Diciembre 3, 2008
Queridas caris:
Desde mi retiro agustino (por el nombre del lugar donde vivo y escribo, no porque haya tomado los hábitos), leo mucho. Sobre todo revistas, que son mi gran fuente de información sobre tendencias, dada mi escasez de vida social. Y mayormente, de esas que los publicitarios engloban dentro del “sector femenino”: ya se sabe que nuestros escasos cerebros sólo dan para recetas de cocina, belleza y moda, relaciones de pareja o el cuidado de los niños, incapaces de alcanzar las altas cotas intelectuales de la actualidad política, la divulgación científica, la historia, la literatura o las artes deportivas y del motor, póster de maciza mediante.
Dejando al margen las del cuore u otras vísceras, es cierto que “nuestras” revistas llevan lustros haciendo un esfuerzo por ofrecernos algo más que punto de cruz y remedios caseros para limpiar la plata; que se han enriquecido con secciones de cultura, ocio y espectáculos, viajes y temas de actualidad; que incluso –como AR, la cabecera para que la que escribo- demuestran una sensibilidad novedosa basada en la filosofía del “hay vida más allá de los 40”.
Pero –queridas mías- la meditación y la observación, artes estas que practico últimamente con devoción (ya os avisaré cuando consiga levitar), me han hecho percatarme de un detalle importante: como el resto de los medios (y del primer mundo en el que vivimos), también padecen un trastorno bipolar. No es mi intención burlarme de este serio problema psicológico. El diccionario tiene adjetivos preciosos y precisos como “incongruente” o “incoherente”, pero –tras otro ratito de meditación- he decidido que no reflejaban con suficiente claridad la condición de “enfermedad”.
Porque creo yo que, por poner un ejemplo, los diarios de información general están un poquito trastornados cuando, tras alzar sus voces contra la prostitución y sus redes, insertan en sus mismas páginas cienes de anuncios con reclamos de prostitutas (y me apuesto un sofoco a que no controlan si los que pagan dichos anuncios se dedican al tráfico de mujeres o las hacen un seguro sanitario).
En nuestras revistas para mujeres adultas y modernas, tampoco entiendo muy bien por qué las modelos no aparentan más de quince años. O por qué junto a un artículo sobre lo importante que es -pasada la frontera de los cincuenta- la paz interior, la sabiduría y el equilibrio, hay otro sobre las ventajas del bótox y las últimas armas contra la celulitis. O cuando en una página me convencen de que debo aprender a vivir con mis arrugas, a la siguiente tengo que combatirlas con todo un arsenal de cremas requetecarísimas. Y si me explican la crisis económica y algunas recetas para sobrevivir a ella, después me sueltan una tanda de artículos de lujo, “a cuyas marcas no afecta la crisis”. Y si la edad no importa, ¿por qué las sugerencias para recibir el nuevo año a los 20, los 30 y los 40 no van más allá? ¿Será que después de los 50 ya no tenemos derecho a fiesta de Nochevieja y tenemos que celebrarla en casa con el pijama puesto????!!!
En el colmo del paroxismo, el siguiente anuncio: La belleza está en el interior. Crema anti-edad. Ítem más, encuentro un reportaje tremendo sobre sida infantil junto a abrigos que no bajan de mil euros el ejemplar.
Leo también que bastan 134 millones de dólares para salvar de la muerte por virus a seis millones de niños de países en vías de desarrollo (eufemismo para no llamarlos pobres). Mientras aquí, en los países desarrollados (o sea, muy ricos), esa cifra multiplicada por muchos ceros sirva para “salvar” de la crisis a los que nos han hundido en ella (vale, pero la utopía es lo que hace progresar a la Humanidad).
Definitivamente, el mundo está enfermo. En mi retiro agustino, vuelvo a la posición del loto para meditar sobre ello… y sobre lo que voy a pedirles a los Reyes Magos. Lo he visto en las revistas, sección sugerencias de “regalos para ella”: ¡la depiladora láser de uso doméstico!
