Que viene el lobo
En este país somos muy dados a los oráculos. Basta que un tema, en general de consecuencias negativas, salte a la palestra, para que aparezcan por doquier cifras, informes, opiniones, análisis,… que confirmarán que efectivamente la “cosa está muy mal”. Y si el tema es recurrente… pues ya tenemos “temita” para dar y tomar. Como pasa ahora con el “estallido de la burbuja inmobiliaria”.
Hace justo ahora cuatro años se podía leer en prensa que el Colegio de Arquitectos de España vaticinaba que la llamada `burbuja inmobiliaria´”estallará a medio plazo, con una bajada en los precios de hasta el 30% cuando la desproporción de la oferta se coma la demanda futura”. Bastante premonitorio. Pero mucho más lo era la opinión de los promotores inmobiliarios, quienes consideraban que la demanda de vivienda era todavía superior a la oferta y auguraban “un lustro de tranquilidad”. Es decir, desde hace cuatro años ya se estaba alertando de que el negocio especulativo del ladrillo iba a estallar, más o menos, para 2008. Pero en este tiempo, nadie movió un dedo para impedirlo.
La construcción es un buen acicate para la economía de un país. Un colega de profesión me comentaba hace años que cuando los responsables de la política económica española, de aquel momento, tuvieron que elegir un modelo de crecimiento económico apostaron por la vía rápida: la construcción. Hacerlo por la industria, la I+D+i, la competitividad internacional,… hubiera requerido mucho más tiempo para recoger los frutos. La industria española, que como todas las de los países occidentales sabíamos que sufriría muchas “deslocalizaciones”, redujo su peso en el PIB español del 16,4% al 13,6% entre 1995 y 2005. Por el contrario, la construcción pasó en el mismo periodo del 6,9% al 10,4%. O sea, que el ladrillo amortiguó la pérdida de fábricas.
Una política que, sin embargo, es “pan para hoy y hambre para…¿ahora?¿el año que viene?¿al otro?”. Pero que, además, ha propiciado multitud de casos de corrupción, y sólo unos poquitos conocidos e investigados; ha supuesto un estupendo canal para el dinero negro; ha cerrado la puerta a una vivienda digna a multitud de personas y nos ha vuelto a dar en los morros a los que creíamos que “el esfuerzo es el principal aliado para conseguir el éxito en la vida”, con toda una legión de especuladores que se han hecho ricos con una facilidad y rapidez inusitada.
En mi opinión, el mercado inmobiliario español lo que está sufriendo es un “exceso de oferta”. Este post de Gonzalo Bernardos es bastante clarificador: según sus cálculos existe una sobreoferta de 875.000 viviendas. Pero sobre todo de oferta de “alto standing”, porque las promociones de VPO, cooperativas, etc. siguen teniendo lista de espera (esta que se está formando en burbuja.info es solo un ejemplo). Además, las cifras no mienten: si, según el INE, el 83,2% de los españoles tiene su vivienda en propiedad, el restante 26,7% son potenciales compradores. Con lo que todavía hay una demanda latente de 12 millones de personas (26,7% de 45 millones de habitantes), y sin contar los millones de ciudadanos de otros países, la demanda de segunda vivienda, las promociones de costa,… Un tema complicado del que seguiremos haciendo pronósticos y análisis durante mucho tiempo.
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