25
Jan

“Mis hijos no me obedecen”

Recibo en mi consulta a una madre desesperada con sus hijos, de 3 y 2 años de edad. “El mayor me pide todo llorando, se coge un berrinche cuando le prohíbo algo y si le mando a su cuarto me dice que no le quiero. Y el pequeño no para quieto un momento y nunca me obedece. No pasa un día sin que me enfade con ellos y acabe gritándoles. Me siento fatal, no soy para nada la madre que quiero ser”, me explica antes de romper en un llanto angustiado. 

Dejo que llore un rato, necesita descargar toda la tensión acumulada. Después, cuando ya está más calmada, le digo algo con lo que no contaba: no es la única madre que se siente así, de hecho su caso es mucho más habitual de lo que piensa. Y tiene solución. Pero, eso sí, hay que plantear una estrategia a seguir en función del estadio madurativo de cada niño (y luego, claro, aplicarla). 

coks2Así que nos ponemos manos a la obra. Después de escuchar y analizar lo que me cuenta le explico mis conclusiones sobre lo que está ocurriendo y le doy varias pautas, empezando por sus problemas con el hijo de 3 años. El niño ha aprendido a conseguir atención con su llanto y es necesario romper este círculo: para conseguirlo lo más efectivo es que a partir de ahora su madre no le haga ningún caso cuando llore y, sin embargo, le preste atención cuando se porte bien. En cuanto al pequeño, está en plena fase de afianzar su ‘yo’ y es normal que no obedezca demasiado, que actúe con rebeldía y que siempre tenga el “no” en la boca . Lo más conveniente es que sea estricta con él en temas importantes y que actúe con flexibilidad, dejándole más margen, en asuntos triviales. De esta forma el niño no tendrá tanta necesidad de afianzar su ‘yo’, con lo que colaborará con más facilidad.

Al mismo tiempo, debe ser firme a la hora de poner límites a sus dos hijos. El método que aplica con el mayor cuando no le obedece o se porta mal (mandarle unos minutos a su cuarto o a un rincón para que piense en lo que ha hecho) es uno de los que más recomendamos los psicólogos, porque resulta muy efectivo. El problema es que cuando recurre a él y el niño la acusa de no quererle se siente mala madre. Le explico que debe pasar por alto el comentario del niño: poner límites forma parte de su labor como madre y es una muestra de su amor por sus hijos

Para terminar, le aconsejo que se cuide bien a sí misma. Tener a dos pequeños a su cargo es una tarea complicada, así que no le vendría mal contar con más ayuda y más compañía. Le propongo que todos los días quede con alguna otra madre para salir a pasear con sus respectivos hijos: hacerlo puede marcar la diferencia entre un buen o un mal día, ya que ayudará a que todos se relajen. 

Deja mi consulta mucho más relajada de lo que venía. Hemos quedado para vernos de nuevo en dos semanas y estoy segura de para entonces el problema habrá mejorado: unas cuantas pautas y nuevas directrices pueden cambiar la situación en cuestión de días. Está pasando por un bache difícil, pero normal. Todos conocemos esos momentos en los que no sabemos qué hacer con los hijos. ¿O no?

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22
Dec

Recuerdos de Navidad

El árbol está puesto y la casa limpia: la fiesta puede empezar. Solo me falta perfeccionar un poco el cuento que suelo leer a los míos en Nochebuena después de cenar (como es de propia invención, todavía tengo que hacer algunos retoques). Pero por lo demás estoy lista: incluso he recogido leña y he buscado piñas en la montaña para que la estufa se encienda fácilmente; la vamos a necesitar en estos días de auténtico invierno. Tampoco faltan las velas ni la cestita navideña con mirto y setas sobre la mesa.

Navidad niños

Me gusta esta fiesta y creo que es por la manera en que la viví de pequeña. En nuestra casa también había un árbol que desprendía este aroma tan agradable, y también mi madre nos leía un libro especial que sólo sacaba en Navidad. Debe ser que a ella también le gustaban estas fechas, de otra forma no me evocarían recuerdos tan entrañables. Aun siento de algún modo, aunque ahora sea menos intensa, aquella expectación que me invadía a mediados de diciembre.

