Julio 27, 2010
.- Pues no sé qué vamos a hacer, pero se ha perdido una cubeta entera con tubos de sangre para analítica. (Una bata verde a otra mientras salen del laboratorio)
.- Vamos a la 20, que hay que asearle y lavarle. (Una auxiliar a otro)
.- ¿Y por qué no vas tu sola? (Responde el tipo de la coleta)
.- Porque es una cadera rota y tenemos que moverle entre los dos. (Y se aleja por el pasillo murmurando que está hasta el moño de que el otro no haga más que tocarse los h…)
.- ¡Maldita sea! Pues no vamos a poder darle cama hasta dentro de un rato porque se acaba de colgar el sistema. (Personal de Admisión, enfurecida ante el ordenador. Pasa en las mejores familias.)
.- ¡Hola, guapetón! ¡Vaya ojazos azules que tienes! ¿Cómo has pasado la noche? (Una enferrmera a un paciente)
.- Mamá, ¿qué es una consulta privada?
.- Pues un médico al que hay que pagar cuando vas a verle.
.- Pero nosotros no hemos ido nunca a uno de esos, ¿no?
.- Esta noche te toca a ti quedarte con papá.
.- De eso nada. No puedo: mañana tengo que trabajar.
.- Habrá que llamar otra vez a la empresa de asistencia.
.- Pues no sé de dónde vamos a sacar el dinero.
.- Usted no ha debido aprobar aún el carné de conducir camas, ¿verdad? (Un hospitalizado al celador que le traslada desde la habitación para una prueba, chocando contra paredes y puertas)
.
.- Ya sé que estamos en julio y, por las vacaciones, tenemos que compartir personal, pero los pacientes necesitan igualmente que se les cure, se les asee y se les cambie de posición. (La supervisora de planta, en voz gruesa al teléfono.)
.- …dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte, veintiuno, ¡Coño, qué calambre! Aquí debe estar el corto. (El “chispas” subido a un andamio con medio cuerpo abducido por el techo de un pasillo.)
.- ¡Por favor, ayuda, quiero salir de aquí! (Una anciana sola en su habitación y atada a las barandillas de su cama. La enfermera corre al escuchar su voz y consigue tranquilizarla con paciencia y cariño.)
Entrada de urgencias: una camilla con enfermo a bordo y al pie de la ambulancia comienza a deslizarse peligrosamente cuesta abajo. El camillero se ha despistado durante un segundo para indicar la salida a dos jóvenes rumanas de piernas interminables y en mini-shorts. Afortunadamente, todo queda en un susto.
.- Me alegro de que te hayan puesto las gomas de sujeción en la ortondoncia. Así podrás hablar y gritar menos. (Una madre a su hija adolescente saliendo de la consulta del odontólogo.)
A las cuatro de la madrugada, un uniforme que no reconozco como de médico, enfermera, auxiliar o celador empuja en el silencio de la noche una cama con alguien en ella.
Sigo en el hospital, donde escucho retazos de conversaciones. No alcanzo a comprender muchas de ellas, que intuyo en rumano, árabe, hindi o polaco en esta pequeña babel. También contemplo escenas como las que os describo en este lugar, tragicómico donde los haya. O a mi quiere parecérmelo.
Hannah Malauva
P.D.: Vaya por delante (en este caso, por debajo) mi homenaje a todos los buenos profesionales de la Sanidad que trabajan en hospitales como en el que me encuentro; que los hay y son mayoría.
Enviado por: Hannah Malauva
Julio 13, 2010
Queridas caris:
No soy nada original. Así que me vais a disculpar porque, también yo, escribo hoy del PARTIDO. Pensaba hacerlo sobre aeropuertos y estaciones de tren y autobús. Son lugares donde me gusta observar a la gente, imaginar sus historias de reencuentros, despedidas, separaciones temporales o definitivas…
Por la misma razón, me interesan los hospitales. No me malinterpretéis: no es que me agraden, pero entre la mismas paredes se cuecen los sentimientos más primarios e intensos. La alegría por el nacimiento de un bebé convive con el fallecimiento de un abuelo. El dolor intenso por la enfermedad grave de un hijo es vecino de la ilusión que recupera a una unadre.
