Imágenes e ideas en Cannes
Viernes, 23 de Mayo de 2008Por Manu Yáñez Murillo
Personalidades. Hay directores cuyas películas es posible reconocer con el visionado de sólo uno de sus fotogramas, como es el caso del extraordinario realizador francés Philippe Garrel (director de La cicatrice intérieure y Les amants réguliers). Mientras que hay otros autores a los que se puede identificar gracias a la particular idiosincrasia de sus ideas, ese es el caso del guionista, ahora pasado a realizador, Charlie Kaufman (autor de los guiones de Adaptation y Olvídate de mi). Ambos han presentado sus últimos trabajos en Cannes, despertando todo tipo de reacciones. En nuestro caso, Garrel nos deslumbró con su habilidad para retrata al individuo sumido en los amargos entresijos de la historia, mientras Kaufman nos pareció que perdía un tanto el norte en el marco de su excesivo y megalómano retrato del artista sumido en una profunda crisis existencial.
La realidad, el sueño, los fantasmas de la conciencia. Philippe Garrel trajo a Cannes un nuevo capítulo de su tránsito por el cine de los cuerpos y las cicatrices sentimentales e históricas. Un viaje que dura ya más de cuatro décadas y que ha instituido al realizador francés en un símbolo de la cinefilia más radical. En La frontière de l’aube, Garrel se sirve de la figura del triángulo amoroso para explorar de nuevo las heridas que deja el amor en el espíritu de los que se atreven a surcarlo con entrega y pasión. Para el francés, la esfera sentimental es una montaña rusa cuyas pronunciadas pendientes responden a las fuerzas del deseo y la desesperación. Su cine, esculpido mediante intensas luces y sombras (aquí en un elegante, expresivo y rocoso blanco y negro), materializa un retrato táctil, corpóreo, de unas vidas que se van desgastando bajo el peso irremisible de la luz y el tiempo. En fin, un autor para el cual el amor (la existencia) no es más que un proceso de ascensión y autodestrucción. La frontière de l’aube está protagonizada por el hijo del director, Louis Garrel (Soñadores), y por las actrices Laura Smet y Clémentine Poidatz, que ponen en escena un frenético carrusel emocional de pausadas imágenes en las que la posibilidad de la felicidad parece negada para una generación (la de los jóvenes del presente) que todavía arrastra los estigmas de los horrores del siglo XX. Una de las grandes películas del festival.
Cómo ser Charlie Kaufman. Se esperaba con curiosidad la primera incursión en el terreno de la dirección del guionista más influyente del cine americano de la presente década, Charlie Kaufman, ideólogo de la carrera cinematográfica de los cineastas más “in” de la generación del video-clip: Michel Gondry y Spike Jonze. Para su opera prima, Synecdoche, New York, el guionista de Cómo ser John Malkovich pone su desbordante imaginación al servicio de un nuevo ejercicio metalingüístico, en el que la trama se despliega y retuerce a través de múltiples niveles de ficción. Relato dentro del relato, representación dentro de la acción, el espejo en el interior del espejo. Ese es el juego favorito de Kaufman, amante del artificio y de la prestidigitación narrativa.
Kaufman a la enésima potencia. Intentar resumir la historia que cuenta Synecdoche, New York se antoja una odisea, pero lo intentaremos. Caden Cotard (Philip Seymour Hoffman) es un dramaturgo en perpetua crisis creativa y existencial que tras ser abandonado por su mujer (Catherine Keener) y su hija decide utilizar el dinero de un premio literario para realizar la obra teatral definitiva, un desproporcionado proyecto que le ocupará el resto de su vida. La obra en sí es nada menos que la recreación a escala casi real de la vida en la ciudad de Nueva York. En su mesurado arranque, la película transita entre gags ocurrentes hasta que Kaufman decide empezar a regocijarse en su ingenio y megalomanía, convirtiendo el filme en un juego infinito de muñecas rusas con el que abordar su visión trágica de la existencia, en la que el ser humano parece condenado a la soledad y el creador a ser fagocitado por su propia creación. Y eso es justamente lo que le sucede al director-guionista-autor: que al querer llegar más lejos que nadie (el filme iguala y supera los artificios de Ocho y medio de Fellini, Dogville de Lars Von Trier, Palindromes de Todd Solondz y El show de Truman de Peter Weir) se atraganta con su propio genio y la contundencia de su amargo existencialismo queda un tanto diluido por la incontinencia de su pluma.