Ommm…
Enviado por: Hannah Malauva
Noviembre 24, 2008
Queridas caris:
Lo malo de ser una free-lancera bengalí de tres al cuarto (dícese de aquella periodista que malvive de las colaboraciones) es que nunca me invitan a saraos de alcurnia. Hecho que, por otra parte, agradezco enormemente porque me importan un carajo los nuevos diseños en joyería, el champán personalizado o los guateques y aniversarios varios de la jet. Así que pulo mi analfabetismo social sumergiéndome de vez en cuando en las crónicas del papel cuché.
Mientras observaba a aquellas mujeres de photocall (que no es una agencia de modelos, sino una profesión muy lucrativa) posar ante los ídem, fui pergeñando esta reflexión que hoy os traigo. Porque ellas -perfectamente manicuradas, pedicuradas, depiladas, peinadas, bronceadas y delgadas- son mis antípodas.
(Me explico con más detalle porque así, a bocajarro, no se entiende muy bien pero es que hay lunes más espesos que otros.)
Lo que quiero decir es que Coco Chanel no tenía razón cuando dijo (¿fue ella?) aquello de que, cuando el calor aprieta, no se puede ser sensual. En mi caso, la llegada del frío y la lluvia coinciden con la hipótesis contraria. Lo confirman los siguientes hechos:
.- Las braulias de cuello vuelto vuelven al primer plano de mi cajón de lencería. ¿Quién quiere lucir encaje bajo toneladas de ropa?
.- Apuro la cita con el momento cera o epilady hasta extremos en los que mis extremidades inferiores serían la envidia en los anuncios de melenas porque yo lo valgo. Total, para eso se inventaron los pantys opacos, antes llamados leotardos.
.- La peluquería me causa idéntica pereza, por lo que acabo adoptando el look Cruella de Ville. De la manicura, mejor ni hablamos.
.- Salgo a la calle disfrazada de porteadora de Amudsen, con la precaución de envolverme en varias capas por si se presenta un sofoco. Definitivamente, mi silueta pasa así a la categoría de “cilindro” de dimensiones tipo calentador de agua.
.- A ese perfil ayuda sobremanera mi pasión por esos guisos de cuchara (patatas riojanas, alubias blancas, callos con garbanzos.) que son la especialidad culinaria de mi santo.
.- En invierno, ya me gustaría tener la “tez aceitunada” que citan los poetas, pero en mi caso creo que tira más a alcachofa pasadita. Imposible combinar con cualquier color decente, así que acabo siempre en el negro que, además, adelgaza ópticamente (según todas mis fuentes consultadas). Me consuelo pensando que (también según las mismas fuentes) es el “color de la crisis” y que “nunca pasará de moda por su elegancia”.
Mientras hojeo las páginas de las revistas, intento calcular la cantidad de horas que esas mujeres del cuché tienen que dedicarse a estar siempre perfectas, también cuando hace frío. Y no sé si envidiarlas o sentir lástima.
Aún falta casi un mes para que llegue la estación pero, caris queridas, yo ya estoy metida en pleno invierno.
Enviado por: Hannah Malauva
Noviembre 17, 2008
Remoloneó todo lo que pudo y un poquito más. Aprovechando que tenía que acompañar a su madre al médico, le dijo:
- ¿Por qué no consultas con el doctor y te haces la revisión?
No tenía argumentos para decir que no. Así que se hizo los análisis y llamó para pedir cita. Una semana después, volvió de nuevo a la consulta.
- Todo parece estar en orden- comentó el médico tras estudiar los resultados de la analítica.
-Entonces, ¿no vas a tener que explorarme?- preguntó mientras suspiraba con alivio. Quizá, pensó, en esta ocasión podría librarse.
-Pues, a la vista de esto- respondió el doctor señalando el informe- no tendría porqué pero vamos a hacerlo para quedarnos más tranquilos- añadió mientras ponía la mano en su hombro y empujaba suavemente hacia la camilla.
