Los abuelos
Enfrente de mi casa vive una familia. Los hijos ya han salido del nido, pero la hija vuelve a menudo para dejar a su niña de 2 añitos con sus abuelos. Es lógico: ella trabaja y la guardería permanece cerrada por vacaciones.
Como siempre en verano, tenemos en mi pueblo las puertas y ventanas de nuestras casas abiertas de par en par y sacamos al anochecer las sillas a la calle buscando el frescor. Así que, sin querer ser una fisgona, presencio su vida familiar, sobre todo la de los abuelos con la nieta. Veo cómo la pequeña que apenas levanta un palmo del suelo, les transforma y les encandila. ‘Yayo, yayo, al agua’ dice la pequeña cuando la madre la deja por la mañana. Se refiere al lavandero que se encuentra justo al lado de mi casa. Es un sitio precioso, restaurado en su estilo antiguo, donde las mujeres acuden para lavar y charlar. ‘Ah, ¿quieres ir al lavandero? Pues, vamos, cariñet’, le contesta el yayo. Pasan juntos por la ventana de mi despacho. Veo como el abuelo la lleva cariñosamente cogida de la mano. Al rato oigo la vocecita de la niña: ‘Yayo, yayo, el toro’. Esto significa que quiere ver el toro. El abuelo la lleva a la casita, justo al otro lado del lavandero, de donde salen los toros durante las fiestas del pueblo. Le explica pacientemente que ahora el toro no está, ya que ha vuelto a su prado. Ya no los veo, ya que vuelven a su casa, pero aún me llegan sus voces. El abuelo debe haberse sentado en la silla, porque oigo cómo la pequeña le pregunta ‘Yayo, ¿caballito?’. Quiere decir que el abuelo tiene que hacerla saltar, mientras ella se sienta sobre sus piernas. ‘Más fuerte, yayo’, le grita. Oigo sus risas.
Me maravillo del cambio que observo en mi vecino. Lo conozco ya desde hace más de veinte años. Siempre le vi muy absorto en sus cosas e incluso algo hosco. Muchas veces cuando le saludaba, no me respondía, porque ni siquiera notó mi presencia. Tampoco le vi demasiado mimoso con sus hijos. Y ahora es todo ¡un abuelazo! Hasta su cara ha cambiado. Así que a diario disfruto de las pequeñas escenas familiares que el verano me permite presenciar y reflexiono sobre la importancia de los abuelos para los niños y viceversa.¿La mima mucho? Pues, sí. Pero no importa. Veo que los padres de la niña se encargan de educarla y ponerle límites. El abuelo está allí para dedicarle tiempo y atención, que le profesa a raudales. Ya lo veo en unos años sentado en la sombra contándole historias del pasado. Los abuelos son el lazo entre una generación y otra y es muy bonito que los niños pasen tiempo con ellos.