Las circunstancias me han obligado a disfrutar de la final de la Copa del Mundo en un clínica junto a uno de mis seres más queridos. Decoramos la habitación con la bandera de España, al igual que la mayoría de las vecinas. En el control de enfermería, otra enorme rojigualda daba la bienvenida a la planta.
Pacientes, familiares, acompañantes, celador@s, auxiliares, enfermer@s y médic@s sufrimos doblemente porque cada “Uyyyyy!!!!!” debía contenerse en voz muy baja por respeto a los demás. Mi santo, amordazado voluntariamente en cada jugada de peligro, saltaba y se iba hacia el televisor como si fuera a tragárselo entero. Eso sí, en silencio absoluto. Temí por su integridad (la del aparato) en algún momento.
(Hago un inciso para rendir un homenaje a todos los profesionales que, como los que trabajaron ayer en hospitales -bomberos, policías, funcionarios…- tuvieron que ver o escuchar el partido desde sus puestos de trabajo.)
Durante todo el España-Holanda, no se escuchaba ni una mosca. Ni dentro ni en la calle. Al final, tras el gol de Iniesta (¡Viva Albacete!, ¡Viva el Duque de Alba!), los pacientes que podían caminar, familiares, acompañantes, celador@s, auxiliares, enfermer@s y médic@s salimos al pasillo impulsados por la misma euforia que sacudía todos los rincones del país.
Escritores y periodistas de renombre llenan hoy los diarios con palabras de agradecimiento a la selección española por muchas razones: devolvernos la ilusión en estos momentos de crisis, enseñarnos valores como la excelencia del trabajo en equipo, superar los complejos de una bandera que ya puede representarnos a todos…
Hoy, celebro y doy las gracias a la selección española por esa merecida Copa del Mundo. Porque, durante unos instantes, consiguieron que todos los que estábamos en el hospital olvidásemos la enfermedad. Y, aunque breve, una sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro de una de las personas que más quiero en el mundo.
Hannah Malauva
P.D.: Casi tanto como el gol de Iniesta, vitoreamos todos el espontáneo y precioso beso de Iker a Sara.
Enviado por: Hannah Malauva
Julio 2, 2010
Queridas caris:
Este final de curso me dado introspectiva. Será porque el teléfono suena poco, en la bandeja de entrada apenas hay negritas –la mayoría, además, para venderme moda, viajes, vídeo-consolas, sofás o belleza con grandes descuentos- y el resto de mi mundo tiene un pie en las vacaciones a pesar de la crisis (yo, también).
Sola, fané y descangallada, como en el tango, me detengo a pensar en una frase que he escuchado estos días en varias ocasiones: nadie puede cambiar a los X años.
No sé a vosotras, pero a mí la madurez (sea lo que sea eso), me ha traído –además de cansancio, arrugas, celulitis y flacidez- bastante tolerancia con mis propios defectos. Sin embargo, una cosa es conseguir la aceptación de uno mismo, llevarse bien con tus yos, tus egos y tus superyos (yo suelo aturdirme bastante con mis multitudes); y otra muy distinta estar encantad@ de haberse conocido.
El otro día celebré con compañer@s y amig@s el 25º aniversario de nuestra promoción de Periodismo (buf!). Tras la cena, las chicas movíamos mayoritariamente el esqueleto mientras ellos sostenían la barra, as usual. En un instante de lucidez pese al gin-tonic, comenté que la mayoría habíamos dejado atrás los complejos e inseguridades de los veinte años. Aún no he salido del asombro que me provocó el que una persona comentase que, ni siquiera a esa edad, había padecido tales cosas.
¿Y los defectos? Pues no lo sé: en un reencuentro de unas horas, todo el mundo muestra –obviamente- su cara más bonita.
Insisto: detesto a las personas que se escudan en un permanente “es que yo soy así” para no hacer el mínimo esfuerzo por pulir sus defectos. Está bien quererse, pero no trabajar aquellos aspectos de nuestra personalidad manifiestamente mejorables me parece un rasgo de infantilismo.
Ya les estoy oyendo: ¿y quién decide qué es o no mejorable? Por mi parte, sólo puedo poner en la mesa mi particular lista de trabajo: pereza, mal genio, cambios súbitos de humor (se deban o no a la menopausia), pesimismo recalcitrante, miedos varios…
Me consta que los psicólogos recomiendan siempre lo contrario, es decir, escribir una lista en positivo de nuestras cualidades. Pero no estoy hablando de eso.