-Ya sabes cómo va esto, ¿verdad?- inquirió mientras se enfundaba los guantes de látex.
Se quitó la ropa de cintura para abajo y se sentó.
-¿Así?-, preguntó.
-No, no. Boca arriba y cogiéndote las rodillas.
“Bueno”, pensó. “No es un plato de gusto, pero tampoco tan desagradable como me habían contado”.
-Te confirmo que estás estupendamente- dijo el médico poco después.
Llegó a casa contento, como siempre, y se dejó caer en el sillón.
-¿Qué tal ha ido?, le preguntó su mujer.
-Hannah, me ha dicho que todo está perfecto pero. ¡me han desvirgado!- estalló en una carcajada.
Ella refrenó su primer impulso y se mordió la lengua para no decir aquello de “pues imagínate lo que es estar abriéndote de piernas una vez al año, desde hace treinta, ante el ginecólogo”. Prefirió mirarle con cariño y acompañarle en su risa.
Enviado por: Hannah Malauva
Noviembre 11, 2008
Queridas caris:
Me hallaba devanándome los sesos sobre cómo encajar la victoria de Barack Obama en un blog sobre menopausia, cuando decidí darme una vuelta por vuestros comentarios (que es como darse un baño de ego, porque tengo constancia de que alguien me lee).
Está claro que os va la marcha, especialmente a Valle, Esther y Nora. Así que me planteé escribir sobre el tema (ya sabéis, del único).
Dudando estaba (un sinvivir: o me devano o dudo) cuando, de repente, me tropecé de madrugada con un simpático joven: desde la pantalla del televisor, se empeñaba en explicarme las virtudes de un “electroestimulador con dos zonas diferenciadas de deslizamiento que harán las delicias de la zona G”. Y no, no había puesto ningún canal “rarito” porque acababa de terminar una peli de vaqueros.
Extrañamente, no salté en la cama ni desperté a mi santo (que roncaba como un bendito) para compartir la experiencia. Lo que sucedía es que todo se explicaba de una forma tan natural que no le otorgué la más mínima importancia, más allá de un “cómo han cambiado los tiempos”.
Poco después, siguió otro sketch sobre las bolas chinas, éste con reportera en la calle preguntando a las viandantes si conocían el uso del artilugio. Muchas –también las de más edad- respondían afirmativamente e, incluso, explicaban que se las había recomendado su ginecólog@ para recuperar el suelo pélvico después del parto o superar la inconveniente incontinencia.
“Claro, Hannah”, me dije yo a mi misma a esas horas de la madrugada. “La clave está en la naturalidad. ¿Por qué no vas a poder escribir a tus caris de sexo?”. “Pues claro que puedes”, me respondí. Y me añadí con chulería un “eso está chupao”.
Pues aquí me hallo, en esa tesitura. Nunca me ha importado mucho lo que la gente hiciera con su cuerpo –siempre que fuera consentido- de puertas adentro. También me siento incapaz de decidir que es “demasiado” o “demasiado poco” en cuanto a frecuencia. Y según en qué momento de la semana, una cosa se convierte en la otra con una facilidad pasmosa.
Algunas amigas me comentan que, con la menopausia, se han vuelto muy fogosas. Otras, que todo lo contrario y que el “tema” les da una pereza tremenda. Ellos también pueden ir de un extremo al otro.
Pero, ¿quién es nadie para decirnos lo que es normal y lo que no? Y esto puede aplicarse tanto a frecuencia, como a posturas o a juguetes varios.
Definitivamente, estoy sudando la gota gorda para escribir esto. Porque una cosa es hablarlo y otra muy distinta escribir sobre ello sin que estas líneas parezcan una grosería del calibre 45 (que debe de ser muy gordo). De hecho, algunas amigas me han comentado que no pueden leerme porque se lo impiden los filtros para menores que han contratado con el acceso a Internet por sus hijos.