Los recuerdos se suceden en estos días; es sabido que, en la memoria de los adultos, los días normales con sus rutinas se convierten en un recuerdo global en el que destacan las celebraciones especiales, como las fiestas de cumpleaños, las noches de Reyes… Seguro que a vosotros os pasa lo mismo, por eso os esforzáis tanto por lograr que vuestros hijos disfruten de la Navidad.

Sed conscientes de que todo lo que ahora hacéis con ellos, todas las costumbres que retomáis cada año en estas fiestas, formarán para ellos recuerdos indelebles. Al año siguiente pedirán de nuevo ese árbol, ese belén, la cena en familia, el paseo con los primos para ver Belenes… Y, cuando sean adultos y tengan hijos, en sus hogares seguirán vivas las mismas costumbres.

Por ello os deseo unas muy Felices Fiestas. Recordad que, aunque la sociedad nos haga olvidarlo muchas veces, no son importantes los regalos ni la comida, sino el ambiente y el espíritu. Así que no dejéis que os agobien los asuntos triviales ni que las prisas os quiten la ilusión. Disfrutad de estar con los que más queréis, vuestros hijos.

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30
Nov

La maternidad y el trabajo

Esta mañana ha venido a verme a casa aquella amiga de la que os hablé hace unas semanas, a la que visité en el hospital porque acababa de tener un niño. Ya os conté que, tras un parto un poco difícil, ella me había dicho que este iba a ser su único hijo (“tanto dolor…”).

Hoy la he visto muy bien; ya está mucho más delgada y su cara, aunque cansada, irradiaba felicidad. “¿Cómo te va?”, le he preguntado mientras ella destapaba un poco a su bebé, plácidamente dormido en su carrito. “Muy bien. Es muy bueno y solo quiere dormir y comer. Bueno, de vez en cuando llora por algún que otro cólico, pero nada. De verdad, estoy feliz”. “Así que aquello de no tener más hijos…”, he continuado con un pelín de ironía. ‘“Ah, eso… –se ha reído ella–. Ya ni siquiera me acuerdo del dolor. ¡Qué curioso! ¿verdad? Ahora solo recuerdo lo bonito, estar de repente con mi pareja y nuestro bebé, los tres juntos y solos por primera vez. De repente éramos padres ¡y casi no sabíamos qué hacer con Miguel!”.

Se ríe de nuevo y yo con ella. Ya había imaginado que ocurriría así. Está demostrado que nuestro cuerpo se encarga de borrar el recuerdo del dolor gracias la influencia de las endorfinas, analgésicos naturales que hacen que a la vez que vamos vinculándonos con el bebé, vayamos olvidándonos del mal rato que pasamos con las contracciones y el parto. Menos mal que es así, porque gracias a ello nacen los segundos y los terceros hijos.

maternidad-y-trabajo“¿Y qué ha pasado con el trabajo? ¿Has vuelto ya?”, le pregunto cuando nos sentamos a tomar un café. Ella tiene una tienda y antes de dar a luz me había contado que pensaba volver a su puesto en cuanto se encontrara recuperada. “Bueno… la chica que me sustituye lo está haciendo muy bien ¿sabes? Voy por allí alguna vez, pero de momento no mucho. Es que para despertar a Miguel… El niño me necesita todavía, y yo también a él. No me gusta mucho dejarlo en manos de otra persona”.

Habla como si le sorprendieran sus propias palabras. Por lo visto, los planes que tenía antes de que naciera el bebé no coinciden con su realidad actual. Es lógico, les ocurre a muchas madres, por no decir a todas. Hasta que no se tiene un hijo no se sabe cómo cambian las prioridades, lo distintos que son los sentimientos y lo difícil que es hacer compatible el amor y el afán de protección del bebé con las aspiraciones profesionales o el deseo de no perder tiempo para una misma.