Y hasta aquí llega esta reflexión, con la neurona dando volteretas por la enésima tormenta que se avecina.
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Como el post me ha quedado escaso, añado una reflexión más sobre Sara Carbonero, con la que me solidarizo. El morbo es, según la RAE, el “interés malsano por personas o cosas”. Así que morboso es que el mira, no el que es observado. Tengo claro que el presidente de la APM, Fernando G. Urbaneja –al que adoro y admiro- tiene un conflicto de intereses porque su hijo trabajó con ella (fue su jefe). Dudo de la responsabilidad de TELECINCO en el asunto, aunque afirmen que es la FIFA la que asigna los puestos de los reporteros. Desde luego, la culpa no es, en ningún caso, de Sara. ¿O es pecado ser guapa? ¿Y a cuántos periodistas se ha juzgado profesionalmente por haberse unido a alguna famosa? Porque haberlos, haylos y los ha habido.
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Una última recomendación (estoy que lo tiro). Si tenéis ocasión, no os perdáis el documental “María y yo”. Es el cómic que Miguel Gallardo dibujó y que ahora, con el mismo nombre, ha llevado a la pantalla grande para reflejar las relaciones, los problemas, las alegrías y el día a día de su hija María, una niña de 16 años con TEA (Trastorno del Espectro Autista). Enternece, divierte, conmueve, profundiza y explica, en una hora, mucho más de lo que jamás hará un manual sobre cómo son estos niños y lo que sentimos sus padres. Gracias, Miguel.
Hannah Malauva
Enviado por: Hannah Malauva
Junio 24, 2010
Queridas caris:
The Long Goodbye (el largo adiós) no es sólo el título de la novela publicada por Raymond Chandler en 1953 y hecha cine por Robert Altman veinte años después. También es el aforismo, metáfora, aforismo metafórico o metáfora aforística (ya sabéis que siempre me lío con las figuras retóricas) mediante el que los estadounidenses definen la enfermedad de Alzheimer.
Hace poco me refería en este blog a nuestro futuro cada vez más cercano (ver Mayores) con el tema de las pérdidas de memoria. Pero hoy quiero referirme a lo que seguro much@s de vosotr@s estáis viviendo ya: el cuidado de nuestros padres, suegros o familiares cercanos con alguna enfermedad neuro-degenerativa.
El peso de la carga suele recaer sobre el cónyuge, que se convierte en cuidador veinticuatro horas sobre veinticuatro, día y noche, con todo lo que ello supone de estrés, depresión, cansancio vital, expectativas frustradas en los últimos años de vida…
Son enfermedades crueles para los que aman a aquellos que, poco a poco, se van olvidando de sus seres queridos. No quiero ni imaginarme el dolor de los enfermos que, en algún momento inicial de lucidez, comprendan su situación.
Por si acaso, mi marido y yo hemos pactado que, en el caso de que alguno de los dos sucumba a este horror, el otro se encargará de internarle en una residencia cuando ya no reconozca. Y además, no irá a visitarle para evitar el sufrimiento. Estoy segura de que ninguno de los dos cumplirá los términos del pacto.
Pero, ¿qué sucede cuando un padre/madre, suegro/suegra inicia en la soledad de la viudez ese largo viaje de despedida? No conozco ni un solo caso, ni uno, en el que -entre familiares- haya un reparto equitativo de los cuidados. Comienzan entonces las disputas entre herman@s, parejas, cuñad@s, niet@s, sobrin@s… Es triste, muy triste, escuchar las excusas o las justificaciones, contemplar incluso los intereses que muestran el lado más oscuro de aquellos a los que, hasta ese momento, habíamos considerado “buenas personas”.
Enfermedades imaginarias, cónyuges poco comprensivos, obligaciones profesionales y familiares ciertas (¿no las tenemos todos?) o inexistentes, viajes convenientemente inaplazables o ya programados, derecho al descanso (pero siempre del mismo lado)… Algunos justifican estas actitudes escudándose en un miedo que paraliza el sentido común y de lo equitativo.