Vale, os leído el pensamiento: es una excusa perfecta para que no les dé la tabarra cada semana preguntándoles que les ha parecido el último post. O eso, o es que alguien piensa que la palabra “menopausia” y todo lo que la ronda (relaciones, sofocos, psicología…) es aún muy tabú.
Enviado por: Hannah Malauva
Noviembre 3, 2008
Queridas caris:
Cuando era pequeña, en mi casa ya jugábamos con las palabras. Nos hemos acostumbrado a decir “violetas y trompines” (por violines y trompetas), “cabizbunda y meditabaja” (por cabizbaja y meditabunda), “maniantal” (por manantial), “agggmídalas” (por amígdalas), “sin en cambio” (por sin embargo), “sobacón” (por socavón). A fuerza de pronunciarlas así, hace mucho que me cuesta decir o escribir esos términos correctamente.
También nos encantaba hablar con la “ti” intercalada entre las sílabas de toda una frase: ¿Ties tique titu tietires titontititita? Y aún hoy soy capaz de recitar parte del cuento de Caperucita Roja al revés.
Luego, me casé con un señor (ya sabéis, mi santo) al que encima le gustaba y le gusta cambiar las letras de las canciones. Por ejemplo, esa de Ana Belén cuyo estribillo dice (he tenido que mirarlo en Internet)…
Besos, ternura,
Qué derroche de amor,
Cuánta locura
…se convirtió cuando los niños eran pequeños en
Quesos, verdura
Qué derroche de arroz
Cuánta basura
Otras palabras se han pervertido en el camino de mi cerebro a mi boca (sin yo comerlo ni beberlo) en algunos momentos. Durante un par de años, recuerdo que mi mente visualizaba “estantería” pero el ruido que emitían mis cuerdas vocales sonaba a “estantereis”. Así que decidí no volver a pronunciarla jamás. Desde entonces, esas cosas donde se apoyan libros y objetos se designan sólo como “baldas”.
También hay palabras que me apasionan, no por su significado, sino por su sonoridad. Me encantaría poder usarlas todos los días en algún momento pero resulta un poco difícil hacerlas cotidianas. Ahí van algunas:
Axioma
Blasfemia
Convexo
Ditirambo
Disyuntiva
Oxímoron
Pillastre
Zozobra
Ya os he hablado aquí de cómo mi léxico se está enriqueciendo últimamente con vocablos tipo “cacharro”, “chisme” y “cosa”. Y de cómo amigos y conocidos están siendo rebautizados al ritmo de “fulano”, “mengano” y “zutano”.
A veces me siento un poco rarita con esto de las palabras, pero estoy segura de que la mayoría de vosotras habréis jugado a repetir alguna muchas veces. Al cabo de un rato, pierde todo su significado:
menopausia, menopausia, menopausia, menopausia, menopausia, menopausia, menopausia, menopausia, menopausia, menopausia…
E incluso puede que comiences a pronunciarla de una forma extraña…
menopuafsia, menopuafsia, menopuafsia, menopuafsia, menopuafsia…
¡Albricias! Creo que tengo un nuevo palabro para el vocabulario familiar.
Enviado por: Hannah Malauva
Octubre 27, 2008
Queridas caris:
Da gusto tener lectoras como vosotras. En esta ocasión, me estoy refiriendo especialmente a Valle, a quien debemos su impagable explicación sobre los palos del sombrajo y el carrito del helado. Me he reído tanto que no me hubiera importado seguir con las ofertas de la inmobiliaria de Vigo. ¡Con esos horarios interminables, querida Valle, no me extraña que los dedos se queden atascados en el “copiar y pegar”!
Porque a mí, últimamente, no me llega ni con las ocho horas de sueño. Tras meses de insomnio agudo, llevo dos semanitas que –además- necesito una cabezada a media mañana y otra a media tarde. Para disimular en la oficina, hago como que estudio el periódico de cabo a rabo (hacia las doce y media) o me escondo tras unos informes abultadísimos que se sujetan de pie (a eso de las cinco). Caris, no es que me duerma, ¡es que me desmayo! ¿Será una astenia otoñal, con mi cuerpo preparándose para el largo invierno?
