
No voy bromear con las enfermedades, que son cosas muy serias, pero no me digan que no tiene su aquel que nuestra “starlette” oficial, Ana Obregón, haya caído víctima de la “enfermedad del beso”. Como lo leen. Anita no podía tener papilomas, anginas o reúma. Ella tiene “mononucleosis”, más conocida como la enfermedad del beso porque se transmite por la saliva. Por suerte, no es nada grave, y aunque la forma de transmisión pueda dar lugar a chistes fáciles, conviene saber que todos podemos caer en ella bebiendo, por ejemplo, del vaso equivocado.
Pero a lo que vamos, que la bióloga metida a actriz y presentadora más famosa de nuestro país, lleva una temporadita que no levanta cabeza. Ha tenido que dejar “¡Mira quien baila!”, donde siguió pese a fracturarse una costilla, por este mal. Y ha empezado el año con fiebre, mucha, y malestar general, síntomas de su enfermedad.
Ni ella misma sabe dónde o cómo la ha cogido, según dicen en televisión, que al parecer lo saben todo. O no. Yo, tampoco, pero como soy una romántica, casi mejor que haya sido besando. Así tendrá quien la cuide a la cabecera de su cama. O no. Porque el que comparte sus besos también la tendría (la mononucleosis, digo) y entonces estaría cada uno en una cama, o los dos en la misma. O no. Que no sigo por aquí, qué follón. Pues eso que uno o los dos o los que sean se recuperen pronto.
Penélope Glamour
Pues hablando de parentescos yo hoy le dedico esto a mi madre (lo siento por la tía de Escarlata y la abuela de Magnolia si les resto protagonismo). Está temporalmente en silla de ruedas como mi duquesa de Alba por un accidente doméstico y claro, ya me ha tocado manejar la silla, sin marchas ni cambio automático. Podría pasarme horas describiendo la escena, pero me limitaré a decir que jamás he pronunciado más “mami, mamá, pero mamaaaa” en menos periodo de tiempo. “Que si me das con el cerco de la puerta”, “que metas la silla marcha atrás”, “que me voy a hacer daño en el pie”… Y eso por los pasillos de casa. ¡Qué suplicio por los empedrados de Roma! No me extraña que Alfonso esté pensando en regalar a Cayetana una motorizada. Creo que voy a hacer lo mismo con mi madre. Porque “madre no hay más que una”, aunque Jesulín debió encontrársela en la calle (lo dice mi madre que romperse el tobillo le ha agriado el carácter, que no yo) porque dicen que la ha echado de “Ambiciones”.
Y otra madre que me viene a la mente es la de Raquel Mosquera, a la que con todo el respeto y seriedad del mundo, le deseamos mucho ánimo por lo que debe de estar sufriendo con los problemas de salud de su hija y los disgustos que le debe provocar volver a ver a su ex-yerno, Tony Anikpe, este viernes contando intimidades en televisión. Al parecer, la peluquera, sólo un día después de salir de un hospital psiquiátrico, ha intentado suicidarse cortándose las venas.
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Yo sigo a lo mío, con mi duquesa y la luna de miel italiana con su Alfonso. Un viaje que intuía iba a depararnos increíbles imágenes y la verdad es que la pareja no nos está defraudando. Viajan en busines (como diría una amiga mía) y hacen turismo por ruinas milenarias. Hay que tener ganas de ver piedras teniendo en cuenta que la aristócrata va en silla de ruedas, diligentemente empujada eso sí por una fornida rusa que les acompaña. (Perdón el inciso, pero mi amiga Friki, víbora donde las haya dice que las “ruinas” las llevan puestas). También va con ellos la fiel secretaria de Cayetana. Sólo les falta el notario que testifique que los besos son autéticos. La duquesa, por si no lo saben, es una gran fan de las revistas del corazón que compra todas las semanas y le gusta ver en la cama con unas tijeras cerca para recortar los reportajes que más le gustan. Luego, los archiva con fecha incluida en álbumes que terminan decorando las estanterías de Palacio. Y otra curiosidad, que le agradecemos enormemente y de lo cual nos orgullecemos, es que en la cocina del Palacio de Liria entre otras muchas cosas, se “cuecen” las recetas del “diezminutos”. Y, al parecer, el resultado tiene que ser idéntico al de la foto. Del sabor no sabemos nada.