Comprendo que el horror y el dolor ante el Alzheimer o cualquier otra enfermedad que destruye lo que nos hace personas (nuestra relación con los demás) puedan lentificar ese “agarrar el toro por los cuernos”. Pero cuando eso se perpetúa en el tiempo, perjudica a unos núcleos y miembros de la familia más que a otros, debilita sus relaciones, su estructura, su salud física y psíquica, se denomina –simple y llanamente- EGOÍSMO.
Estoy segura de que en vuestro entorno hay muchos casos así. Espero vuestros comentarios.
Hannah Malauva
Enviado por: Hannah Malauva
Junio 8, 2010
Queridas caris:
Ha sido un mes agotador. Y carísimo. Entre otras razones, porque he
saqueado a mi madre para que me regalara con cariño unas cremas faciales
carísimas de las que nunca uso porque servidora es más de Mercadona (me
encanta la línea Deliplus).
También le he dejado a mi amiga Lucía medio sueldo en tratamientos
corporales y masajes para combatir los graciosillos hoyuelos de la celulitis
y reducir mis caderas algunos milímetros.
Sumo a todo ello las clases de baile (nada de fruslerías de salón,
sino hip-hop y funky) y las de spinning (hasta ahora, jamás habría creído
que se puede sudar hasta por la nuca).
Algo más: llevo tres meses de cenas Bimanán y de comidas
disociadas, sin mezclar proteínas e hidratos (¿o eran hidrocarburos?).
Mi santo ha cumplido los cincuenta y, hace unos meses, me entró
como el síndrome del embarazo psicológico masculino pero al revés. Es decir,
entré en una fase de crisis aguda por la edad aunque el del cumpleaños era
él y no yo.
Y todo, por la fiesta sorpresa. No os podéis imaginar lo
complicado que es organizar un sarao para ochenta personas cuanto el
ojomeneado trabaja justo enfrente de ti. Las miradas interrogantes sobre
llamadas misteriosas que me hacían salir del despacho hablando en voz baja,
las cremas, el gimnasio, el centro de estética, la dieta draconiana… Todo
apuntaba, of course, a un churri veinte años más joven.
A pesar de las sospechas, seguí adelante con el plan. Y como una es
muy de guión (muy cabezota también), entre los extras de la fiesta estaba
entrar en mi traje de novia para pedirle a mi santo que bailásemos Memories,
de Barbra Streisand (cantada a capella por la excepcional voz de Angy). ¡Y
entré!
Hubo también, al son de Friends will be Friends, de Queen, desfile
inicial por “delegaciones” de amigos y familiares que, desde muchos puntos
de la geografía, quisieron acompañarnos en este día de fiesta. Y DVD con un
montaje de sus cincuenta años de vida.
Afortunadamente, tuve ayuda para muchas cosas de intendencia: el
montaje del vídeo, la iluminación, la decoración, la informática, las
bebidas y el catering, el equipo de música, las anécdotas recogidas sobre mi
santo, los ganchos que se lo llevaron durante siete horas para que
pudiéramos montarlo todo en el jardín durante ese lapso de tiempo (¡cielos,
que manera de cargar y correr!).
Pero, sobre todo, la complicidad de todo el mundo para hacer que
esa noche fuera una de las más especiales de nuestra vida. Hubo momentos
para emocionarse porque había gente a la que mi santo no veía desde hace más
de veinte años. Y para reír recordando anécdotas. Y para bailar.
Me acosté, exhausta, a las siete de la mañana, arropada por la
estupenda sensación de compartir mi vida con un hombre al que la gente
quiere de verdad porque siempre es el primero en estar ahí cuando se le
necesita. Y que, además, nos hace reír a todos con su sentido del humor.
Él aún no ha conseguido bajarse de la nube a la que ascendió el
sábado por la noche.
Hannah Malauva
Enviado por: Hannah Malauva
Mayo 13, 2010
Queridas caris:
Xión es el nombre del galgo en la foto que ilustra este post. Le conocí una mañana en una habitación del madrileño hotel de Las Letras. No me costó mucho ganarme su confianza (o su interés), armada con unas cuantas chuches que sustraje de la caja de ídems de mi santo San Bernardo.
