LA PRUEBA DE LA GLUCOSA Y LA ENTRADA AL REINO OTOMANO
Hola a todos! por fin!
Ya se sabe que las cosas de palacio van despacio, pero es que medio mes para que pongan internet en una casa…. ni os imaginais el rollo que ha sido vivir en una casa en un país en la que no entiendes ni papa y tener sólo tv turca y cds de Caillou y Pocoyo para entretener a la pequeña… en fin, ya estoy ciberconectada y resucitada para el mundo virtual.
Os tenía que contar la prueba de la glucosa, de la que no sé aún el resultado. Fue un poco odisea tener que dejar a la pequeña en el cole, conducir hasta el metro más cercano (vivo a 12km de Madrid), y atravesarme la capital en metro en ayunas, y con una bolsita con polvos blancos…. y con lo pálida que iba yo, y la tensión tan baja que tengo, hay que dar gracias que no me parase nadie, porque la pinta yonquie (fashion y con recatados taconcitos, eso sí), no me la quitaba nadie.

Total, que llegué a la consulta, me hicieron esperar media hora más y me sacaron sangre. Ideal, vamos. A todo esto ya eran las diez y media de la mañana. Ni me mareé, mira tú, y eso que ya sabeis mi amor por las agujas. Luego mezclaron la glucosa con agua, y no se disolvía ni a tiros. Era francamente asqueroso mascar esos trocitos como de cobertura de donut, pero bueno, es lo que hay, verdad?.
Mientras pasaba la hora, el ginecólogo me hizo pasar a consulta, y confirmó lo que el ecógrafo ya me había dicho: que Bo crece y crece de manera muy satisfactoria. Comprobó su ubicación en mi tripa (palpa hasta que agarra “bulto”), y comprobó los latidos de mi corazón. Luego, viendo como tenía las piernas llenas de moratones, hizo que en el análisis segundo de sangre se pidiera también la prueba de coagulación, por si acaso tuviese algún problema.
Lo que yo no me atreví a confesarle es que el problema lo tengo yo con la cama nueva, que aún no me he acostumbrado a ella, y que cuando me levanto por la noche para ir al baño, me meto unos porrazos tibiales que ni te cuento, pero bueno, ya lo supondrá él cuando salga todo correcto.
A las once y media me volvieron a sacar sangre para ver cómo metaboliza mi cuerpo el azucar y esperando no tener la fastidiosa diabetes gestacional. La enfermera me dijo que volviese en diez días a por los resultados, pero como yo me venía en cuatro días a Ankara, me ha dicho que no pasa nada por esperar hasta principios de noviembre, así que he decidido relajarme y no pensar en negativo, que bastante he pasado ya .
Y nada, luego el viaje, que os lo puedo resumir en una palabra: horrible. En serio, nefasto, me puse super nerviosa. Primero, entretener cinco horas a Ale en el Madrid – Estambul (que sí, mucha capital Ankara pero no tiene vuelos directos con casi ninguna ciudad europea). Luego, tonta de mi, dejé bajar a todo el mundo primero porque yo iba con una niña, panza, mochilita, bolsa de mano y bolso ( o sea, cargada como una mula). Y resulta que había que hacer una cola inmensa para pagar el visado, y otra aún más grande para que revisen el pasaporte y te lo sellen. Tenía una hora y veinte para el siguiente vuelo, así que me la prometía muy feliz… pero estuve una hora en las colas!! Casi me da algo, en fila, de pie y con la niña toqueteando todo e inquieta a más no poder. Con la entrada al país en vigor, tenía 20 minutos para cambiar de terminal, y cuando llegué a la que salía para Ankara !mi vuelo ya estaba cerrado! A la pobre niña ya la llevaba a rastras, gritándola cual vaca loca de la cabeza y empujando a todo el mundo. Y encima, ni Dios hablaba inglés, Thank you, Europe!.
Menos mal que conseguí cambiar el vuelo para otro que salía una hora más tarde, y que tenía a David al teléfono tranquilizándome. Y claro, una hora de vuelo que yo ya me encontraba fatal, super revuelta, y la pobre Ale empezó a toser y toser y todavía no ha terminado con el catarro. Al llegar a Ankara una más, me habían perdido las maletas!!
En serio, ni hecho aposta; y yo que llevaba una en plan Paco Martinez Soria recién llegado del pueblo, con miedo a que me la requisasen o algo así: estaba llena de café, lomo, jamón, fuet y salchichón, que aquí el cerdo ni lo huelen y a mi maridito le chifla. Menos mal que le dejaron entrar a él a la zona de las maletas, cambiamos de terminal a vuelos internacionales y así, once horas después de mi despegue encontramos las maletas. Luego cuarenta minutos en coche, y llegamos a la casa. Y yo al baño, a vomitar la comida del vuelo de mediodía. Estaba tan mal, tan mal, que salió entera porque se me había cortado la digestión.
Menudo encuentro romántico, ¿verdad?
Lucía