Bueno, que me disperso. A lo que voy. Cuentan y no paran.
Que si se alojan en uno de los hoteles más lujosos de Europa, que si ocupan habitaciones diferentes pero comunicadas entre sí (mucho más emocionante, dónde va a parar. Eso de las visitas inesperadas siempre ha tenido más encanto y romanticismo que darse la vuelta y encontrarse con el otro), que si él cuida de ella y le pide pescadito asado, que si le sujeta la mano entre las suyas a cada poco, que si la besa la frente y la mejilla al menos dos veces al día, que si le sonríe y le pone ojitos. Y claro, Caye (cada día la siento más humana) no es de piedra, pues rendidita de amor.
Y me callo porque me conozco, tengo el corazón del tamaño de la duquesa, de romanticismo debo andar al mismo nivel, y no faltando mucho me veo yo a mí misma con un jovenzuelo de buen ver o medio, enamorada hasta las trancas y pensando, como ella, que me ama.
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Deja lo de Nueva York para más adelante, Miss Tallas, que esto no ha acabado. Te puedes perder lo más sabroso. Que lo mejor del viaje de Cayetana y su enamorado –que lo es, dice, aunque duerman en habitaciones separadas– va a ser conocer todos los detalles de su “luna de miel” a la vuelta. ¿Se habrán hecho promesas en la Ciudad del Amor? ¿Habrán lanzado una moneda a la Fontana di Trevi para volver a Roma? ¿Le habrá cantado Alfonso el “oh sole mío” en ua góndola por los canales de Venecia? Me moriría por haberles llevado las maletas o empujar la silla de ruedas de la duquesa para salir de este sinvivir. Y de la Reina, pues me quedo con la anécdota, porque tanto tinte y “rouge” no me permite profundizar en temas más sesudos. Me quedo con Sofía, la madre de familia, la abuela que usa photoshop para reunir a todos sus nietos por Navidad en la misma foto. ¿A eso los políticos lo llamarían reagrupación familiar, no? Y no montarían titi alguno, me apuesto mi último perfume.
También daría la mitad de mi colección de pintalabios por haber estado ahí cuando doña Sofía trasteaba con el ordenador buscando dónde colocar a Froilán para que no se peleara con Juanito o en brazos de quién poner a Irene para que no se cayera. Dudas que, creo, nunca resolveré. Y mira que lo siento.
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Tina, me dejas sin habla. Ni en siete vidas podría perder yo, imagino, los tres millones de euros que Fefé ha perdido en “siete” días. Pero a la que sí me imagino, no perdiendo, sino ganándolos, es a Tita Cervera, un lince para los negocios, dicen. Lista entre las listas. Y debe de serlo, porque en tiempos de vacas flacas ella se compra la vaca más gorda: una casa de dos mil metros construidos (sí, no me he equivocado) valorada en seis millones de euros, que seguro que está a precio de ganga dado el momento inmobiliario. Vamos, que seguro que ha ganado de un plumazo casi lo que Fefé ha perdido. ¿Y quiénes van a vivir en ella? Pues Borja, Blanca y su Sacha. Si les dejan, claro, porque no sé qué opinará tan selecto vecindario de los tatuajes XXL del nene o de los tangas XXS de ella. Os contaremos.
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Minifalda y rouge. Digna protagonista de un romántico y sentido tango. Siempre perfecta, siempre ideal. Pero bajo ese aspecto de linda gatita se esconde una fiera del mundo del corazón. Si siete vidas tuviera (y en ninguna, les aseguro, le saldrían arrugas), siete dedicaría a ésta, su gran pasión.
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