Xìón es un afortunado entre sus congéneres. Fue rescatado de las garras de un destino muy cruel cuando apenas contaba cuatro meses de edad. Aún así, le costó un tiempo adaptarse a una vida de cariño y comodidades, según me contó su dueña. El miedo debe ir impreso en los genes de su raza.
No es para menos. Según me cuenta Vera Cremades, de www.yoquierogalgos.com, cada año se abandonan en nuestro país en torno a 50.000 animales como Xión tras la temporada de caza.
Pero eso no es lo peor. Muchos de ellos mueren a manos de los propios galgueros de una forma intolerablemente cruel y sádica: quemados vivos, encadenados o colgados de un alambre por el cuello. Lo llaman “tocar el piano” porque los animales patalean en el aire hasta que mueren estrangulados o desangrados.
Vera me mostró las fotos de esa barbarie. También me explicó que, para los que se dedican a eso, los perros de dos años son ya considerados viejos inútiles desechados para la caza.
También contemplé imágenes de algunos de esos animales, salvados in extremis por gente de la organización, y adoptados luego en hogares donde encontraron seres humanos decentes. No puedo explicaros la mezcla de miedo y agradecimiento que impregnaba aún sus ojos.
Alguna vez he mostrado aquí me rechazo a la actividad cinegética, por más que me argumenten que es una forma de proteger la naturaleza (a costa de prohibirnos a los demás disfrutar de los cotos de caza).
Claro que los que empuñan el arma dirán que ellos no se ensucian las manos ni tienen nada que ver con los que les “gestionan” a los sabuesos.
Y habrá también quien argumente que es una forma milenaria de ganarse la vida en el campo, cada vez más despoblado de gente y tradiciones.
Pues vale: los sacrificios humanos en el imperio azteca, la pederastia en la Grecia clásica y la esclavitud en muchas épocas de la historia también fueron tradiciones milenarias. Y no por ello las practicamos ahora (disculpad, caris, pero es que hay veces que hay que hablar de Perogrullo).
Me pregunto porqué se dice “animaladas”, “burradas” o “salvajadas”. Propongo el término “humanadas”: somos los únicos seres del planeta capaces de torturar seres vivos sin ningún objetivo relacionado con una necesidad primaria.
Hannah Malauva
Enviado por: Hannah Malauva
Abril 26, 2010
Queridas caris:
Acabamos de celebrar el día del Libro, una palabra a la que yo pondría siempre la mayúscula inicial tal son de fuertes los lazos emocionales que me atan a ese objeto. Además de actos oficiales y académicos, lecturas públicas, firmas de autores o noche de librerías abiertas, se ha debatido en estos días la supervivencia de este “sistema analógico de lectura, unos 18 k de memoria y con ‘pause’ y ‘review’ ocular”. La definición es de Forges, puesta en boca de uno de los dos escolares con mochila que hablan en la viñeta.
- Cosas más chungas regalan los padres… ¿Y como dices que se llama?, pregunta el otro.
- Libro.
El dibujo, ya en sepia y recortado de El País, me acompaña desde hace más de quince años en los corchos de las pocas cosas que me he llevado de despacho en despacho.
Siempre que surge un medio nuevo, los agoreros prescriben la muerte de los inmediatamente anteriores. Así, la radio iba a acabar con los periódicos, la televisión con la radio, internet con todo lo demás… No ha sido así, aunque los viejos hayan tenido que acomodar su papel a una nueva forma de ser y hacer.
Desde luego, caris, Hannah no verá el fin del libro como el objeto que hoy conocemos. No me imagino llevándome a la playa el e-book, tapándome entera con una toalla para que los reflejos del sol no me impidan leer la pantalla, amén de rebozarlo con ese mejunje de arena y crema que tod@s conocemos. Ni jurando en arameo porque lo he metido en la mochila durante un paseo por mi paraíso gallego y, de repente, me he quedado sin batería… Por no hablar de esos otros momentos, más o menos íntimos, donde el viejo soporte papel nos acompaña siempre (aunque hay gente pá tó: conozco a algunos que incluso se llevan el móvil al cuarto de baño. Definitivamente, envejezco).
Necesito acariciar las páginas de los libros, olerlas (ah!, ese aroma tan especial a libro nuevo), escuchar su crujido al pasarlas. Es como si, a través del tacto, estuviera más cerca de sus protagonistas. Me cuesta trabajo imaginarme esa cercanía física con una pantalla de cristal líquido de por medio.