Pero, al mismo tiempo, comencé a percatarme de otros síntomas que acompañaban a éste de dormirme en el palo de una escoba. Por ejemplo, una distensión abdominal más allá de la típica molestia aerofágica. Tanto, que el cinturón se me quedó pequeño en un plis plas, de un día para otro.
A estos hechos verídicos se sumaron algunos más: dolor de riñones, ganas de ir al baño cada diez minutos (con contenido; nada de cistitis), una ligera tensión mamaria, el camino de la risa al llanto o a la ira en un plis plas más rápido que el del cinturón…
Estaba dándole vueltas a todo esto mientras compraba aspirinas en la farmacia cuando tuve mi inspiración de año bisiesto.
-Ah, y déme también un test de embarazo, dije como quien no quiere la cosa.
La farmacéutica no dijo nada, pero me miró con cara de “Será para la novia de tu hijo porque tú ya estás un poco talludita, ¿no?”.
Por supuesto, yo tampoco abrí la boca, pero mis ojos dijeron algo así como “De mayorcita nada, guapa, ¿o es que no has visto en los periódicos que se puede ser madre con más edad que la mía? Y además, para que te enteres –bonita-, tengo dos buenas amigas que han parido por primera vez a los 48.
-Son 56,85 euros, me despachó con ganas de finalizar aquella conversación tensa.
Llegué a casa entre cabizbunda y meditabaja: ¿sería posible? Otra vez los nueve meses de espera, el momento mágico del nacimiento, el aroma y los gorjeos, ¡un bebé en casa! Y el cansancio de las noches sin dormir, el cuerpo hecho un trapo (y con escasas posibilidades de recuperación dada mi edad), pañales y papillas, el bolsón de los porsiacasos, mi vejez en su juventud…
Se lo comenté a mi santo que, como es muy santo, no dijo nada, aunque creí adivinar una sombra de inquietud en su mirada que decía mejor no adelantemos acontecimientos al tiempo que un escalofrío recorría su espalda (creo).
Por fin, a la mañana siguiente, me hice la prueba. Y no os tengo más sobre ascuas: resultado negativo.
Aún le estoy dando vueltas al asunto porque no puedo decidir si siento nostalgia o alegría por haber perdido este último tren (desde la estación ni idea con destino a no sé dónde). Quizá es una mezcla de ambas.
Llamo a mi personal gyn, quien me explica que lo que me sucede también es una cuestión de hormonas que suben y bajan, pero de forma algo distinta a cómo lo hicieron por última vez hace catorce años.
Definitivamente, el tren siempre ha sido mi medio de transporte favorito.
Enviado por: Hannah Malauva
Octubre 21, 2008
Queridas caris:
He estado unos días un poco mustia porque se nos ha ido Paul Newman, uno de los mitos no sólo de mi generación, sino también de las anteriores (y quiero pensar que de algunas posteriores).
Dándole vueltas a esto de los mitos de Hollywood, me he quedado de una pieza y aún más mustia (si cabe) al descubrir la edad de Brad Pitt (45) y Keanu Reeves (44). Para mí, eran aún “jóvenes promesas”, yogurines del celuloide de los que siempre había pensado que –al madurar- se convertirían en caballeros estupendos. ¡Qué queréis que os diga! Se me han caído los palos del sombrajo (agradecería pistas sobre el origen de esta expresión tan gráfica que me encanta) al descubrir que ya son cuarentañeros. De Kevin Costner (53), mejor ni hablamos.
¿Y ellas? Ya he mencionado en este blog a Demi Moore, Sharon Stone, Kim Basinger y otras. Y no voy a hacerlo otra vez porque hacen trampas con su físico (y yo no he decidido aún si –con su pasta- haría las mismas o más). Prefiero quedarme con Meryl Streep. No sé, la veo como más de este mundo.