Mi amiga tiene la posibilidad de elegir: de momento ha optado por ser madre al cien por cien y lo está disfrutando. Pero, lamentablemente, su caso no es habitual, hay muchísimas madres que se ven obligadas a volver al trabajo cuando su bebé es todavía pequeñísimo y desearían no separarse de él en todo el día. A pesar de todo lo que ha avanzado la sociedad, en este sentido queda muchísimo por hacer para que las madres puedan conciliar de verdad. ¿Qué opináis vosotras?

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11
Nov

Gemelos: ¿juntos o separados en el colegio?

La Universidad de Amsterdam, Holanda, acaba de concluir un estudio sobre el efecto de separar en clases diferentes a hermanos gemelos. Muchos colegios aplican esta medida basándose en la idea de que una separación temprana ayuda a estos niños a la hora de buscar su propia identidad, pero hacerlo es una equivocación.

El estudio, como otros anteriores, ha venido a demostrar que estar en clases distintas influye mucho menos a la hora de hacer a los hermanos más independientes entre sí que otros factores, como la educación que reciben en casa. Y, sin embargo, lo que sí provoca la separación es que los niños se sientan más inseguros.
No es extraño: los gemelos (y trillizos) están juntos desde el inicio de su vida intrauterina y entre ellos se crea un vínculo especialmente estrecho, parecido al que los une a sus padres e incomparable con el que existe entre hermanos de distintas edades. Como dice John Bolwby, experto en el tema del vínculo, para el gemelo la persona de apego no es sólo su mamá, sino también su hermano. Por lo tanto, cuando en el colegio se separa a gemelos o a trillizos se enfrenta a estos niños a una doble separación.
Mientras leo estos datos, pienso en unos padres de trillizos que me consultaron hace unas semanas. Cuando sus hijos, de 3 años, empezaron el colegio, hablaron con los responsables del centro para pedir expresamente que les permitieran estar juntos. Sin embargo, en el centro existía la norma de separar a niños en esta situación y decidieron hacerlo así. Resultado: los trillizos lo pasaron muy mal y sufrieron un importante retroceso en su desarrollo (de repente volvieron a hacerse pis en la cama, a aferrarse a sus mascotas, a llorar y protestar por todo…). Fueron unas semanas duras para toda la familia.
Ahora, gracias a la paciencia y al amor de los padres, los niños van haciéndose a la situación (menos uno de ellos, que todavía no ha vuelto a ser el de antes). Pero yo me pregunto: ¿a qué precio? ¿Y con qué objetivo? Los niños necesitan vivir un periodo de dependencia antes de poder ser independientes.
Con los gemelos y trillizos hay que entender que en ellos esta fase puede ser más larga y más intensa, y que forzarlos a estar separados  no conseguirá que la superen antes, sino todo lo contrario Si les dejamos vivir este periodo, ellos mismos se irán haciendo más independientes con el tiempo, el mejor aliado de la madurez infantil. Y esto es justo lo que el estudio de la Universidad de Ámsterdam acaba de confirmar. Ahora falta que en la vida real se tengan en cuenta estos resultados.

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9
Oct

Siéntate conmigo

Acompaño a mi sobrino, de 5 años, a su clase de natación. Es la segunda vez que va. Mucho antes de entrar ya huelo este olor característico de las piscinas cubiertas. ¡Qué recuerdos de infancia! El niño también lo nota y exclama entusiasmado: “Ya huelo el agua, tía”.

piscinaNos dirigimos a la salita donde los niños se desvisten. Mi sobrino ya es ‘mayor’ y lo hace todo solo. Cuando suena la musiquita que indica que podemos entrar, le acompaño hasta la puerta y, después de darle un beso, me dispongo a marcharme.

Pero, de repente, me coge de la mano. “Mamá, a ti también te dejan entrar… ¿te sientas un poco conmigo?” me susurra al oído. Debe estar nervioso y por ello me llama “mamá”. Me enternece esta equivocación y entro con él. Dentro, una madre consuela a su hijo, que llora en su regazo. “Tiene miedo”, me explica “pero en cuanto está dentro del agua se lo pasa genial”.