De mis primeras lecturas –o al menos de las que más me impresionaron-, me recuerdo un verano llorando a mares por La cabaña del tío Tom (“por Dios, qué niña más sentida”, decía mi madre). O extasiada ante las andanzas en el internado de Puck –hija de un capitán de navío de la Marina danesa- y sus amigas. O intrigada por los misterios de Los tres investigadores. O fascinada por las aventuras de Los siete secretos y su perro Scamper. Vibré también con los amores de Sandokan, señor de Mompracem, y Lady Mariana, la perla de Labuán. Y devoré a Julio Verne.
Los libros me brindan emociones, otros mundos, otras vidas.
Durante mucho tiempo, me obligaba a terminar incluso los que no me atrapaban desde el principio. Simplemente por el hecho de haber leído una buena crítica, pensaba que era mi incultura la que me impedía disfrutar de esas páginas. Superé ese complejo al descubrir que lo que es o no es un buen libro depende sólo de su complicidad con el que lo lee; de esa espera inquieta a la búsqueda de momentos para poder retomarlo. A veces, esa bondad coincide con los críticos. Otras, no. Y viceversa. Y no pasa nada. ¿A quién le importa si sus páginas nos han hecho disfrutar?
¡Qué fundamental es tener, en la infancia y adolescencia, buenos profesores de literatura! Agradeceré siempre a don Ignacio y a don Julio, del colegio San Patricio, el amor que me inculcaron por la palabra escrita.
Es verdad que, cuanto más leo, más desisto de escribir esa novela en la que llevo años trabajando y eso me entristece un punto.
-Pero ¿adónde vas, Hannah cari, con la gente que hay escribiendo por ahí tan estupendamente?, me digo cada vez que llego a la última página
Estoy a punto de terminar El tiempo entre costuras y vuelvo a lo mismo. No te conozco, pero gracias María Dueñas, por las horas que paso en compañía de Sira Quiroga.
Hannah Malauva
Enviado por: Hannah Malauva
Abril 8, 2010
Queridas caris:
Había decidido hablaros hoy de un tema duro, pero lo postergo. El ánimo no está para muchos bollos cuando nos incorporamos al trabajo tras las mini-vacaciones de Semana Santa. Así que, como ya es primavera en El Corte Inglés, me pongo romanticona.
Desoyendo los consejos profesionales, siempre he titulado antes de escribir. Aunque luego tenga que corregirlo. Una vez escrito el título, me cuesta menos arrancar. Y al encabezar este post, me he acordado de una anciana que paseaba la madrileña Gran Vía arriba y abajo vendiendo sus “chistes de amor”. Con la peluca rubio ceniza y los labios pintarrajeados de rojo, también se la podía ver por la zona de Fuencarral y Bilbao, ofreciendo su mercancía a la entrada de los cines. Fue un personaje secundario muy conocido en el Madrid de los ochenta.
(Hago aquí un inciso para señalar que, ayer mañana, en la celebración oficial del centenario de la Gran Vía, no había apenas madrileños: estábamos todos de vuelta al trabajo o en el atasco de regreso de las vacaciones o nos habíamos tomado el día libre por obligación como nuestros hijos estudiantes. Algún diario señala que la comitiva de autoridades estuvo rodeada de turistas y jubilados. Y de meretrices o indigentes, que no dejaron sus quehaceres.)
Pero a lo que iba: quería contaros una historia de amor a los cincuenta. Se conocieron en una fiesta nocturna. Ella se había quedado viuda hacía ya diez años, tras un accidente de moto que se llevó a su compañero y padre de sus dos hijas entonces adolescentes. Él era un atractivo divorciado desde hacía más o menos el mismo tiempo.
Se sentaron juntos en una hamaca, al borde de la piscina iluminada que proyectaba sombras de agua bailarina sobre sus caras. Hablaron durante horas, casi las mismas que después dedicaron a bailar. Y cada vez, más juntos. Y cada vez, más lento. Sus labios se rozaban a menudo casi con miedo, como reprimiendo un impulso que, una vez culminado, haría esfumarse una emoción largo tiempo olvidada por ambos.