Al borde estaba de la depresión profunda cuando, de repente, caí en la cuenta de que mi santo y yo teníamos entradas para el concierto del 30º aniversario de Los Secretos, en la madrileña plaza de Las Ventas. Siempre he creído que la música es un bálsamo que consigue, si no curar, al menos suavizar los estados de ánimo menos convenientes.
Con la plaza abarrotada hasta la bandera, las 15.000 personas que allí estábamos cantamos (es un decir: algunas berreamos) y bailamos todo el repertorio de la banda sonora de nuestras vidas: La chica de ayer, Déjame, Ojos de gata, Cambio de planes, Agárrate a mi María… Y como en el grupo Enrique Urquijo, en nuestras vidas también faltan ya personas muy importantes a las que seguimos amando en su ausencia.
Pero mire a mi alrededor y observé al personal con cariño: canas, calvicies, tripillas, flotadores y celulitis nos movíamos con alegría y coreábamos cada canción con el mismo entusiasmo de hace treinta años. Ya tendríamos tiempo de tararear, al día siguiente, Hoy no me puedo levantar.
Últimamente, parece que vivo en una montaña rusa. ¿Serán las hormonas?
Enviado por: Hannah Malauva
Octubre 13, 2008
Queridas caris:
Nunca he sido un lince para las finanzas. Ahí está mi cuenta corriente para demostrarlo. Puedo afirmar, incluso, que no tengo ni idea de Economía, ni de la “micro”, ni de la “macro”. Tengo mis esperanzas puestas en un hijo que se estrena este año en la universidad estudiando Administración y Dirección de Empresas. Aunque no sé… hay tanta gente matriculada en lo mismo que dudo de si, en el futuro, el mercado tendrá empresas suficientes para ofrecer trabajo a tanto jefe y tan poco indio tal y como está el patio.
Un buen amigo y colega me dijo una vez que, si era capaz de ajustarme a los presupuestos de mi economía doméstica, podría entender los problemas de la economía nacional. Le respondí que hacía muchos años que había renunciado a elaborar presupuesto alguno: la partida de “imprevistos” superaba siempre y con creces la de “previstos”, dando al traste con la más pesimista de las previsiones.
Cuento todo esto porque, como mujer de letras en la edad menopáusica -y, por tanto, con la neurona negativamente afectada por la cuestión hormonal- me declaro incapaz de entender la crisis financiera que nos azota. Ahí van algunas preguntas a las que no encuentro respuesta por más que busco en los medios de comunicación:
-En el plano internacional, ¿por qué los directivos de grandes empresas cuya gestión ha resultado desastrosa (miles de trabajadores al paro y el dinero de pequeños ahorradores al traste) se marchan cobrando indemnizaciones megamillonarias?
-Dentro de nuestras fronteras, ¿por qué hay que inyectar liquidez a bancos cuyo beneficio declarado a mediados de este año iba de los 2.342 millones de euros de las cajas de ahorros, pasando por los 3.108 millones del BBVA o los 4.708 millones del Santander?
Reconozco que me ha costado reconocer la diferencia entre solvencia y liquidez. Entiendo que servidora es solvente porque tiene una casa (cuya hipoteca pago religiosamente) con la que responder a una hipotética falta de liquidez: o sea, que si dejo de pagar la hipoteca, el banco se queda con mi casa.
Por otra parte, si los bancos no han calculado bien los riesgos a la hora de conceder hipotecas y otro tipo de créditos, ¿quién padece ahora las consecuencias? ¿Por qué el Estado –que también soy yo y mis impuestos- tiene que hacer frente a esa falta de previsión?
Y si la tasa de morosidad –los que no pagan los créditos- suponen el 2,15% de los que sí los pagamos, entiendo que los bancos tienen aún el dinero de 97.85 personas de cada 100 para cubrirse las espaldas, ¿o no?
Lo de los avales cruzados a emigrantes (conceder créditos hipotecarios avalando con la casa que compra otro emigrante, sin conocerse entre ellos) está produciendo situaciones dramáticas: familias con sueldos de 1.200 € al mes que, de repente, se enfrentan a pagos de 2.600 € porque uno de los avalistas ha dejado de pagar su mensualidad.