Mi sobrino, reconfortado por mi presencia, se sienta ya con los niños. Mientras le miro pienso con ternura en lo tímido que es, igual que su padre. Me hace gracia porque en algunos aspectos es mayor, habla y razona como un niño de 7 u 8 años, pero a nivel emocional es más pequeño. Le da apuro, por ejemplo, sentarse con personas que apenas conoce.

La monitora de natación coge su libreta y va leyendo los nombres de los niños. Mi sobrino se levanta alegre cuando oye su nombre. Me parece que ya puedo irme, así que le hago un gesto de despedida y me lo devuelve alegremente.

Me dirijo al bar para esperar a que salga tomándome un café y reflexionando sobre los miedos de los niños pequeños. Solemos decir que la infancia es la época más feliz de la vida humana y, afortunadamente, para muchos niños, en los países desarrollados, es así. Pero también tienen que enfrentarse a retos y a situaciones nuevas que les causan angustia, también se preocupan por cuestiones que a nosotros nos parecen tonterías y que para ellos son enormes escollos. Y eso es algo que olvidamos con mucha frecuencia.

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17
Sep

¿SERÉ UNA BUENA MADRE?

Hace unas semanas vi en la consulta a Yolanda. En ese momento estaba embarazada de 2 meses y me había pedido cita porque tenía problemas de ansiedad. ‘Me siento feliz con mi embarazo’ –me contó nada más sentarse–. Pero, no sé, al mismo tiempo estoy muy nerviosa y me pregunto si he hecho bien en dar este paso. Me preocupa todo, incluso cosas como si sabré elegir el mejor nombre para mi bebé. Tengo miedo, pienso que si no doy con un buen nombre, todo irá mal’. Escuchándola hablar fui descubriendo que lo que en realidad le daba miedo era no ser una buena madre. ¿Cómo fue la relación con tu madre?’ le pregunté. Ante la cuestión aparecieron las lágrimas que hasta ese momento había intentado retener. ‘Nunca tuve una buena relación con ella. Es una persona distante, fría y crítica. Si voy a ser como ella, me muero’.

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La ansiedad que sentía Yolanda desde que se había quedado embarazada se entendía fácilmente: como niña nunca se sintió a gusto con su progenitora. Y el dolor que sintió entonces se acrecentaba con la nueva situación, acompañado por el miedo a ser como ella. Afortunadamente tuvo una abuela que la quería mucho, así que encontró un ejemplo de amor materno. Y esto es positivo.

La situación que vivió Yolanda no tiene por qué repetirse. En mis siguientes sesiones con ella voy descubriendo que es una persona muy distinta a su madre; es cariñosa, afectiva, mimosa… Pero es lógico que sintiera este miedo, ya que a fin de cuentas los patrones familiares que hemos vivido en nuestra infancia quedan grabados en nuestro interior y es fácil repetirlos. Por fortuna, Yolanda ha sabido reconocer el problema y enfrentarse a él con valentía. En estas semanas, a lo largo de varias sesiones, ha ido analizando y reviviendo todo lo que sentía sobre su pasado. Como adulta, ha sido capaz de desengranar los entresijos de su infancia y llegar a entender que la actitud de su madre escondía en realidad una dificultad para amar profundamente. Al mismo tiempo ha comprendido por primera vez que esto no tiene que ver con ella como persona. Gracias a este trabajo interior se ha liberado de decepciones y de un dolor que había calado profundamente en ella.

Así, poco a poco, Yolanda ha ido liberándose y despejando el camino para disfrutar y vivir plenamente su propia maternidad. No tengo dudas de que va a ser una madre estupenda. Y el buen vínculo que establecerá con su bebé suavizará en parte el dolor de no haber tenido una buena madre.

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20
Aug

Los abuelos

Enfrente de mi casa vive una familia. Los hijos ya han salido del nido, pero la hija vuelve a menudo para dejar a su niña de 2 añitos con sus abuelos. Es lógico: ella trabaja y la guardería permanece cerrada por vacaciones.  

