del 29 en Estados Unidos batieron récord los pintalabios, resulta que ahora, en España, las mujeres estamos arrasando con maquillajes, coloretes y sombras de ojos. Eso sí, de marca blanca: nada de chaneles, diores, ni lancômes, sino más bien de Kristian Dios, como diría nuestra impagable Valle.
Mi legendaria ignorancia inlcuye los temas económicos, lo que quiere decir que no tengo las recetas para salir de la crisis. Pero intuyo que algo tendrá que ver la vuelta a determinados valores. No estoy hablando de religión (aunque respeto a quienes la tienen o vuelven a ella), sino más bien de la diferencia entre el ser y el tener.
Ésta es una muestra de mis lujos:
• Cinco minutos de cosquillas en el sillón con mis hijos.
• A falta de presupuesto para el spa, que mi santo me haga las burbujas en la bañera de casa.
• Redescubrir al fondo del armario una blusa que, veinte años después, ha vuelto a ponerse de moda.
• Pasear por el campo con mi perro.
• Escuchar el silencio.
• Conseguir que mi cabeza deje de funcionar como una olla exprés durante tres minutos seguidos (la brocha gorda –versión paredes y muebles- ha sido mi salvación y vocación tardía).
• Dormir más de tres horas seguidas sin despertarme.
• Ver el mar desde mi cama en Galicia.
• Hacer las paces con mi cuerpo y mis achaques menopáusicos.
• Prescindir de la gente que no me interesa.
• Engancharme a un libro, aunque los críticos le resten valor al tacharlo de best-seller (me ha pasado con los de Stieg Larsson)
• Al igual que Nora, compartir con vosotras este blog como si fuéramos viejas amigas alrededor de un café y descubrir gente nueva. ¡Bienvenidas Cata y María Coimbra!
Enviado por: Hannah Malauva
Abril 28, 2009
Queridas caris:
Hay palabras cuya fonética y significado toman caminos divergentes. A veces, la primera es mucho más hermosa que el segundo, y viceversa. Incluso puede darse uno u otro caso en función de quien hable. Porque la apreciación de lo bello -sea en los sonidos, en la forma de designar la realidad o de representarla a través de cualquier arte- no deja de ser un acto subjetivo.
Por poneros un ejemplo: aunque a mí la palabra “primavera” me suena espantosa, muy por debajo de lo que se supone que representa como estación del año en la que la naturaleza estalla de vida, hay gente a la que se le pone cara de adolescente embobado con sólo pronunciarla.
A mi santo (estoy segura), le importará un cuerno esa fonética, que siempre será más amable que un contenido real donde -para él- reinan el estornudo, el picor de ojo y la rinitis. Esa cursilada del párrafo anterior queda sepultada por un montón de kleenex y la necesidad de encerrarse en casa a cal y canto.
Todo este rollo cultureta que me acabo de marcar no es sino para deciros que hay palabras horrendas (creo que la fonética y el significado de este término están a la misma altura; fijaos bien: h-o-r-r-e-n-d-a-s. ¿No es h-o-r-r-o-r-o-s-o?).
Pero si hay un grupo de palabras especialmente feas, son aquellas relacionadas con la ropa interior y la higiene femenina. La revista AR lucha por desterrar del vocabulario términos como “cuarentona” y “cincuentona” para sustituirlas por “cuarentañera” y “cincuentañera”. Propongo suprimir las que a continuación os detallo, intentando buscar alternativas para que se extienda su uso:
-Braga (una amiga llama a esta prenda braulia; no me parece una mala idea)
-Tanga (aunque el diccionario dice que este vocablo tupí es masculino, hay gente que lo empeora aún más: “la tanga“)
-Sostén (sujetador es igual de espantoso)
-Faja (la publicidad conoce nuestra aversión por el nombre y, ahora, se inventa palabras en inglés -tipo slim you- que, al menos, suenan mejor)
-Enagua (no se porqué, pero siempre me ha parecido nombre de bollo: ¿con crema o con nata?)
-Compresa (a falta de una idea original, me decanto también por una adaptación del inglés al estilo “toallita íntima”)
-Tampón (hoy sólo se me ocurren barbaridades)
Esta semana, os reto a todas a inventar palabros nuevos para estas prendas y objetos o a buscar sinónimos que suavicen la fonética de su significado. ¿O es al revés?
Enviado por: Hannah Malauva
Abril 20, 2009
Queridas caris:
Os escribo hoy desde Barcelona. Estoy en la Ciudad Condal por motivos de trabajo. No sé si seré una mala esposa y madre, pero estas escapadas de una o dos noches fuera de casa, con toda una habitación para mi solita, me parecen un lujazo que recarga mi escacharrada batería vital. Eso sí, a partir del segundo día me pongo mustia porque empiezo a echar de menos a mi santo, a mis vástagos, a mis padres, a mi perro y hasta a mi suegra.
En algunas ocasiones, por mi actividad laboral, aterrizo en un mundo que me es ajeno. Es éste un entorno de restaurantes de lujo, cochazos con chófer, aviones privados, propiedades en el extranjero, entrenadores personales, ropa de marca y vacaciones en lugares exóticos. Por aquí transitan como pez en el agua rostros más o menos conocidos del mundo de la televisión.
La mayoría es gente normal, con sus aficiones, preocupaciones (entre las que no está pagar la hipoteca), curiosidades… Algunos me escuchan cuando tengo oportunidad de hablar. Otros no se dignan ni mirarme, como si supieran que no pertenezco a esa tribu tan especial. Y casi todos se preguntan qué hace una chica (es un decir) como yo en un sitio como ése.
A mi, a veces, me falta el aire.
No hace ni un mes estaba en Ibi, una villa alicantina que fue capital española del juguete antes de que se la llevara por delante el tsunami de los precios chinos. Me tocaba moderar allí una mesa redonda sobre enfermedades raras organizada por Fide Mirón, presidenta de la asociación ADIBI.
Fide es una mujer de 35 años que padece porfiria de Gunther, un extraño mal que se ha llevado por delante sus manos, su nariz y sus labios. Pero que no ha podido con una inmensa fuerza interior que la empuja a luchar por todos los que padecen enfermedades como la suya y/o alguna discapacidad.
Allí también conocí a Javier, padre de una niña con síndrome de Rhett. Javier es una de esas personas en las que se adivina el amor como motor vital de una lucha interminable.
Y cada mes de julio, desde hace unos años, vuelvo a la albaceteña Hellín, donde la gente de ASPRONA siempre me recibe con los brazos abiertos. Escucho los problemas de una familia con seis hijos, dos de los cuáles tienen síndrome de Down; o de una madre preocupada porque su chaval, con veinte años, se ha quedado sin plaza en el centro de día; o de una chica con discapacidad intelectual que se quedó embarazada por la ignorancia de unos padres preocupados tan sólo de su asignación mensual.
De lugares como Ibi o Hellín, siempre me marcho con la sensación de que recibo muchísimo más de lo que puedo ofrecer.
Puede que mi mundo esté a caballo entre esos dos. Pero cada vez me cuesta más subir las escaleras y mucho menos bajarlas. Sólo espero que no sea, exclusivamente, una cuestión de ego.
Enviado por: Hannah Malauva