No quiero ni mencionar el morro (no se me ocurre palabra más suave) de las inmobiliarias y promotores: ahora pretenden que –también con la recaudación de mis impuestos- les compremos los pisos que no han podido vender a precio de oro, como han estado haciendo durante años; por cierto, comprando suelo y edificando con el dinero que les han prestado los bancos hasta que los curritos hemos empezado a pagar la hipoteca.
Desde aquí, pido humildemente ayuda para que algún alma caritativa le explique a esta zopenca financiera por qué demonios nos salpica la crisis y qué hemos hecho los currantes que ni siquiera especulamos en Bolsa (otro misterio inexpugnable) para merecerlo.
Si me declaro en crisis de liquidez –lo que me sucede mes sí, mes también- aceptaré emisión de deuda pública para ir tirando y contribuir a la economía nacional gastando un poquito más todos los meses (inyecciones de colágeno y/o botox, un retoque aquí y otro allá…).
P.D.: Querida jefa: soy consciente de que este tema no tiene nada que ver con la menopausia, pero entiéndelo como una especie de sofoco: o le doy aire, o reviento.
Enviado por: Hannah Malauva
Octubre 6, 2008
Queridas caris:
Tenía yo dos o tres interesantísimos temas que traeros esta semana, pero nada: no soy capaz de encontrarlos. He buscado en los miles de post-it que rodean la pantalla del cacharro este sobre el que escribo, en la agenda, en los bolsillos de los pantalones… No aparecen. Es más que probable que haya tirado el papel a la basura confundiéndolo con la lista de la compra.
Tengo amigas a las que el insomnio les provoca un malhumor insoportable. No es mi caso: yo ya venía con él de serie. Mi teoría es que, en ocasiones, tanto la irritabilidad como la pérdida de memoria -que los expertos consideran como síntomas de la menopausia- son consecuencia directa de otro síntoma: la dificultad para dormir.
No sé a vosotras, pero lo que me suele suceder tras una noche en blanco es una notable merma de capacidades varias. Y no será porque no hago ejercicios.
Por ejemplo, durante mis zapeos nocturnos por las teletiendas, miro la pantalla hipnotizada por un chisme que una modelo (a la que no le hace ninguna falta) se coloca ora en la cintura, ora en los glúteos, y me digo “Hannah, memoriza ese número o esa web que mañana mismito te lo compras”. Y sí, me acuerdo durante un rato… hasta que llega ese “mañana” en el que se borra de un plumazo me esfuerzo de retentiva. Lo mismo me sucede con los plumeros vibradores, las fregonas que compiten con el acelerador de partículas de Ginebra y las fajas reductoras que te adelgazan dos tallas en cuanto te las pones. Lo único positivo de todo esto es que me estoy ahorrando una pasta.
Las horas que siguen a una noche de insomnio soy un completo desastre. Leo en la agenda A las 11, club de gourmets. Y no me acuerdo de si me he apuntado a uno, si tengo que recoger un catálogo en vaya usted a saber qué sitio o si mi santo me ha puesto un “mandao” sobre algo relacionado con el tema. Como ya me voy conociendo un poquito, suelo poner los “pendientes” por triplicado para que no se me escapen: además del papel, también me recuerdan el misterio del gourmet sendos pitidos del ordenador y del móvil.
El problema al que ahora me enfrento es que voy a tener que dedicar varias horas al día a detallarme los pormenores de mis asuntos y renunciar a las claves telegráficas que tan útiles me han sido hasta ahora.
La pérdida de memoria no se limita sólo a los quehaceres. También se me pierden palabras. Términos multiuso como “cacharro”, “chisme”, “fulano” o “mengano” vienen a sustituir mi habitualmente tupido léxico durante los días en que he dormido mal. Me recuerdo cada vez más a mi tía Marita, que solía pronunciar frases tipo:
-Le di la cosa esa al fulano que por fin vino a arreglar el chisme ayer o antes de ayer, no me acuerdo muy bien.