La fiesta acabó de madrugada. Cada uno se dirigió a su coche. Y él decidió seguirla por toda La Castellana, el Paseo de Recoletos, la Ronda de Atocha. Y los besos esbozados se hicieron carne. Porque, en cada semáforo en rojo, él se bajaba de su vehículo para correr hasta el de ella que, con la ventanilla bajada, respondía con idéntica pasión.
Fue una noche de amor intenso y caricias sin prisa, de ese sexo maduro que sólo consigue la experiencia. Y la noche se hizo día y el día, una tarde que les encontró aún desnudos en la cama.
Poco después, mi amiga me confesaba su desconcierto: durante el breve trayecto en coche, se percató de que hacía mucho tiempo que no dedicaba ni un segundo a la ropa interior que llevaba puesta.
La envidié por un momento.
Hanna Malauva
Enviado por: charogalan
Marzo 16, 2010
Queridas caris:
¿Cuánt@s de vosotr@s habéis pensado alguna vez en abandonarlo todo para retiraros a la vida contemplativa en el campo? A mi me sucede, al menos, varias veces al día.
Pero, sinceramente, creo que l@s de ciudad sobrevaloramos todo lo que tiene que ver con el apellido “rural”. Dibujamos un sueño perfecto en el que trasladamos todo nuestro confort y nuestros vicios urbanitas a un entorno aséptico: si llueve o hace frío, estamos leyendo un libro al calor de la chimenea mientras la música suena en el equipo de alta fidelidad; si hace buen tiempo, nada perturba nuestro bucólico paseo, tras el que nos espera una ducha reparadora de abundante agua caliente.
Por supuesto, paseamos por la huerta cesto en mano, con el mandil de flores y el sombrerito de paja para recolectar tomates, de esos que sí tienen sabor auténtico (y no como los del híper).
Maruxa, la vaca, pasta alegremente en un campo de amapolas moviendo alegre su rabo cuando nos acercamos a saludarla. Y, cada mañana, cogemos huevos frescos para el desayuno en el corral de la gallina Turuleta, que picotea entre sus polluelos.
Idealistas. Cuando la chimenea se apaga, hace un frío del carajo. ¿Habéis probado alguna vez a cortar troncos con un hacha? Además, puede que la música no suene porque el viento ha tirado los árboles sobre los postes que nos suministran luz. La compañía eléctrica, claro, no tiene a ningún técnico por allí en ese momento y tardará varios días en reparar la avería. Así que hay que apañarse con un generador, que hace un ruido de mil demonios (adiós al silencio campestre, donde sólo se escuchan las hojas mecidas por el viento y el gorjeo de los pajaritos), se bebe el gasóleo por hectolitros y emite una pestilente nube tóxica.
De paseo tengo que salir con escafandra, porque soy alérgica al polen y a la picadura de abeja. Y de la ducha posterior, mejor ni hablamos: os recuerdo que no hay luz y, por tanto, tampoco agua caliente… ni fría, porque se ha roto la bomba que la sube del manantial, que a estas alturas del año es sólo un mísero charco (y a Dios pongo por testigo de que jamás volveré a hablar mal del Canal de Isabel II!).
La cosecha de tomate se ha ido a tomar viento porque a una no la habían prevenido de la plaga de Mildiu (y pensaba que esas manchitas verde claro quedaban de lo más monas, así como de tomates fashion a topos).
Maruxa mueve el rabo, no porque se alegre de verme, sino para espantar los trillones de moscas que pululan a su alrededor. Su establo hiede y, por más que lo limpio una y otra vez (con agua helada y un cepillo de púas en ristre que me dejan las manos con el tacto del scotch brite), tengo la sensación de que voy todo el día perfumada con “l’eau de cucho”.
Tiemblo de pánico cada vez que quiero ordeñar a este bicho enorme, cosa que se empeña en que haga a diario. Tengo mis razones para temerla: ella intenta cocearme y, además, es una actividad que requiere un master, por muy fácil que pareciera en “La casa de la pradera”. Para colmo, odio la leche en todas sus versiones: pasteurizada, uperisada… ni os cuento la que sale directamente de su teta.
La cabrona de Turuleta me tiene las espinillas destrozadas a picotazos, veinte o treinta cada vez que voy a cogerle un mísero huevo, que es lo único que la muy vaga pone a la semana. Los polluelos no paran de crecer y ya no sé que hacer con ellos. ¡A ver quien es la guapa que los decapita, los despluma y, después, los mete al horno!
