Prólogo…
a un blog que dará que hablar
Aquí vais a tener desde ahora las palabras más divertidas del rocambolesco mundo del corazón y otras basurillas sociales que nos entusiasman. Sólo hoy hablaré en serio; luego, ya desde la próxima entrega, nos vamos a reír. Un alumno de postgrado de Comunicación Empresarial me preguntaba el otro día durante un curso al que fui invitado si a mí me gustaba la prensa del corazón.
Le contesté que a mí lo que me gusta es el ¡Qué Me Dices! Y es cierto. Porque es la única revista de este tipo que tiene un cartel encima de su cabecera, desde el número 1, en el que podemos leer: “El corazón más divertido”. Para uno, lo malo de la llamada prensa rosa es que se tome en serio a sí misma. No quiero decir que las publicaciones o los programas trascendentes no tengan derecho a existir, sólo digo que yo con lo que más disfruto es con el humor. Ésa es la función principal de QMD: entretener, hacer reír e informar de este mundillo absurdo, a veces grotesco, a veces principesco, conjunto de personajes y noticias que por lo general no influyen en nuestras vidas pero cuya rocambolesca existencia nos empuja a conocerlo todo sobre ellos, como si estuviéramos leyendo sus biografías cada semana. Y así podemos evadirnos de cosas que sí nos preocupan.
Ellos, los frikis de más o menos alcurnia, son el pincho de tortilla, el tema de comentario de barra de bar, de tertulia desenfadada (o enfadada, según se quiera) que permite a la gente intercambiar palabras sin ton ni son. Dice Vicente Verdú, un pensador importante, que “no existe placer semejante que deslizarse por los pliegues de la intimidad ajena”. La curiosidad por las vidas de las personas es una virtud o un vicio que padecemos o del que disfrutamos, según se mire. Sin embargo, el mundo del corazón es despreciable para muchos, y se ha criminalizado, especialmente en los últimos años. Y en parte es normal que esto ocurra, porque tal vez se ha abusado del cotilleo, y se ha empalagado al público. O sea, porque los profesionales nos hemos equivocado a veces, como les ocurre a los médicos, a los curas y a los príncipes.
Pero detrás de ese discurso público de quienes exhiben su aversión al cotilleo impreso, radiado o televisado, yo veo, con mis rayos x, o sea, con total claridad, un ejercicio de hipocresía lamentable y profundo: digo profundo porque muchos y muchas de los que atacan el color rosa, con mayor o menor virulencia, son hipócritas hasta con ellos mismos. Y si no me crees, pregúntate las dos o tres cosas que harías si fueras invisible.