Pero eso no es lo peor. Lo más escalofriante es que mi cerebro decide por su cuenta y riesgo sustituir unas palabras por otras, que mi boca pronuncia con total naturalidad. A saber, hace poco me encontré con una amiga y su hijo, al que hacía tiempo que no veía, y le espeté que parecía haberse caído en la termita de Obélix.
No obstante, siempre habrá por ahí almas caritativas que nos ayudarán en estos duros trances. El otro día, cuando el camarero de un restaurante me preguntó qué quería de postre, respondí con aplomo:
-Un corchete (juro que no había bebido).
-Ahora mismo se nos han agotado, pero le puedo ofrecer unos deliciosos cornetes de vainilla y chocolate, me dijo con mucha profesionalidad y sin inmutarse.
Enviado por: Hannah Malauva
Septiembre 30, 2008
Queridas caris:
Con este cuerpo serrano dolorido hasta las pestañas, os cuento mi sucedido de la semana pasada. Tenía yo una cita de trabajo importante, para lo cual me dispuse a arreglarme con primor. Es decir, hora y media de reloj para actividades varias.
Destaco la restauración de fachada, caminar pasillo arriba y abajo con los stilettos para hacerme con ellos y no partirme la crisma; y la más dolorosa –física y psicológicamente-: intentar ponerme los pantalones tumbada en la cama y conteniendo la respiración. Dejo aparte la actividad intelectual de memorizar todo lo que iba a decir en la reunión, porque para eso necesité la jornada completa del día anterior (y un repaso previo en la sala de espera).
Gracias a estos quehaceres de aquella mañana, llegué a tres conclusiones importantes:
1.- Definitivamente, necesito con urgencia un espejo de aumento y varios focos más en mi cuarto de baño.
2.- Mis pies son, además de feos, unos seres con vida propia que –desde que hice el Camino de Santiago este verano pasado- se niegan a calzarse nada que no sean unas chanclas, sin importarles un comino la temperatura exterior.
3.- Voy a tener que pensar seriamente en comprarme una faja reductora, de esas que anuncian en la teletienda, hasta que adelgace o –en su defecto- comience a comprarme ropa algo más holgada poco a poco (opción ésta mucho más plausible que la anterior).
Por fin, conseguí salir de casa, conducir y aparcar, hechos aparentemente irrelevantes e insustanciales hasta que se tienen en cuenta tanto mis pies como la respiración entrecortada por la presión de los pantalones.
Cuando me hallaba en medio un paso de cebra, escuché un silbido y un “¡guapaaaaaaaaaaa!”. Y, naturalmente, miré alrededor para ver qué chica estupenda estaba cruzando la calle conmigo. ¡Cielos, no había nadie, estaba sola en aquel océano tranquilo de rayas blancas! (Hannah, por favor, sujeta tu vena poética)
Aquello no podía estar pasándome a mí. Busqué al autor de aquella música celestial y mis ojos se encontraron con el conductor de una furgoneta de reparto que me sonrió (aquí, música de violines).
Le correspondí con una expresión a medio camino entre la estulticia y el agradecimiento… y un tropezón que me hizo caer cuán larga soy (1,67 cm.) en mitad del dichoso paso de cebra.
Aquel sueño se transformó en una pesadilla de bocinas pitando y carcajadas varias. Pero me importó un higo: llenita de arañazos, moratones y un roto en el pantalón, pasé el resto del día –cita de trabajo incluida- en una especie de nube tóxica para mi ego.
No es que de jovencita escuchara muchos piropos: muy de vez en cuando, y únicamente cuando caminaba cerca de una obra (algo es algo). Pero hacía tanto, tantísimo tiempo, que aún tengo el subidón en el cuerpo. No recuerdo su cara, pero desde aquí le doy humildemente las gracias: gracias.
Enviado por: Hannah Malauva