Como siempre en verano, tenemos en mi pueblo las puertas y ventanas de nuestras casas abiertas de par en par y sacamos al anochecer las sillas a la calle buscando el frescor. Así que, sin querer ser una fisgona, presencio su vida familiar, sobre todo la de los abuelos con la nieta. Veo cómo la pequeña que apenas levanta un palmo del suelo, les transforma y les encandila.  Yayo, yayo, al agua’ dice la pequeña cuando la madre la deja por la mañana. Se refiere al lavandero que se encuentra justo al lado de mi casa. Es un sitio precioso, restaurado en su estilo antiguo, donde las mujeres acuden para lavar y charlar. ‘Ah, ¿quieres ir al lavandero? Pues, vamos, cariñet’, le contesta el yayo. Pasan juntos por la ventana de mi despacho. Veo como el abuelo la lleva cariñosamente cogida de la mano.  Al rato oigo la vocecita de la niña: ‘Yayo, yayo, el toro’. Esto significa que quiere ver el toro. El abuelo la lleva a la casita, justo al otro lado del lavandero, de donde salen los toros durante las fiestas del pueblo.  Le explica pacientemente que ahora el toro no está, ya que ha vuelto a su prado.   Ya no los veo, ya que vuelven a su casa, pero aún me llegan sus voces. El abuelo debe haberse sentado en la silla, porque oigo cómo la pequeña le pregunta ‘Yayo, ¿caballito?’. Quiere decir que el abuelo tiene que hacerla saltar, mientras ella se sienta sobre sus piernas. ‘Más fuerte, yayo’, le grita. Oigo sus risas.  

abuelos21.jpgMe maravillo del cambio que observo en mi vecino. Lo conozco ya desde hace más de veinte años. Siempre le vi muy absorto en sus cosas e incluso algo hosco. Muchas veces cuando le saludaba, no me respondía, porque ni siquiera notó mi presencia. Tampoco le vi demasiado mimoso con sus hijos. Y ahora es todo ¡un abuelazo! Hasta su cara ha cambiado.  Así que a diario disfruto de las pequeñas escenas familiares que el verano me permite presenciar y reflexiono sobre la importancia de los abuelos para los niños y viceversa.¿La mima mucho? Pues, sí. Pero no importa. Veo que los padres de la niña se encargan de educarla y ponerle límites El abuelo está allí para dedicarle tiempo y atención, que le profesa a raudales. Ya lo veo en unos años  sentado en la sombra contándole historias del pasado. Los abuelos son el lazo entre una generación y otra y es muy bonito que los niños pasen tiempo con ellos.

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14
Jul

DISFRUTAR DEL AGUA

Ahora es la época por excelencia para que vuestro hijo disfrute del agua. A la mayoría de los niños les encanta, y es lógico, al fin y al cabo antes de nacer vivieron nueve meses felizmente mecidos en un medio líquido.

playanene.jpgAun así, hay niños que temen al agua. Fue el caso de mi primogénito. Cuando tenía 16 meses, alquilamos una casa al lado del mar. La primera mañana de nuestras vacaciones, ilusionados, nos dirigimos a la playa. Hacía sol y el mar estaba como una balsa de aceite: era un día perfecto. “Agua” exclamó asombrado mi hijo al ver la enorme superficie azul que se extendía ante él. Pero inmediatamente se volvió hacia mí con cara de susto y me dijo: Aúpa, mamá”. Lo que le ocurría era que se sentía atemorizado ante una imagen completamente nueva para él. Así que lo llevé en brazos hasta que encontramos un lugar en la arena, bastante lejos de la orilla.

Los primeros días no se acercó para nada al agua. Al tercer día pudimos llevarlo en brazos hasta la orilla, pero cuando quisimos bañarnos con él, protestó. Decidimos no insistir y nos pusimos a jugar con él en la orilla. A la semana chapoteábamos con él en brazos, dentro del mar. Y al final de las vacaciones el peque ya iba solo con un cubo para coger agua. Cada vez que se acercaba una ola se alejaba corriendo, pero cuando el mar estaba tranquilo, aprovechaba para llenar rápidamente su cubo. Era gracioso observarlo.