Me despierto de la pesadilla envuelta en un sudor frío y salgo corriendo a hacer terapia de asfalto: paso la tarde en un centro comercial con la calefacción a tope (que bendigo a pesar de mis sofocos), admirando los escaparates de las tiendas y los liners del híper, tan monos y ordenados con todo envasadito, etiquetadito y listo para consumir.
Hannah Malauva
Enviado por: Hannah Malauva
Marzo 9, 2010
Queridas caris:
Ayer fue el Día de la Mujer Trabajadora y hoy he leído una frase interesante al respecto. Por supuesto, no me acuerdo quién es su autora, en qué entorno lo dijo y dónde demonios lo he visto. Pero era algo así como que “el año que no tengamos que celebrar nuestro día será porque habremos alcanzado la igualdad los restantes 364”.
Las cifras están ahí: cobramos un tercio menos que los hombres por el mismo trabajo; la temporalidad se ceba con las mujeres en estos tiempos de crisis; nuestro techo de cristal hace que el 94% de los puestos ejecutivos sean masculinos, pese a que, en la universidad, hay mayoría de estudiantes femeninas.
“Familia o trabajo” parece ser la única disyuntiva que las empresas plantean a mujeres sobradamente preparadas para alcanzar puestos de responsabilidad. Y muchas, grupo en el que me incluyo por voluntad propia (como mujer, no por mi preparación), optamos por lo primero. Entre otras razones porque, como nuestros ingresos suelen ser menores, la economía familiar se resiente menos.
Como siempre vamos con una década de retraso respecto a algunos problemas sociales, no nos hemos enterado aún: en países como Estados Unidos, por ejemplo, las compañías están incentivando la permanencia de mujeres con hijos o su vuelta a ellas tras una etapa dedicadas a sus labores.
Allí es relativamente sencillo volver al trabajo tras quince años cuidando de la propia house and the churumbels. Aquí, simplemente, estás muerta para el mercado laboral de licenciados, salvo que te importe una higa desempeñar un puesto de cajera en híper o de limpiadora por horas.
He leído también que, con las cifras de paro que nos abruman, muchas madres de familia se han lanzado a las colas del INEM en el intento de paliar la situación económica familiar. Y aquí viene mi pregunta: ¿qué sucederá entonces con los miles de niños y adultos con discapacidad, con nuestros mayores enfermos de Alzheimer y otras demencias seniles, de los que nos ocupamos mayoritariamente nosotras?
Ni siquiera me atrevo a entrar en la valoración económica del tema y sus muchas vertientes (gastos hospitalarios, de residencias, de sueldos de cuidadores profesionales, de pensiones ahora impensables…).
Hace poco, mi amiga Carmen –otra MUMYSP (mujer universitaria mayor y sobradamente preparada)- y yo nos contábamos nuestras cuitas cuidando ella de su madre y yo de mi suegra, cada vez más desmemoriadas (las cuatro). Aunque haya gente a la que pueda parecer cruel reírse de estas situaciones, siempre he creído que el sentido del humor es la mejor forma de sobrellevarlas.
Como Carmen rezuma guasa por cada uno de sus casi 180 centímetros de altura, llegó a la conclusión de que lo mejor era –visto el panorama- fundar un club de amig@s para cuando nos llegara el momento de ser dependientes. Así, tod@s iríamos pasando de casa en casa, ayudándonos mutuamente sin tener que depender de hijas, nueras o sobrinas (en casos como el de mi amiga, donde no hay descendencia).
Me temo que mucho han de cambiar las cosas para que no sean ellas las que se vean obligadas a cuidar de nosotr@s. ¿Tendrán que renunciar también a sus carreras profesionales?
Yo, por si acaso, procuraré ser muy cariñosa con mis futuras hijas políticas por si no prospera el club. O, en su defecto, montaré una residencia que no sea un aparcaviejos, donde no faltarán un spa, fiestas diarias, biblioteca y cursos variados mucho más allá de los talleres de manualidades, gimnasia de mantenimiento y memoria. Ya tengo el nombre: Cocoon.
Hannah Malauva
Enviado por: Hannah Malauva