Al año siguiente ya no tenía ningún miedo y con 5 años le apunté a un curso de natación. El monitor estaba encantado con él. “No tiene miedo, se tira todo el tiempo de cabeza y sin saber nadar, buceando o nadando como los perros, llega al borde”, me comentaba. Su actitud le gustaba. En cambio, en su grupo había otro niño que no tenía la misma suerte. Le daba miedo el agua y se aferraba al borde, implorando que le dejaran salir. “No”, le decía el monitor y, sin miramientos, lo empujaba hasta el centro de la piscina. Lejos de ayudarle a perder el miedo, la actitud del monitor lo acrecentó. El niño siguió llorando hasta que salió, y estoy segura de que desde ese instante cogió fobia al agua.

En mi opinión, nunca es bueno forzar un aprendizaje, y menos aún cuando hay miedos de por medio. En el caso de mi hijo, por ejemplo, su fase del miedo coincidió con un periodo en el que muchas cosas le impresionaban: los perros, la luna, los bichos… Y a muchos niños les sucede lo mismo. El mundo puede ser muy apabullante para un pequeño que a diario tiene que asimiliar un montón de cosas nuevas. Por eso, es importante es que su entorno más cercano sea seguro, para que él se sienta protegido.

Mi consejo es que procuréis que el primer contacto de vuestro hijo con el agua sea placentero. Y, si tiene miedo, ya sabéis que esto no implica que vaya a tenerlo siempre. Es probable que, con el tiempo, ¡sea un gran amante del agua!

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25
Jun

CON ESTE CALOR AÚN COME MENOS

blog.jpgUna madre viene a mi consulta con su hijo de 2 años. Unos días antes me había llamado, desesperada. “No come nada”, me dijo con preocupación. Siempre me llama la atención este comentario, ya que si el niño no comiera, no sobreviviría… y hasta ahora nunca hemos conocido ningún caso así, hablando de países desarrollados.
Después de compartir con ella esta reflexión, le animé a que anotara durante 4 días todo lo que tomaba el pequeño.
Por eso viene con una libreta bajo el brazo. Y comienza a hablar con una frase que esperaba: “Come más de lo que pensaba”, me dice entre sorprendida y aliviada (es justo el motivo por el que le pedí que lo escribiera: los niños suelen comer más de lo que las madres creen).
Miramos juntas lo que toma: le cuestan las verduras, pero come mucha fruta y tomate. Le explico que, como verduras y fruta pertenecen al mismo grupo alimenticio, unas compensan a las otras. “Lo que no hay manera de que tome razonablemente bien son las comidas calientes”, me comenta. Le propongo que las sustituya por comidas frías, pero nutritivas, como ensaladilla, ensalada de macarrones, arroz, gazpacho y batidos a base de leche, yogur y fruta.

Después, pasamos a hablar de las razones de la inapetencia del niño. Y le cuento que hay tres factores que influyen en ella: por una parte, está en la edad del ‘yo’ y utiliza la comida como medio para imponer su voz y voto, algo completamente lógico y normal; además, después del primer año el crecimiento infantil se ralentiza, por lo que el pequeño necesita comer menos. Por último, en verano a muchos niños les disminuye el apetito. Apetecen más los alimentos ligeros.

“Así que si no quiere más no debo insistir ¿verdad?”, me pregunta entonces. “Es cierto, es mejor que no le fuerces, porque con ello no consigues que tu hijo coma más. Procura solamente que todo lo que le pongas sea nutritivo y sano. Prepárale buenos tentempiés, como un pequeño bocadillo con tomate y jamón york o tortilla, dale trozos de fruta, comidas frías… Recuerda que a un niño poco comedor le va mejor tomar varias raciones a lo largo del día en lugar de tres comidas copiosas y procura que el ambiente en la mesa sea distendido, sin el ruido de la tele. Ponle poca cantidad y deja que coma solo. A los 20 minutos, déjale volver a sus juegos; un niño pequeño no debe estar mucho tiempo sentado, no le va”.

“Suena fácil”, me dice con voz cansada (sé lo que piensa: no lo es en absoluto). La entiendo perfectamente, porque a la consulta me llegan casos como el suyo casi a diario. Pero hay algo que puede ayudarla a llevar mejor el problema, a ella y a cualquier madre de hijo inapetente: todos los niños nacen con un instinto de supervivencia y por eso todos comen lo que necesitan. A veces es muy poco –en ello influyen los genes–, pero siempre es suficiente. Repetid esta frase cada vez que os invada la preocupación. Os tranquilizará y os ayudará a enfocar de otro modo la situación. Y, aunque cueste creerlo, será el primer paso para solucionar el problema.

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17
Jun

¡ME QUIEREN PEGAR!

Tocan a mi puerta. Cuando abro, Pablo, un niño de mi pueblo de unos 7 años, intenta apresuradamente pasar por mi lado. ‘¿Puedo ver a tu perrito?’ me pregunta. ‘¿El perro?’ le digo extrañada.

 

Algo en sus prisas me da a entender que no ha venido a ver a mi perro. Cuando veo de repente un grupito de unos 5 niños acercándose a mi casa, empiezo a atar cabos. ‘¿Te persiguen Pablo?’ ‘Sí, me quieren pegar’ me dice cabizbajo.

 

Miro a los niños. A algunos los conozco, sobre todo a una niña de la que sé que es la sensibilidad en persona. Es ella la que empieza a hablar: ‘Es que nos insulta todo el tiempo. Nos dice ‘cabr…….’ y más cosas, ya sabes. ¡Estamos hartos!’. Los demás asienten y también cuentan su versión.

 

¿Les insultas?  le pregunto al niño a mi lado. ‘Pero ellos empezaron’ contesta en un intento de defenderse. Ya los tiene aún más indignados. ‘No es así Pablo. Lo sabes. Hasta que tu hermana dice que eres malo’ resume la niña la opinión de todos. Pablo mira con cara triste.

 

En este momento los niños ven algo interesante al otro lado de la calle y se alejan. Aprovecho el momento para hablar con Pablo.. ‘Oye, cariño, no eres malo, pero sí te comportas mal, me parece. Si todos lo dicen, algo de verdad debe haber, ¿no crees?’ Asiente con una ligera inclinación de cabeza. ‘Mira, si tú les dices estas cosas, lógicamente se van a enfadar contigo. Intenta no hacerlo. Debes morderte la lengua’ le explico. coks.jpg

 

¿Morderme la lengua?’ me pregunta incrédulo sacándose la lengua. ‘No, esto solo es una expresión. Quiero decir que antes de decirlo, debes pensar. Si estas palabras te vienen a la cabeza, debes guardártelas. ¿Entiendes? Puedes dar una patada a una piedra o algo así, pero no decir esto. Conozco a Ana y sé que es muy buena y justa. No querrá hacerte daño por que sí’. Parece lo que entiende. ‘Tú también eres bueno, pero recuerda: muérdete la lengua’. Sonríe, mientras busca con la mirada a los niños. ‘Voy a jugar con ellos ¿vale?’. Y se va corriendo.

 

Me quedo un rato observándolos. Parece que la armonía ha vuelto. ¡Qué importantes y normales son estas fricciones! El contacto social entre niños jugando por la calle es la sociedad en miniatura: se pelean, se discuten y se reconcilian. Como la vida real. No existe mejor preparación.

 

Me gustó la honestidad con la que estos niños expresaron sus sentimientos y la facilidad con la que hablaron. A Pablo le conozco como un niño muy energético y nervioso. Por un lado no me extraña que se meta en líos, pero por otro estoy segura de su buen carácter. Espero de todo corazón que Pablo aprenda a controlarse. Estar apartado es lo peor que le pueda pasar a un niño en su infancia.

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